Reivindicación del ‘típex’
El ‘tipex’ está cobrando una segunda vida, de una utilidad extrema, a pesar de que, cuando se usaba, bien se notaba el impregnado. Solía ser tan claro que se hacía notar hasta en el abultamiento de su aplicación sobre el papel. Y ejemplos ya comienzan a menudear
Imagen de la líder opositora venezolana, María Corina Machado / @MariaCorinaYA
En marketing se sabe de antiguo que hay productos que hacen marca. Comprar yogurt es pedir unos Danones, pintarse las pestañas supone usar rimel (el Rimmel de Coty Inc.), poner cinta adhesiva consiste en utilizar un celo (original Cello-Tape), y adherir un apósito implica, desde 1954, poner una tirita. Y qué decir del clínex, marca de tisúes denominada en realidad kleenex (propiedad de Kimberly-Clark Corp.), utilizados para lo que en alemán se denomina Papiertaschentuch, significando “pañuelo de papel de bolsillo para usar y tirar”. ¡Con lo fácil que es decir clínex y que todo el mundo te entienda, hasta los alemanes!
Ya más actual, para millenials y post millenials (también denominaciones que se comen al concepto), lo mismo pasa con “googlear” por buscar en internet, utilizar los “post-it” o “hacer un Bizum”. Pero hay un producto, seguramente que ya prácticamente desechado por el tsunami tecnológico, imprescindible en su momento, que hay que volver a reivindicar y usar: el tipex.
Y eso del tipex, ¿qué es lo que es?
Pues el típex (nombre comercial real Tipp-Ex propiedad de la marca alemana Tipp-Ex GmbH & Co., hoy ya desaparecida, adquirida en 1997 por la francesa BIC) era un líquido o más bien sustancia por su viscosidad, que permitía tapar con una capa blanca lo escrito en un papel, posibilitando escribir encima, como en los palimpsestos. Fue tal su éxito que llegó a presentar varios formatos, desde el propio líquido administrado mediante un pincelillo, hasta una cinta autoaplicable o un bolígrafo con buche conteniendo la viscosa solución. A partir de su adquisición por la archiconocida BIC, la gama se amplió a gomas de borrar o a aplicadores albergando espuma, extendiendo su dominio a más de 150 países.
Hoy es una reliquia más en un tiempo como el de ahora, en el que para corregir ya están las habilidades de una copista aficionada como la del Ecce Homo de Borja, artista ya tristemente fallecida, o las ingeniosas soluciones galaicas agrupadas en la denominación de feísmo.
Pero el típex está cobrando una segunda vida, de una utilidad extrema, a pesar de que, cuando se usaba, bien se notaba el impregnado. Solía ser tan claro que se hacía notar hasta en el abultamiento de su aplicación sobre el papel. Y ejemplos ya comienzan a menudear.
Modos de cómo usar debidamente el ‘típex’ hoy en día
Pues fuera de lo que pudiera parecer, el típex tiene un segundo momento de gloria, un revival de su triunfo en el anterior siglo, “en plan vintage” que diría un moderno y que no podemos dejar de reconocer. Veamos sus “utilidades” tratando de darles un uso adecuado, como bien merece, nada de considerarlas verdaderas chapuzas de evidencia enrojecedora. Tres ejemplos:
- Hacer justicia ante premios indebidamente otorgados: pues va María Corina Machado y comparte, a su puñetera bola, el Premio Nóbel de la Paz con Donald Trump. Suponemos que le habrán pasado ya el tipex a la concesionada…
- Retirar acciones vergonzantes por “prescripción de partido”: Se levantan en tromba las mujeres del PSOE contra el imputable Paco Salazar sobre su conducta indebida y el Juzgado de Violencia de Género nº 8 ha rechazado la querella por falta de denuncias. El tipex sigue resultando de una gran utilidad; borrado, pues no hay nada que hacer.
- La luz al final del túnel: como en las visiones propias de las experiencias previas a la muerte con ida y vuelta (¡lo de la supra conciencia es que no hay por donde cogerlo!), siempre aparece una luz. Parecía inevitable, incluso obligado con posible sanción, en el caso de las averías automovilísticas con la de emergencia V16 homologada a partir del 1 de enero. Pues ya no. ¡Y qué decir de VERIFACTU! Típex, aplicar típex a tutiplén.
Dado el carácter casi bufonesco de todas estas actuaciones, tan solo unas pocas, no nos queda más remedio que acabar esta humilde contribución tildando los ejemplos de la manera que Luis Díez Jiménez nominó acertadamente en su Antología del Disparate (I y II), libros que hicieron las delicias de muchos allá por los lejanos años 80, con un chiste más allá del mero surrealismo. Corresponde a una de esas impagables escenas de los inimitables Faemino y Cansado y que pude presenciar cuando comenzaban su carrera profesional en el Retiro de Madrid; va y dice Faemino: “Ayer fui a un restaurante, de estos de nueva cocina y pedí un solomillo avec des champignon sauvages. Me lo trae el camarero y le digo: “Pero, ¿Esto que es?” “Pues lo que me ha pedido el señor, su solomillo” avec des champignon sauvages, me contesta. Y era un minúsculo trozo de carne rodeado de pinturillas en un plato muy grande. Una cosa de comer de nada, así de pequeña, pero en un plato enorme. Lo miro y le digo al camarero, “¡Pero hombre, empánelo por lo menos!”. Ahora ya, lo que tenemos que tragar ni se molestan en empanarlo.