Hasta el vórtice
El deshielo del Ártico, lejos de ser tratado como una catástrofe global, empieza a verse por algunas potencias como una oportunidad estratégica: nuevas rutas comerciales, acceso a recursos hasta ahora inaccesibles, expansión de intereses económicos
La cascada de Fervenza de Belelle (A Coruña) durante la borrasca que afecta a Galicia – Gustavo de la Paz / Europa Press
Si se presta atención a cualquier conversación cotidiana —en el ascensor, en el bar, en el aula o en la cola del supermercado— comprobamos que, últimamente, hay un tema que se repite casi de forma obsesiva: el tiempo. No el tiempo en abstracto, sino este tiempo concreto, encadenado, persistente y desbordado que nos acompaña desde hace semanas o, incluso, meses. Las borrascas se suceden una tras otra, la lluvia parece no dar tregua y el comentario habitual ya no es “qué mal día”, sino “esto no es normal”.
Y, efectivamente, no lo es. Galicia se ha convertido recientemente en el lugar del planeta donde más ha llovido, una anomalía hídrica de intensidad extrema que ha situado al territorio en el centro de los mapas meteorológicos mundiales. No se trata solo de una percepción subjetiva ni de la clásica exageración local; los datos confirman que la cantidad de agua acumulada en tan poco tiempo no tiene precedentes recientes. El paisaje verde, tan asociado a la identidad gallega, empieza a mostrar también su reverso: suelos saturados, ríos al límite y una sensación creciente de vulnerabilidad.
Pero este fenómeno no es aislado ni exclusivo. Mientras aquí miramos al cielo con resignación, en Sicilia un pequeño pueblo se asoma literalmente al vacío tras el colapso del terreno que ha provocado el derrumbe de edificaciones. Casas que ayer estaban en pie hoy cayeron al precipicio. Y no hablamos de un terremoto inesperado, sino de deslizamientos de tierra asociados a lluvias intensas y a una inestabilidad climática cada vez más frecuente. La imagen es tan impactante como reveladora: el suelo, aquello que dábamos por firme, empieza a fallar.
Estos episodios, dispersos geográficamente pero conectados en su origen, apuntan a un mismo trasfondo: el sistema climático está entrando en una fase de desajuste acelerado. Una de las señales más inquietantes es el comportamiento del vórtice polar ártico, esa masa de aire frío que tradicionalmente permanecía relativamente contenida en las latitudes altas. Cada vez con más frecuencia, ese aire se escapa, se ondula, desciende hacia el sur y altera de forma brusca los patrones meteorológicos. Fríos extremos en unos lugares, lluvias persistentes en otros, sequías prolongadas en regiones que antes no las conocían.
Sin embargo, mientras los síntomas se acumulan, la respuesta política y económica sigue anclada en la lógica preocupante del materialismo depredador y cortoplacista. El deshielo del Ártico, lejos de ser tratado como una catástrofe global, empieza a verse por algunas potencias como una oportunidad estratégica. Nuevas rutas comerciales, acceso a recursos hasta ahora inaccesibles, expansión de intereses económicos. El hielo que desaparece deja paso al negocio, que sigue primado sobre la vida, sobre todo.
Pero el precio es enorme. El Ártico funciona como un gigantesco espejo que refleja la radiación solar. A medida que el hielo se reduce, esa superficie reflectante se pierde y el océano oscuro absorbe más calor, acelerando aún más el calentamiento global. No es una hipótesis, ya que el propio Ártico se está calentando a un ritmo cuatro veces superior al promedio mundial y ya supera el umbral de 1,5 grados que tantos acuerdos internacionales prometieron no rebasar.
Las consecuencias ya no son teóricas. La subida del nivel del mar amenaza territorios enteros. No es casual que recientemente la justicia haya obligado a Países Bajos a proteger sus territorios caribeños frente al avance del océano, una reclamación que nace de la evidencia de que hay islas que, literalmente, se están quedando sin suelo. El agua sube, las costas retroceden y la idea de que el cambio climático es un problema del futuro se vuelve insostenible.
Mientras tanto, seguimos hablando del tiempo como quien comenta una anécdota, sin asumir todo lo que implica. Tal vez porque hacerlo exige algo incómodo: cuestionar un modelo de desarrollo que ha convertido el crecimiento material en prioridad absoluta, incluso cuando el planeta empieza a mostrar señales muy preocupantes y peligrosas.
El problema no es que llueva mucho, ni que se caigan casas lejos de aquí, ni que el hielo se derrita en el Ártico. El problema es seguir mirando todo eso como si no estuviera conectado; porque lo está. Y cada borrasca encadenada nos lo recuerda.