Fin

Nunca antes una sociedad había modificado tan rápidamente sus prácticas culturales básicas ni había sustituido con tanta rapidez los espacios físicos de encuentro por entornos virtuales

Imagen de archivo de una sala de cine de Yelmo

Imagen de archivo de una sala de cine de Yelmo

El cierre de salas de cine, como el reciente caso de los Yelmo en A Coruña, puede parecer una noticia más dentro de la sección de Economía o Cultura. Sin embargo, visto con un poco de perspectiva, parece algo más profundo, casi como un signo visible del fin de una época. No solo del cine tal y como lo conocimos, sino de una forma de vivir la cultura, el ocio y las relaciones sociales, que está cambiando a una velocidad nunca antes vista.

En menos de una generación estamos asistiendo a transformaciones culturales que antes requerían siglos o, como mínimo, varias generaciones. La aceleración no tiene precedentes claros. El cine es un buen punto de partida para esta reflexión porque su consolidación como experiencia colectiva es todavía reciente. No hablamos de una tradición milenaria, sino de un fenómeno que alcanzó su cima en el Siglo XX y que, en apenas unos años, pasó de ser central a volverse prescindible para amplias capas de la población.

Durante décadas, ir al cine fue un ritual social. Implicaba salir de casa, coincidir con desconocidos, compartir una experiencia en silencio, en la oscuridad de una sala. No se podía pausar la película ni elegir otra cosa si no gustaba. Había que adaptarse al ritmo de la obra y al de los demás. Aquella experiencia colectiva no solo formaba espectadores, sino también ciudadanos, personas capaces de compartir tiempo, atención y emociones con otros.

Hoy, esa lógica ha sido sustituida por otra muy distinta. Las plataformas digitales no solo han cambiado el lugar donde se ven las películas, sino la forma misma de relacionarse con la cultura. El consumo es individual, fragmentado, inmediato. Se ve una serie mientras se mira el móvil, se interrumpe, se adelanta, se abandona. La experiencia deja de ser compartida para convertirse en una suma de consumos solitarios, aunque después se comenten en redes sociales. Se está juntos, pero separados.

Este cambio no se limita al cine. Forma parte de un proceso cultural mucho más amplio, impulsado por la tecnología y por nuevas formas de organización social. El dinero físico desaparece progresivamente, sustituido por pagos invisibles que ya no pasan por las manos. Ni hablar ya de salas de juego, mesas de billar o de pin-pong, incluso “pachangas” de fútbol o de baloncesto.., sustituidos por consolas (¿tendrá que ver con el verbo consolar?), aparatos de gimnasia o, en el mejor de los casos, pistas (o tablas) de paddle.

«Los pubs y bares de copas, antaño lugares de encuentro, conversación y ligoteo, cierran o se transforman en otro tipo de negocios»

En los bares, los juegos de naipes o de dominó —durante décadas espacios de socialización intergeneracional— se han vuelto casi exóticos. El “chateo” o “ir de vinos” (o de cañas) entre los jóvenes es prácticamente inexistente, no tanto por una cuestión de salud como por un cambio profundo en los hábitos y en los rituales asociados al ocio (“chateo” por “chat”, lo que pueden suponer dos letras).

Los pubs y bares de copas, antaño lugares de encuentro, conversación y ligoteo, cierran o se transforman en otro tipo de negocios. Lo mismo que las cafeterías. Hostelería que, en cambio, mira las mil y una formas de vender hamburguesas, como en la feria itinerante que recorre toda España (Champions Burger), con más de quince food-trucks ofreciendo todo tipo de variantes del “bocadillo norteamericano”.

Nada de esto es anecdótico. Son piezas de un mismo puzle: la desaparición progresiva de los espacios físicos de relación y su sustitución por entornos digitales, más rápidos, más eficientes, pero también más pobres en términos de experiencia compartida. La importante e imprescindible socialización se produce cada vez más a través de dispositivos, mediada por pantallas, algoritmos y plataformas. Se interactúa mucho, pero se convive menos. Algo que los expertos relacionan claramente con, por ejemplo, el aumento de suicidios entre los jóvenes, nunca antes visto.

No es la primera vez que se anuncian muertes culturales. Se habló de la desaparición de los libros, y no ocurrió. Se dijo que la radio no sobreviviría a la televisión, y ahí sigue. Incluso la televisión, que durante décadas fue el centro del ocio doméstico, continúa existiendo, aunque cada vez resulte más ajena a las generaciones jóvenes. Lo mismo que el teatro. Mientras que leer un periódico o una revista en papel ya es casi un anacronismo. La diferencia fundamental es que ahora los cambios no se suceden, se atropellan. Apenas hay tiempo para que una forma cultural se estabilice antes de que otra la desplace (por ejemplo, el “botellón”, que ya no tiene la fuerza masiva de los 90 y 2000).

Este vértigo plantea un problema de adaptación evidente. Las infraestructuras culturales, los hábitos sociales e incluso las personas no pueden transformarse al mismo ritmo que la tecnología. Se produce un desfase entre la velocidad del cambio y la capacidad de asimilación colectiva. En ese desfase se pierden lugares, costumbres y formas de relación que no siempre encuentran sustituto. El cierre de una sala de cine, como el de un bar de barrio o una librería, no es solo una cuestión económica, es la pérdida de un nodo de vida social.

«Nunca antes una sociedad había modificado tan rápidamente sus prácticas culturales básicas ni había sustituido con tanta rapidez los espacios físicos de encuentro por entornos virtuales»

La gran pregunta no es si estos cambios son inevitables —probablemente lo sean—, sino si avanzan en la dirección adecuada y a una velocidad humana. La tecnología suele presentarse como neutral, como un progreso automático al que solo cabe adaptarse. Pero no lo es. Cada avance incorpora una determinada concepción del tiempo, de la atención y de las relaciones. La cultura de lo inmediato y lo digital tiene ventajas indiscutibles, pero también costes: dispersión, aislamiento, falta de socialización (anomia), dificultad para sostener vínculos duraderos y experiencias profundas…

Quizá el cine no desaparezca del todo. Como los libros o la radio, puede sobrevivir en formatos más pequeños, casi artesanales. Pero incluso si así fuera, el cambio ya es histórico. Nunca antes una sociedad había modificado tan rápidamente sus prácticas culturales básicas ni había sustituido con tanta rapidez los espacios físicos de encuentro por entornos virtuales.

Tal vez por eso la palabra que mejor resume este momento sea Fin, como ha marcado el celuloide, aunque en este caso sea su propio The End. No como catástrofe, sino como cierre de un ciclo. El fin de una manera de estar juntos, de compartir tiempo y espacio, de vivir la cultura como experiencia común. La cuestión abierta es qué vendrá después y si seremos capaces de decidirlo colectivamente; en definitiva, si llegaremos tarde o no llegaremos porque esos cambios vayan más rápido que nosotros mismos.

Historias como esta, en su bandeja de entrada cada mañana.

O apúntese a nuestro  canal de Whatsapp

Deja una respuesta

SUSCRÍBETE A ECONOMÍA DIGITAL

Regístrate con tu email y recibe de forma totalmente gratuita las mejores informaciones de ECONOMÍA DIGITAL antes que el resto

También en nuestro canal de Whatsapp