Si me das a elegir
Por donde pasan los norteamericanos no suele quedar un solar arrasado sin retorno; quedan infraestructuras, queda actividad económica, quedan aliados incómodos pero vivos, y queda un cierto orden
Archivo – El presidente de EEUU, Donald Trump
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Hay canciones que, sin proponérselo, acaban diciendo más verdad que muchos tratados internacionales. Me quedo contigo, de Los Chunguitos, es una de ellas. Una letra sencilla, casi ingenua, que en el fondo encierra una idea brutalmente honesta: cuando llega el momento de elegir, eliges. Y no eliges desde la poesía, eliges desde la realidad.
Y la realidad —nos guste o no— es que el mundo nunca se ha gobernado por buenas intenciones. Se ha gobernado por fuerza. Desde que el primer homínido levantó un palo frente a otro, los acuerdos se han firmado con la espada apoyada en la mesa. A veces visible, a veces envainada, pero siempre presente. Roma no pactaba desde la debilidad. El Imperio español no se sostuvo con sonrisas. El Imperio británico no extendió su influencia repartiendo abrazos. Y el orden mundial moderno no nace tras la Segunda Guerra Mundial por casualidad, sino porque alguien ganó… y tenía con qué ganar.
Conviene dejar esto claro para evitar el infantilismo geopolítico tan de moda. No se trata de servilismo. No se trata de admiración ciega. Se trata de entender cómo funciona el poder. Porque los acuerdos sin respaldo de fuerza son papel mojado. Da igual cuántas cumbres, cuántos comunicados conjuntos o cuántas declaraciones solemnes firmes: si no hay capacidad real de imponer consecuencias, no hay acuerdo que dure.
Y aquí entra el símil que algunos prefieren no escuchar. Hay actores internacionales que actúan como el perro del hortelano: ni comen ni dejan comer. No construyen, no generan prosperidad, no estabilizan… pero impiden que otros lo hagan. Donde pasan, dejan miseria, mafias, pobreza estructural y países rotos que se convierten en exportadores de problemas. Estados fallidos, sociedades sometidas y generaciones enteras sin futuro.
Frente a eso, cuando me dan a elegir, yo lo tengo claro. Me quedo con los norteamericanos. Con todas sus contradicciones, sus intereses y su evidente defensa de lo suyo —faltaría más—, pero con una diferencia fundamental: cuando intervienen, ponen la pasta. Y cuando alguien pone la pasta, quiere que aquello funcione. Es exactamente igual que en una empresa. El inversor no es una ONG, pero tampoco es idiota. Si invierte, es para crear valor. Y si crea valor, deja comer.
Por donde pasan los norteamericanos no suele quedar un solar arrasado sin retorno. Quedan infraestructuras, queda actividad económica, quedan aliados incómodos pero vivos, y queda un cierto orden. ¿Perfecto? No. ¿Interesado? Siempre. ¿Preferible a la alternativa? Sin ninguna duda. Porque la alternativa suele ser caos, satrapías, represión y miseria endémica.
Esto no va de moralina barata ni de relatos edulcorados. Va de historia. Va de entender que el mundo no es un aula de filosofía política, sino un tablero donde las piezas se mueven con poder, dinero y capacidad militar. El que no lo quiera ver, que siga creyendo en unicornios diplomáticos. Pero luego que no se sorprenda cuando los acuerdos saltan por los aires al primer conflicto serio.
Así que sí. Si me das a elegir, como dice la canción, me quedo contigo. Me quedo con quien tiene fuerza, pero también estructura. Con quien defiende lo suyo, pero entiende que dejar comer es más rentable que quemarlo todo. Lo demás es ruido, consignas y postureo ideológico.
Y como siempre, vamos a intentar aprender algo: la historia no premia a los ingenuos. Premia a los que entienden las reglas del juego, aunque no les gusten.
¡Se me tecnologizan!