De todo menos bonito
El mundo se parece cada vez más a un polvorín. Y en un polvorín basta una chispa. Una elección errónea, una venganza excesiva, una equivocación al entender algo o un acto precipitado pueden generar una serie de efectos y resultados “de todo menos bonitos”
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump
“De todo menos bonito”. La expresión la hemos escuchado mil veces. Se utiliza cuando algo sale mal, cuando la realidad se empeña en estropearnos el día o cuando el balance de una situación arroja cualquier calificativo salvo uno amable. Es una frase que resume decepción, inquietud y hasta cierto hartazgo. Y, si uno se detiene a mirar alrededor, cuesta no pensar que define el momento que atravesamos.
Abrimos los diarios, ponemos la tele o miramos la pantalla del móvil y la impresión es la misma; las buenas noticias son casi una especie extinta. No es que no pasen cosas buenas, es que están ocultas bajo el peso de guerras, amenazas, tensiones políticas y líderes que parecen pelear por quién alza más la voz o la bronca.
La última sacudida ha sido el ataque unilateral a Irán, un movimiento que, lejos de quedarse en un episodio más, ha tensionado el tablero internacional hasta límites preocupantes. Cuando las potencias empiezan a alinearse en bloques, la historia nos ha enseñado que el margen para el error se reduce peligrosamente. China y Rusia mostrando su respaldo a Teherán por un lado; Francia e Inglaterra moviendo ficha por otro; Estados Unidos e Israel como agresores; e Irán respondiendo con misiles hacia todo lo que considera enemigo. El cóctel es, sencillamente, explosivo.
El mundo se parece cada vez más a un polvorín. Y en un polvorín basta una chispa. Una elección errónea, una venganza excesiva, una equivocación al entender algo o un acto precipitado pueden generar una serie de efectos y resultados “de todo menos bonitos”. Ya no tratamos solo de problemas entre países, sino de la seria opción de que los grandes estados se aboquen a un choque frontal. La temida tercera guerra mundial, esa expresión que parecía reservada a los libros de historia o a la ficción distópica, vuelve a pronunciarse sin rubor en tertulias y análisis geopolíticos.
No es una exageración retórica. El llamado “reloj del fin del mundo”, ese indicador simbólico que desde hace décadas mide la cercanía de la humanidad a una catástrofe nuclear, está más cerca que nunca de la medianoche. Cada vez que las tensiones entre potencias nucleares aumentan, las manecillas avanzan unos segundos más hacia el abismo. Y hoy, con varias potencias implicadas directa o indirectamente en conflictos abiertos, la advertencia no puede tomarse a la ligera.
En este contexto, la figura de Donald Trump —con su estilo imprevisible, bronco y bravucón— aparece como un factor fundamental de incertidumbre. Cuando el equilibrio global depende de decisiones que pueden tomarse en caliente (parece que, en el caso del ataque a Irán, sin comunicarlo previa y preceptivamente al Congreso) y de liderazgos más guiados por la pulsión que por la prudencia, el riesgo se multiplica.
A veces da la impresión de que asistimos a una partida de ajedrez jugada por personas que no temen volcar el tablero si la jugada no les gusta. Y lo peor es que las piezas no son de madera, sino millones de vidas humanas. Se habla de estrategias, de líneas rojas, de esferas de influencia, pero detrás de cada misil hay ciudades, familias, hospitales y escuelas, como ya se ha visto en Gaza.
Y mientras el mundo contiene la respiración, en España el panorama tampoco invita al optimismo. Aquí la crispación política se ha convertido en norma. La estrategia del Partido Popular parece claramente orientada al acoso y derribo del Gobierno, oponiéndose a prácticamente todo e instaurados en la bronca permanente. Aunque, entre otros resultados, ello le lleve a contradicciones como haberse opuesto radical y sonoramente a la Ley Orgánica 10/2022, conocida como la del “sí es sí” (que establece que cualquier acto sexual sin consentimiento expreso se considera agresión sexual); mientras que ha dado su voto a favor ahora que el Parlamento Europeo la ha adoptado.
Esa doble vara de medir, aplicada en casi todo, no solo alimenta la desconfianza ciudadana, sino que erosiona la credibilidad del propio debate público. El problema no es la discrepancia —que es legítima y necesaria en democracia—, sino la utilización sistemática de las instituciones como armas y trincheras: la justicia, la policía, la Guardia Civil, el ejército, la monarquía, la Iglesia, el Senado o determinados medios de comunicación convertidos en arietes políticos. A fuerza de golpear, a pico y pala, se deteriora la confianza en el edificio institucional. Y cuando las instituciones se debilitan, el espacio lo ocupan quienes viven del descrédito y la polarización.
Ahí es donde el radicalismo encuentra terreno fértil. En las últimas elecciones autonómicas de Aragón y Extremadura, Vox es la muestra de que el desgaste constante del sistema beneficia a quien se presenta como alternativa radical o antisistema. Cuanto más se transmite la idea de que todo está roto, más sencillo resulta ofrecer soluciones populistas y simples a problemas complejos.
Desde España, además, la sensación es ambivalente ante la escalada internacional. La distancia geográfica ofrece un espejismo de seguridad, pero la experiencia demuestra que ningún país es una isla cuando las grandes potencias se enfrentan. Basta recordar el apoyo de aquel gobierno español a la guerra de Irak y cómo ese alineamiento tuvo consecuencias trágicas en suelo propio, con los atentados del 11 de marzo. Pensar que un conflicto de mayores dimensiones podría salpicarnos no es alarmismo; es memoria.
Quizá por eso algunos respiramos algo aliviados al no ver en La Moncloa a líderes dispuestos a implicarse sin matices en aventuras militares ajenas. Porque en un escenario donde Irán dispara misiles y las bases militares forman parte del mapa estratégico, lugares como Rota podrían convertirse en objetivos, como ha pasado con Chipre. Y entonces la guerra dejaría de ser un debate televisivo para convertirse en una realidad cercana y devastadora.
“De todo menos bonito”. Así es el paisaje internacional y nacional: tenso, frágil y peligrosamente inflamable. Tal vez lo más urgente no sea buscar culpables —que los hay—, sino exigir cordura dentro y fuera de nuestras fronteras (una utopía frente a los intereses partidistas y egoístas). Porque cuando el mundo, y también la política doméstica, se acostumbran a vivir al borde del abismo, el siguiente mal paso puede ser irreversible. Y entonces ya no habrá expresión popular que suavice lo que venga después.