El jarrón, las hormigas y los muy listos que lo agitan

El silencio, la reflexión y el criterio propio son revolucionarios, mucho más que cualquier consigna gritona

ilustración de un jarrón con hormigas negras y rojas

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? La historia es sencilla. Tan sencilla que da rabia. Cien hormigas rojas, cien hormigas negras, un jarrón de cristal. Quietud absoluta. Nadie pelea. Nadie muere. Todo en orden. Hasta que alguien sacude el jarrón. Y entonces, sangre —o lo más parecido a la sangre de hormiga— por todas partes. Las rojas matando a las negras. Las negras matando a las rojas. Convencidas de que el enemigo es el otro. Y no. El enemigo es el que sacude el jarrón.

Vamos a intentar aprender algo, porque esta metáfora no es poesía barata ni frase de taza de desayuno. Es un manual básico de ingeniería social explicado para que lo entienda cualquiera que aún conserve algo de pensamiento crítico.

En cuanto hay caos, el cerebro primitivo toma el control. En humanos también. Ruido, miedo, incertidumbre, enfado. El entorno se vuelve hostil y buscamos culpables rápidos. No los correctos, los rápidos. El vecino. El que piensa distinto. El que vota distinto. El que nació en otro año, en otro barrio o con otro saldo en la cuenta corriente.

Y mientras tanto, el que sacude el jarrón ni se mancha las manos. Aquí es donde la cosa deja de ser anecdótica y se vuelve peligrosa. Porque no estamos hablando de hormigas. Estamos hablando de sociedades enteras diseñadas para vivir permanentemente agitadas. Crisis encadenadas. Alarmas constantes. Emergencias que nunca terminan. Todo es urgente, todo es grave, todo es emocional. No hay tiempo para pensar. Y cuando no hay tiempo para pensar, alguien ya ha pensado por ti.

El truco es viejo, pero sigue funcionando. Divide, enfrenta y observa. Hombres contra mujeres. Jóvenes contra viejos. Autónomos contra trabajadores por cuenta ajena. Público contra privado. Ciencia contra fe. Campo contra ciudad. Siempre dos bandos. Siempre un relato simplificado. Siempre una excusa para que no mires hacia arriba, ni hacia atrás, ni hacia los números.

Porque si miras los números, el jarrón empieza a verse. El jarrón es la deuda eterna. El jarrón es la burocracia que no produce nada pero decide sobre todo. El jarrón es la mediocridad institucionalizada, esa que premia la obediencia y castiga la competencia. El jarrón es el ciudadano infantilizado, entretenido y enfadado a partes iguales. Y el que lo sacude suele llamarse regulador, salvador, líder o experto. Da igual el nombre. El efecto es el mismo.

Y ojo, aquí viene la parte que más molesta: nadie nos obliga a reaccionar como hormigas. Nadie. Podríamos parar. Podríamos observar. Podríamos preguntarnos quién gana con este enfrentamiento constante. Podríamos sospechar cuando todos los titulares empujan en la misma dirección emocional. Podríamos desconfiar cuando la solución siempre pasa por ceder un poco más de libertad, un poco más de dinero o un poco más de criterio propio.

Pero eso exige algo que escasea: responsabilidad individual. Pensar cansa. Dudar incomoda. Salirse del bando propio tiene coste social. Y ahí está la verdadera sacudida del jarrón: conseguir que prefieras tener razón con los tuyos antes que entender la realidad. Convertir la identidad en trinchera. Hacerte creer que discrepar es traicionar y preguntar es peligroso.

Por eso esta historia funciona tan bien. Porque no señala solo al poder. Nos señala a nosotros cuando aceptamos el juego. Cuando repetimos consignas como loros. Cuando compartimos indignación prefabricada. Cuando atacamos al de enfrente sin preguntarnos quién ha puesto el escenario, las luces y el guion.

No va de buenismo. No va de llevarnos todos bien. Va de algo mucho más serio: dejar de ser útiles al que sacude el jarrón. Recuperar la calma intelectual. Volver a pensar en frío. Analizar incentivos, no intenciones. Seguir el rastro del dinero, de la normativa y del control. Ahí suelen estar las respuestas.

El día que suficientes personas decidan no pelear entre ellas cuando el suelo tiembla, ese día el que agita el jarrón se queda sin espectáculo. Y sin poder. Por eso se esfuerzan tanto en que nunca estemos quietos.

El silencio, la reflexión y el criterio propio son revolucionarios. Mucho más que cualquier consigna gritona.

¡Se me tecnologizan!

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