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Cartografía del malestar actual
"En muchos países ricos, los menores de 35 años muestran niveles de ansiedad económica muy superiores a los de las generaciones mayores. Lo que revela una fractura silenciosa: vivir en una sociedad próspera no garantiza sentir que el futuro lo será también"
Miles de personas durante una manifestación por la vivienda, desde Atocha, a 5 de abril de 2025, en Madrid (España). Mateo Lanzuela / Europa Press
En un mundo lleno de problemas —guerras, inflación, crisis climática, revolución tecnológica— podríamos creer que las preocupaciones de los ciudadanos estarían repartidas. Pero cuando se pregunta directamente cuál es el mayor problema que afronta su país, la respuesta es bastante más clara de lo que parece.
El informe The World’s Most Important Problem, realizado por Gallup junto al World Governments Summit, reúne respuestas en 107 países a una pregunta: “¿Cuál es el problema más importante que afronta ahora mismo su país? ”. Sin una lista cerrada, sino escuchando lo que preocupa a la gente, cuestiones como ¿pueden vivir con dignidad?, ¿tienen un trabajo que merezca la pena?, ¿confían en sus instituciones? o ¿se sienten seguras? se convierten en las métricas reales.
De hecho, el hallazgo transversal del informe es sencillo pero profundo: las personas evalúan el estado y el progreso nacional desde su experiencia diaria. Si el alquiler absorbe gran parte del salario, la economía es el problema. Si el empleo es inestable o precario, el trabajo es el problema. Si el debate público se percibe como conflicto constante sin soluciones, la política es el problema. Y cuando estas dimensiones se combinan —coste de vida alto, empleo frágil y clima político tensionado— la percepción de malestar se intensifica.
«Las personas evalúan el estado y el progreso nacional desde su experiencia diaria»
Con diferencia, la economía encabeza la lista global. Un 23% de la población mundial señala cuestiones como el coste de la vida, los salarios bajos o la pérdida de poder adquisitivo como el principal problema nacional. Esto es, lo que pesa no son tanto los indicadores macroeconómicos como la experiencia cotidiana.
Pero lo verdaderamente interesante no es solo que la economía preocupe, sino por qué y a quién. Hay un sesgo generacional y de género significativo. Los jóvenes y las mujeres son más proclives a percibir que la economía no funciona para ellos. En muchos países ricos, los menores de 35 años muestran niveles de ansiedad económica muy superiores a los de las generaciones mayores. Lo que revela una fractura silenciosa: vivir en una sociedad próspera no garantiza sentir que el futuro lo será también.
El segundo gran bloque de preocupación mundial gira en torno al trabajo. No solo al desempleo —aunque este influye—, sino a la calidad del empleo. El informe conecta estos datos con hallazgos previos sobre el bajo nivel de compromiso laboral en el mundo (según otro estudio de Gallup, State of the Global Workplace, también comentado aquí). Tener empleo no equivale necesariamente a un trabajo digno, estable o con sentido de realización personal. De hecho, tanto personas empleadas como desempleadas coinciden en señalar al “trabajo” como un problema estructural. Lo que supone una crítica al mercado laboral en su conjunto, no solo a su capacidad o no de generar puestos.
Como problema nacional, en tercer lugar aparece la política. Incluso, cuando la confianza en el gobierno, en el sistema judicial o en la integridad electoral es baja, aumenta significativamente la probabilidad de que la política sea vista como el principal problema. Así, sorprende que en los países de ingresos altos la desconfianza institucional sea un factor decisivo y que, en democracias consolidadas, crezca la sensación de que el sistema no responde o no corrige sus propios fallos.
Finalmente, la seguridad domina allí donde hay conflictos o violencia intensa. En países afectados por guerras o inestabilidad grave, casi cualquier otra preocupación queda relegada. La paz no es un tema más, sino la condición que permite que existan todos los demás debates. Sin seguridad, no hay economía que importe ni política que convenza.
En cambio, cuando las necesidades básicas están relativamente cubiertas, la exigencia se desplaza hacia la calidad institucional. La ciudadanía no solo quiere estabilidad económica; quiere gobiernos eficaces, transparentes y justos. Y cuando esa expectativa se frustra, la política deja de percibirse como solución para convertirse en obstáculo.
Algo que toca muy directamente a nuestro país, donde la economía también aparece entre las principales preocupaciones ciudadanas, especialmente vinculada al coste de la vida, a la vivienda y a la precariedad laboral.
Otro rasgo distintivo del caso español es el peso persistente del desempleo —históricamente elevado en comparación con otros países europeos— y, especialmente, el desempleo juvenil. Lo que conecta con uno de los hallazgos globales del informe: los jóvenes tienden a mostrar mayor ansiedad económica y mayor percepción de bloqueo estructural que las generaciones mayores.
Pero en España destaca con fuerza la preocupación por la política. La polarización, la fragmentación parlamentaria y la percepción de conflicto permanente entre bloques ideológicos alimentan la sensación de que el sistema político no resuelve los problemas con eficacia.
Si el informe muestra que, en los países de renta alta donde la confianza institucional es baja o fluctuante, la política se convierte en uno de los “problemas más importantes”; España encaja claramente en ese patrón. En otras palabras, en el contexto español no se trata solo de cuánto se crece, sino de cómo se gobierna y de si la ciudadanía percibe que las instituciones funcionan de manera estable y eficaz.
Si hace noventa años que George Gallup formuló por primera vez la pregunta sobre el “problema más importante”, resulta que hoy, en contextos culturales y políticos muy distintos, la lección permanece: gobernar empieza por escuchar, un principio democrático básico.
El caso de España demuestra que la pregunta sigue siendo radicalmente vigente. Escuchar no es solo medir indicadores económicos; es entender cómo vive y siente la población esos indicadores. Y la conclusión es que el crecimiento económico importa, pero la percepción de seguridad material, la calidad del empleo y la confianza institucional pesan tanto o más en la evaluación ciudadana.
En definitiva, gobernar es gestionar datos, pero liderar es gestionar percepciones fundamentadas en experiencias reales. En tiempos de sobreinformación y polarización, quizá el ejercicio más radical —y más eficaz— sea preguntar, escuchar y tomarse en serio las respuestas.