Autónomos: menos bajas, más compromiso que los trabajadores asalariados
Si aspiramos a una economía que funcione, quizá convendría dejar de tratar al autónomo como un problema y empezar a verlo como lo que es: parte de la solución
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Hay cifras que retratan un país mejor que cien discursos. Según los datos oficiales de la Seguridad Social, en 2025 apenas 10,06 autónomos por cada mil se acogieron a una baja por incapacidad temporal. En el mismo periodo, entre los asalariados la cifra se fue hasta 37,92 por cada mil. No es una diferencia coyuntural ni un pico aislado: lleva años repitiéndose. Cuatro veces menos bajas. Cuatro veces.
El autónomo no es que no enferme. Es que no puede parar. Porque cuando un trabajador por cuenta propia cae de baja, el sistema no le suspende la vida. Sigue pagando la cuota, sigue cumpliendo con Hacienda, sigue asumiendo costes fijos. Durante los primeros días no cobra nada. Después, percibe una parte de su base reguladora, pero la cuota sigue pasando puntual. Enfermo, pero pagando. Ese detalle, que suele omitirse en los debates cómodos, explica mucho mejor las cifras que cualquier discurso moral.
En los últimos años, además, la incidencia de bajas entre autónomos ha descendido. En 2023 se situaba en torno a 10,68; en 2024 bajó a 10,54 y los últimos datos de 2025 la colocan en 10,06. Tendencia clara. Mientras tanto, entre los asalariados ocurre justo lo contrario: desde 2020 las bajas no han dejado de crecer hasta alcanzar esos casi 38 trabajadores por cada mil. Esto no es una opinión ideológica. Es estadística pura.
Aun así, el relato dominante sigue siendo sospechoso. Se habla de absentismo como si fuera un problema homogéneo, como si todos jugaran con las mismas reglas. No es así. El autónomo juega sin red. Y cuando alguien juega sin red, ajusta su comportamiento. No por virtud cívica, sino por supervivencia económica.
Por eso los autónomos piden algo tan básico como no pagar la cuota cuando están de baja. No un privilegio, no una subvención, no un trato de favor. Simplemente no pagar por trabajar cuando no pueden trabajar. Algo que, visto desde el sentido común, debería ser automático. Pero no lo es.
Mientras tanto, en el ámbito asalariado, muchos convenios complementan la prestación hasta el 100 % del salario desde los primeros días de baja. Eso no es ni bueno ni malo en sí mismo. Es una realidad. Lo problemático es usar el mismo discurso, las mismas sospechas y las mismas recetas para colectivos que viven situaciones radicalmente distintas.
El resultado es perverso. Se penaliza al que menos utilizan el sistema y se ignora dónde realmente crece el problema. Se lanza un mensaje claro: emprender implica asumir riesgos, sí, pero también asumir castigos incluso cuando cumples. Y eso, a medio plazo, tiene consecuencias. Menos iniciativa, menos actividad productiva, más dependencia.
Aquí no hay épica del sacrificio ni romanticismo del autónomo heroico. Hay adultos que sostienen empresas, servicios y empleo incluso cuando están enfermos. Y hay un sistema que se beneficia de ese comportamiento sin reconocerlo ni ajustarse a la realidad de los datos.
Si de verdad queremos hablar de absentismo, empecemos por los números. Si queremos un sistema sostenible, premiemos la responsabilidad en lugar de castigarla. Y si aspiramos a una economía que funcione, quizá convendría dejar de tratar al autónomo como un problema y empezar a verlo como lo que es: parte de la solución.
¡Se me tecnologizan!