La estupidez no es un error: es una función del sistema

El objetivo no es cambiar al mundo, eso es perder el tiempo. El reto es personal, individual, mantener la capacidad de pensar en un entorno diseñado para que no lo hagas

ilustración con un cerebro bajo de batería

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Hay días en los que uno mira las noticias, escucha una tertulia o simplemente se cruza con una conversación cualquiera y se hace la misma pregunta incómoda: ¿cómo es posible que, con toda la tecnología, el conocimiento y la información disponibles, la estupidez no sólo no retroceda, sino que parezca avanzar con paso firme?

No hablo de no saber algo concreto. Hablo de algo más profundo y más peligroso: la renuncia voluntaria a pensar. Y aquí viene el primer golpe de realidad, de esos que escuecen un poco. La estupidez, entendida como ausencia de pensamiento crítico, no es un fallo del sistema. Es una característica. Funciona. Y por eso sigue ahí.

Arthur Schopenhauer lo vio claro hace casi dos siglos. No era precisamente un optimista y, aun así, fue honesto. El ser humano no está diseñado para pensar constantemente. Pensar de verdad cuesta. Mucho. Energéticamente, mentalmente y socialmente. Nuestro cerebro, ese órgano tan sobrevalorado en los discursos y tan infrautilizado en la práctica, es carísimo de mantener. Pesa poco, pero consume como un camión. Y lo que más energía se lleva no es soñar ni recordar, sino analizar, dudar, cuestionar.

Desde un punto de vista puramente biológico, pensar es un lujo. Así que el cerebro hace lo que mejor sabe hacer: ahorrar. Modo bajo consumo activado. Aceptar lo que dice el grupo, repetir lo que escuchas, no meterte en líos. Eficiencia pura. La evolución no premia al más brillante, sino al que sobrevive. Y muchas veces, sobrevivir ha significado no complicarse la vida.

Esto no es nuevo. Sócrates se dedicó a hacer preguntas incómodas en Atenas. No imponía ideas, solo obligaba a pensar. El resultado fue tan democrático como previsible: lo condenaron a muerte. La ciudad prefería su cómoda ilusión de saber antes que enfrentarse a la evidencia de que no tenían ni idea. Pensar rompe consensos. Y los consensos son la base de cualquier sistema estable, aunque sea mediocre.

Aquí entramos en el terreno social. Las organizaciones, los Estados, las grandes estructuras jerárquicas no necesitan pensadores. Necesitan ejecutores. Gente que haga, no que cuestione. El que piensa ve grietas. El que obedece sin preguntar engrasa la máquina. Y la máquina, agradecida, le recompensa. Ascensos, estabilidad, pertenencia. Todo muy humano.

Hannah Arendt se llevó una de las mayores decepciones intelectuales del siglo XX durante los juicios de Núremberg. Esperaba monstruos. Encontró funcionarios. Gente normal, educada, eficiente, que había cumplido órdenes sin reflexionar sobre las consecuencias. De ahí su famosa y malinterpretada idea de la banalidad del mal. No hacía falta odio. Bastaba con no pensar.

Y luego está el grupo. El rebaño, dicho sin insultar, porque todos pertenecemos a alguno. Friedrich Nietzsche lo llamó moral de rebaño. Salirte del guion tiene coste. Pensar por tu cuenta genera fricción. Y la fricción molesta. Así que el sistema social castiga al disidente y premia al conformista. La estupidez, otra vez, funciona como lubricante social. Evita conflictos. Mantiene la cohesión. Todo fluye.

Hay además una paradoja psicológica que remata la jugada. Cuanto menos sabes, más seguro estás. Cuanto más sabes, shows dudas. El ignorante no ve la complejidad y, por tanto, no duda. Esa seguridad impostada se confunde con liderazgo, con competencia, con fortaleza. El que reflexiona parece débil. El que grita certezas, aunque estén vacías, parece sólido. Y así se explica mucho de lo que vemos en puestos de responsabilidad.

Algunos añaden un factor incómodo más: la demografía. Los que planifican, analizan y retrasan decisiones suelen tener menos descendencia. Los impulsivos se reproducen más. No es genética, es matemática básica. A largo plazo, ciertos patrones de comportamiento se replican con más éxito que otros. Frío, pero real.

Con todo esto sobre la mesa, el panorama no es precisamente alentador. La estupidez no va a desaparecer con más educación reglada, más titulaciones o más acceso a información. Internet no ha hecho a la gente más crítica. Ha hecho más ruido. Las fuerzas que favorecen el no pensar siguen intactas y operativas.

Y aquí es donde conviene parar un segundo y decirlo claro, sin dramatismos ni épica barata. El objetivo no es cambiar al mundo. Eso es perder el tiempo. El reto es personal. Individual. Mantener la capacidad de pensar en un entorno diseñado para que no lo hagas. Ahí está la verdadera rebeldía hoy.

No es cómodo. No da aplausos. No suele dar ascensos rápidos. Pero te permite algo que no es negociable: autonomía. Y aquí sí, vamos a intentar aprender algo. Pensar cuesta energía, sí. Pero no pensar cuesta libertad. Y esa factura es mucho más cara a largo plazo.

La estupidez es el camino fácil, el que viene de serie, el que tiene premio inmediato. Pensar es ir contra corriente. No te hace mejor que nadie, pero te hace responsable de tu vida. Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante.

¡Se me tecnologizan!

Historias como esta, en su bandeja de entrada cada mañana.

O apúntese a nuestro  canal de Whatsapp

Deja una respuesta

SUSCRÍBETE A ECONOMÍA DIGITAL

Regístrate con tu email y recibe de forma totalmente gratuita las mejores informaciones de ECONOMÍA DIGITAL antes que el resto

También en nuestro canal de Whatsapp