El método Simplicity Lab en la Universidad

Un laboratorio de seis bloques donde la teoría se entrena, la IA se usa con criterio y el aula vuelve a ser el mejor sitio para aprender

estudiantes universitarios durante su graduación

En mi reciente aterrizaje en la Universidade da Coruña llevo tiempo dándole vueltas a una idea sencilla y, a la vez, exigente: si la universidad me formó, mi mejor forma de devolverlo no es repetir lo de siempre con más volumen, sino intentar enseñar de otra manera, con más intención.

Simplicity Lab nace de esa convicción y de un diagnóstico que no conviene barrer debajo de la alfombra: la asistencia a clase es baja. No lo digo como reproche moral, sino como diagnóstico operativo. Cuando falta presencia, falta fricción productiva, falta contraste y falta ese entrenamiento con supervisión que hace que un concepto pase de sonar bien a funcionar en la cabeza. La pregunta, entonces, no es «por qué no vienen», sino «qué tendría que pasar para que venir merezca la pena, incluso cuando la agenda aprieta».

La respuesta es diseño. No clases más largas ni profesores con superpoderes, sino un formato deliberado de valor: un laboratorio de Aprendizaje Basado en Retos (ABR) que persigue menos acumulación de apuntes y más transferencia real de lo aprendido, porque la economía —y casi cualquier disciplina— no se domina por contemplación, sino por uso.

Menos apuntes, más impacto.» Esta frase guía todas las decisiones didácticas de Simplicity Lab

Y la evidencia empírica empuja en la misma dirección: amplios análisis en educación universitaria en diversos campos han encontrado mejoras consistentes en rendimiento y menor tasa de suspensos cuando se emplean metodologías activas frente a la clase exclusivamente expositiva (respaldado por meta‑análisis como el de S. Freeman et al. (2014) en PNAS, que muestra alrededor de un +6% en rendimiento en exámenes y una reducción significativa de la tasa de suspensos con metodologías de aprendizaje activo frente a clases expositivas tradicionales). No se trata de entretener; se trata de aprender mejor con menos fricción y más práctica deliberada.

Simplicity significa eliminar lo accesorio para poder trabajar con más profundidad lo esencial

Los seis bloques de Simplicity Lab

Cada sesión se estructura en seis bloques con proporciones deliberadas. Cada bloque tiene un nombre, un propósito y un peso temporal pensado para maximizar la transferencia de lo aprendido.

La lógica es sencilla: arrancas pensando, no en piloto automático; fijas los conceptos clave sin rodeos; los aplicas a un problema real; usas la IA para afilar el análisis; defiendes tu postura ante otros; y te vas con tres ideas y una competencia explícita que has entrenado. El conocimiento que no se mueve se oxida.

La lógica es sencilla: arrancas pensando, no en piloto automático; fijas los conceptos clave sin rodeos; los aplicas a un problema real; usas la IA para afilar el análisis; defiendes tu postura ante otros; y te vas con tres ideas y una competencia explícita que has entrenado. El conocimiento que no se mueve se oxida.

El Parlamento Económico UDC: donde el aula se convierte en institución

La pieza que hace de puente entre lo académico y lo real es el reto que vertebra el curso: el Parlamento Económico UDC, una simulación de debate parlamentario sobre temas macroeconómicos de actualidad.

¿Qué hacen los estudiantes? Construyen argumentos sobre políticas económicas reales, anticipan contraargumentos, los sostienen con datos y los comunican con claridad, sin perder el respeto por la complejidad. No se trata de opinar; se trata de pensar con rigor, sostener propuestas con evidencia y comunicar decisiones como exige cualquier espacio público de responsabilidad.

¿Por qué importa? Porque el Parlamento tiene una ambición que va más allá del aula. Por un lado, conecta el talento joven con las instituciones, para que los estudiantes aprendan a operar donde se decide. Por otro, acerca la universidad a la empresa y la empresa a la universidad, de manera que el criterio formado en el aula se contraste con problemas, restricciones y decisiones reales. En el fondo, buscamos que el criterio de los jóvenes —bien trabajado, bien argumentado y contrastado— llegue donde se decide, y que lo aprendido no se quede en un examen, sino que se convierta en valor para la sociedad y para la economía.

Cuando el estudiante deja de contestar y empieza a defender, la economía deja de ser un temario y pasa a ser una herramienta

Y aquí ocurre algo valioso: cuando el estudiante se equivoca en público, pero con método, el error deja de ser un tropiezo y pasa a ser un activo formativo.

Inteligencia artificial con criterio humano

En Simplicity Lab, la IA no es un atajo para pensar menos, sino un espejo para pensar mejor. Sirve para proponer alternativas, resumir posiciones, sugerir fuentes, detectar inconsistencias o sesgos y acelerar iteraciones, pero nunca sustituye el juicio profesional.

La IA es la bicicleta eléctrica de la mente: ayuda, pero hay que pedalear

Por esta razón, Simplicity Lab dedica un bloque específico a alfabetización y gobernanza en IA, proceso de uso responsable y sesgos, porque la herramienta que no se entiende termina mandando más de lo que ayuda.

Este enfoque no es solo una preferencia metodológica. La propia UNESCO ha publicado una guía que defiende exactamente un enfoque centrado en la persona para el uso de IA generativa en educación, con validación ética, cuidado de la privacidad y diseño pedagógico consciente. Y el marco regulatorio europeo, con el Reglamento de Inteligencia Artificial, está empujando en la misma dirección: una IA fiable, centrada en el ser humano y con protección de derechos. Esa brújula no es retórica; es marco de juego.

Cinco competencias, no como añadidos, sino como vehículo

La consecuencia práctica de todo lo anterior es que en Simplicity Lab entrenamos cinco competencias de forma explícita: pensamiento analítico y crítico, resiliencia y gestión del tiempo, cultura de IA, comunicación profesional y trabajo en equipo. No son complementos decorativos; son el vehículo natural para dominar los fundamentos.

Y lo más relevante es que este enfoque no exige clases más largas. Exige diseño. Diseñar buenas preguntas, diseñar casos que obliguen a elegir, diseñar cierres que conviertan la sesión en aprendizaje que el alumno se lleva consigo. Al final, la intención es que el estudiante pueda salir del aula y responderse algo muy humano: ¿qué sé hacer ahora que ayer no sabía hacer?

Tres ideas para quien quiera empezar mañana

Si alguien quisiera probar este enfoque mañana mismo —en una clase, en un equipo o incluso en su propia rutina de aprendizaje—, estas son las tres palancas que más impacto generan:

1. Transforma cualquier tema en una decisión.

No pregunte «qué es X»; pregunte «si usted tuviera que decidir entre X e Y con estos datos, ¿qué haría y por qué?». Obligue a elegir y a justificar la elección con un dato, aunque sea imperfecto. La claridad nace de elegir.

2. Usa la IA como un segundo par de ojos, no como una segunda cabeza.

Pídele que busque contraejemplos y debilidades de tu argumento antes de pulirlo. Que desafíe la hipótesis, no que la confirme. Así la herramienta fortalece el criterio en vez de sustituirlo.

3. Cierre cada sesión con tres ideas accionables y una habilidad entrenada.

Lo que no se consolida se pierde. Si el alumno no puede nombrar qué ha aprendido a hacer, probablemente no lo ha aprendido.

John Dewey escribió que la educación no es preparación para la vida, sino la vida misma. Simplicity Lab intenta tomarse esa idea en serio: que cada sesión sea, a pequeña escala, un fragmento de la vida profesional que espera al estudiante.

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Un comentario en “El método Simplicity Lab en la Universidad

  1. Guillermo expone, con razones de peso, los beneficios de utilizar en la Universidad el método SIMPLICITY LAB.
    Es novedoso y transformador pero no agresivo.
    Significa una modificación importante de lo establecido, que repercutirá positivamente en el ámbito universitario y de la enseñanza en general.
    Hará reflexionar. Sin duda.

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