A pesar de todo, viva la política
La política existe para evitar que los conflictos se resuelvan únicamente por la fuerza, para transformar la violencia en disputa regulada, para hacer posible la convivencia entre egoísmos. No es el reino de los santos, pero sí el dique frente a la barbarie
Archivo – El presidente de EEUU, Donald Trump
En varios artículos escritos en esta misma columna, venía advirtiendo de que el actual presidente de la Casa Blanca no regresaría al primer plano para administrar con pragmatismo, sino para tensionar. Que su horizonte no era la estabilidad, sino la guerra, entendida en un sentido amplio: conflicto exterior e interior, polarización constante, choque permanente como método para tapar errores, desviar responsabilidades y cohesionar a los suyos frente a un enemigo siempre oportunamente definido. Hoy, con los hechos acumulándose, aquel vaticinio describe más el tiempo que nos ha tocado vivir.
Con Trump al frente, Estados Unidos continúa actuando -más todavía- como si la historia se hubiese congelado en los saloons, las horcas, el whisky, el revolver Colt, el rifle Winchester, los duelos entre pistoleros, los asaltos de todo tipo o las recompensas; es decir, que sigue la conquista salvaje del Oeste. La lógica es la misma: expansión, apropiación, imposición. Ayer fueron las tierras arrebatadas a los pueblos indígenas; hoy son los mapas, los mares y las soberanías. El rebautizo simbólico del Golfo de México como “americano”, la pretensión de Groenlandia o la naturalización de la intervención en terceros países no son excentricidades aisladas, sino expresiones de una mentalidad depredadora y abusiva (imperial que dirían los historiadores o megalómana los psicólogos) que nunca se fue del todo. La “Doctrina Monroe”, asumida tal cual por el actual presidente norteamericano, sigue operando como un reflejo automático: América es “suya” y el resto del mundo, un tablero donde mover fichas.
En ese marco se entiende también el doble rasero con el que se trata a los dirigentes internacionales. El secuestro o detención forzada de Nicolás Maduro —al margen del juicio que merezca su régimen— contrasta obscenamente con la amistad declarada por Trump y seguidores hacia Benjamin Netanyahu, pese a estar condenado por el Tribunal Internacional de Justicia por crímenes contra la humanidad. No hay incoherencia, hay imposición (o imperialismo). Los derechos humanos se invocan cuando conviene y se ignoran cuando estorban. La legalidad internacional sirve para disciplinar adversarios, no para incomodar aliados.
Este patrón político tiene un correlato psicológico inquietante (además de la megalomanía). Diversos estudios han situado al 47º presidente de EE UU en niveles de psicopatía superiores incluso a los atribuidos históricamente a Adolf Hitler. No se trata de un recurso retórico, sino de indicadores clínicos asociados a la ausencia de empatía, al narcisismo extremo y a la incapacidad de reconocer el daño causado. Hitler alcanzaría un 8 en esos índices; Trump, un 9. La diferencia importa porque señala un liderazgo sin freno moral, para el que el sufrimiento ajeno es irrelevante frente al beneficio propio, como ha denunciado recientemente una senadora demócrata Elizabeth Warren, al asegurar que, desde que está en la Casa Blanca, su familia se ha enriquecido en unos 4.000 millones de dólares, es decir, que utiliza la presidencia para sus negocios.
Pero el problema no se agota en el perfil del líder. Como se sabe, Estados Unidos destaca en violencia armada, consumo y crímenes relacionados con drogas, etcétera. No es una coincidencia estadística, sino el resultado de un modelo cultural atravesado por el individualismo extremo, la competitividad sin límites, el acceso masivo a armas, mercados ilegales enormes, desigualdad y un sistema policial y legal fragmentado. En esta ocasión, destaco su “normalización del odio”, que se filtra en múltiples capas sociales. Mucha de esa violencia, como está demostrado en los casos de los asesinos en serie (3 de cada 4 de los que se tienen constancia en el mundo son estadounidenses) actúan movidos precisamente por ese odio: racial, social, de género…
Si a cualquiera de nosotros nos advirtieran de que una persona es psicópata, está dominada por impulsos violentos o es mentirosa compulsiva, además de narcisista, haríamos lo posible por alejarnos de ella. Ya no digamos si ha sido condenada por abusos sexuales, por extorsión y tiene un montón de causas pendientes con la justicia. Sin embargo, una de esas personas (ya condenada dos veces, que está intentando tapar su posible pederastia, más todas sus estafas, mentiras, abusos, etcétera) no solo no es socialmente o personalmente rechazada, sino que preside una de las principales potencias mundiales y, paradójicamente, muchas personas no solo la han votado sino que siguen y jalean su modelo; lo que demuestra el poder y vigor actual del egoísmo extremo.
Lo más inquietante es que este modelo no solo se tolera, sino que se imita. Muchos dirigentes actuales y no poca gente de a pie ven en él un “camino a seguir”. Apela al individualismo más crudo, a una idea de libertad reducida al “ande yo caliente y que le den a los demás” (justamente todo lo contrario de lo que nos ha traído hasta aquí evolutivamente como especie). Un sálvese quien pueda revestido de épica, éxito y autosuficiencia. Es un discurso seductor en tiempos de incertidumbre porque promete soluciones simples a problemas complejos y exime de responsabilidades colectivas. Pero es también una trampa peligrosa.
Esa epidemia ideológica no se detiene en las fronteras de Estados Unidos (Milei, Bolsonaro, Orbán, Putin, Kim Jong-un,…). En España también parece calar este modelo, no solo en determinados discursos políticos, sino en actitudes sociales cada vez más normalizadas. Durante la pandemia, la apelación a la libertad individual se utilizó con frecuencia como coartada para desentenderse del cuidado colectivo, como si la salud pública fuese una imposición ilegítima y no un bien común. El “yo hago lo que quiero” se presentó como valentía cívica, cuando en realidad escondía una renuncia a la responsabilidad compartida.
A ello se suma otro rasgo inquietante, la proliferación de la mentira como herramienta política. Algunos dirigentes, más que reincidentes ya especialistas, afrontan sus responsabilidades recurriendo a falsedades burdas, a imputaciones inventadas o a relatos manipulados con el único objetivo de tapar sus propias tropelías. Desde la gestión de catástrofes hasta los escándalos personales o institucionales, la estrategia se repite: negar lo evidente, culpar a otros y convertir la política en un campo de ruido permanente donde la verdad importa menos que el impacto (por ejemplo, “dominar la comunicación” ha sido lo prioritario en la gestión de la DANA). No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más desacomplejado.
Este clima erosiona la confianza pública y refuerza la idea de que “todos son iguales”, un terreno fértil para el cinismo y la desmovilización. Y ahí reside otro de los mayores peligros: cuando la ciudadanía deja de creer en la política, no desaparece el poder, simplemente cambia de manos. Pasa a quienes menos escrúpulos tienen para ejercerlo.
Frente a esta deriva, conviene recuperar la reflexión filosófica, como la de André Comte-Sponville, cuando recuerda que la política no es un lujo moral ni una opción secundaria, sino una necesidad. No porque los seres humanos seamos virtuosos, sino precisamente porque no lo somos. La política existe para evitar que los conflictos se resuelvan únicamente por la fuerza, para transformar la violencia en disputa regulada, para hacer posible la convivencia entre egoísmos. No es el reino de los santos, pero sí el dique frente a la barbarie.
Renunciar a la política, despreciarla o reducirla a un espectáculo cínico no es neutral, es dejar el campo libre a los autoritarios, a los demagogos y a los líderes sin escrúpulos. La moral individual no basta; el mercado tampoco. Sin reglas compartidas, sin instituciones y sin deliberación pública, lo que queda es la ley del más fuerte. Y esa ley siempre favorece a quienes menos límites se imponen.
Por eso, frente a la actual tentación imperante, conviene recordar que la libertad sin responsabilidad colectiva degenera en privilegio y que el individualismo llevado al extremo termina erosionando aquello mismo que dice defender. La política, con todas sus imperfecciones, es el espacio donde la cooperación se convierte en acción, donde el conflicto se civiliza y donde aún es posible pensar en un futuro común.
Hoy, ante un presidente estadounidense y otros (actuales o en ciernes) que encarnan algunos de los rasgos más oscuros del poder contemporáneo y ante una proliferación creciente de ese modelo, el desaliento es comprensible. Pero también es peligroso. La guerra —real o simbólica— no puede ser el horizonte.
Defender la política no es idealizarla; es reconocerla como una opción que solo tenemos los humanos —tal y como nos definió Aristóteles en su día como “animales políticos”— para lograr la organización que caracteriza a muy pocas especies (la eusocialidad, sobre la que también he escrito aquí), así como frente a la violencia, la mentira y la pulsión impositiva o imperial que, una vez más, amenaza con presentarse como destino inevitable.