El bastón que algunos tiran cuando empiezan a ver

Se ha instalado la idea de que la empatía es una debilidad y la lealtad un lastre. Que ser educado es perder ventaja. Que explicar las cosas sobra. Y así vamos construyendo empresas sin memoria, sin alma y sin futuro

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Maquiavelo dejó muchas frases incómodas, de esas que no envejecen porque describen al ser humano con demasiada precisión. La del ciego que, cuando recupera la vista, tira el bastón que le ayudó durante años, es una de ellas. Y no, no va de oftalmología. Va de poder, de ingratitud y de una falta de empatía que en el mundo empresarial se ha normalizado demasiado.

Vamos a intentar aprender algo.

En la empresa se habla mucho de valores cuando no hay riesgo. Cuando el negocio despega, cuando el Excel sonríe y el comité se permite discursos de liderazgo. Pero cuando hay que tomar decisiones incómodas, ahí es donde se ve quién es quién. Y ahí es donde aparecen dos figuras que ya hemos comentado otras veces y que conviene no perder de vista: el directivo psicópata y el empresario psicópata.

El primero suele ir bien vestido, habla bajo, mide las palabras y jamás levanta la voz. No necesita hacerlo. No tiene empatía, pero tampoco remordimientos. Las personas no son personas, son variables. El segundo es más peligroso todavía, porque mezcla esa misma ausencia de empatía con la propiedad. “Esto es mío” lo justifica todo. Contratos, esfuerzos, años de trabajo compartido… Todo queda reducido a una línea en un balance.

Hace poco le pasó a un amigo. Catorce años y medio gestionando una concesión de gimnasio en un hotel. Catorce años y medio levantando un servicio, cuidando clientes, adaptándose a modas, a crisis, a pandemias y a cambios de dirección. No era un favor, era un negocio, claro. Pero también era una relación construida con tiempo, confianza y trabajo serio. Cuando el hotel decidió que ya no le hacía falta, la patada fue seca. Sin miramientos. Sin una conversación adulta. Sin educación. El bastón ya no era necesario.

Y aquí conviene detenerse. Porque esto no va de victimismo ni de llorar por la leche derramada. Mi amigo no ha fracasado. Todo lo contrario. Catorce años y medio en una concesión dicen mucho más de su profesionalidad que de la del que decide prescindir de él de mala manera. La patada no define al que la recibe, define al que la da.

El problema es que este comportamiento se está normalizando. Se ha instalado la idea de que la empatía es una debilidad y la lealtad un lastre. Que ser educado es perder ventaja. Que explicar las cosas sobra. Y así vamos construyendo empresas sin memoria, sin alma y sin futuro.

A mí no me gusta hacer negocios así. Nunca me ha gustado. Y no es postureo moral ni superioridad ética. Es pura experiencia. He visto demasiadas veces cómo los proyectos se rompen desde dentro cuando se pierde la lealtad. Porque la lealtad no es romanticismo: es eficiencia a largo plazo. Es gente que da un poco más cuando vienen mal dadas. Es conocimiento acumulado que no se compra con un fichaje. Es reputación, aunque a algunos les moleste esa palabra.

El directivo psicópata suele pensar que todo es sustituible. Y a corto plazo puede tener razón. A medio y largo, casi nunca. Porque las personas que han sido tratadas como bastones tirados no olvidan. El mercado tampoco. Y las organizaciones que funcionan a base de miedo y desprecio acaban rodeadas de mediocridad obediente. De eso va la MEDIOCRACIA, aunque a muchos les incomode escucharlo.

He conocido empresarios brillantes técnicamente y miserables humanamente. Y he conocido otros que, sin discursos grandilocuentes, cuidaban las formas incluso cuando había que tomar decisiones duras. Curiosamente, estos últimos solían dormir mejor y tener equipos más estables. Casualidades.

No se trata de no despedir, de no cambiar proveedores o de no cerrar etapas. Se trata de cómo se hace. De mirar a la cara. De explicar. De agradecer lo que ha sido útil durante años. El bastón no se tira como si fuera basura. Se deja a un lado con respeto. Porque gracias a él se llegó hasta allí.

Sin lealtad y sin empatía a mí no me interesa la empresa. Me interesa el trabajo bien hecho, el compromiso y la palabra dada. Me interesa rodearme de gente que entiende que el éxito no empieza el día que entran los números, sino mucho antes, cuando alguien apostó cuando no estaba claro. Eso no es sentimentalismo. Es memoria. Y la memoria, en los negocios, también cotiza.

El que no lo vea ahora, quizá lo vea más tarde. El problema es que entonces ya no tendrá bastón.

¡Se me tecnologizan!

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