Ideas de político

Frente a cada emergencia, hay profesionales que responden con compromiso y esfuerzo. Frente a ellos, demasiadas veces, hay dirigentes que reaccionan tarde, improvisan mal o convierten derechos básicos en oportunidades de negocio

Un hombre en las inmediaciones del fuego de Quiroga

Un hombre en las inmediaciones del fuego de Quiroga. Carlos Castro – Europa Press

En el lenguaje popular hay expresiones que perduran porque aciertan más de lo que incomodan. Una de ellas es la famosa “idea de bombero”, esa ocurrencia brillante que aparece cuando el incendio ya está desatado, cuando el humo lo cubre todo y lo único que queda es apagar como se pueda lo que no se supo prevenir. No es una burla hacia los bomberos —que suelen ser quienes pagan las consecuencias—, sino una crítica directa a la improvisación y a la falta de previsión.

Algo parecido ocurre con lo de “idea de peregrino”, para referirse a propuestas extrañas, desconectadas de la realidad, que suenan bien en un despacho pero naufragan en cuanto pisan la calle. Si trasladamos ambas expresiones al terreno institucional, el resultado es inquietantemente reconocible: “las ideas de político”.

Este verano España volvió a arder. Y no solo en sentido figurado. Los incendios forestales arrasaron también ocho vidas humanas, miles de hectáreas, obligaron a desalojos y pusieron al límite a los servicios de emergencia. Los bomberos, brigadas forestales y personal de protección civil dieron el “do de pecho” y, literalmente, la vida; como siempre, trabajando sin descanso, muchas veces con medios justos y contratos precarios. La respuesta sobre el terreno fue ejemplar. La política, en cambio, volvió a “llegar mal, tarde y arrastro”, como también dice otra expresión popular.

Y cuando el fuego apareció, surgieron las ideas de político: echarle la culpa al adversario, anuncios urgentes, promesas de planes futuros, declaraciones solemnes y llamamientos a la responsabilidad ciudadana

Porque nadie puede decir que no se sabía lo que venía. Antecedentes desastrosos, sequía prolongada, temperaturas extremas, monte abandonado y una emergencia climática que ya no admite negaciones. Aun así, en varias comunidades se habían reducido efectivos, acortado campañas de prevención o dejado servicios bajo mínimos. Y cuando el fuego apareció, surgieron las ideas de político: echarle la culpa al adversario, anuncios urgentes, promesas de planes futuros, declaraciones solemnes y llamamientos a la responsabilidad ciudadana. Ideas de bombero, pero sin manguera.

A ese desastre visible se suma otro menos comentado pero igual de grave: el impacto climático. Según datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) publicados recientemente, estos incendios han generado tanto CO₂ como cinco veces toda la aviación nacional o el doble de la industria refinera. No hablamos solo de vidas o árboles quemados, sino de una hipoteca climática que pagaremos durante décadas. Y aun así, la prevención sigue siendo la gran olvidada, porque no da titulares ni réditos electorales inmediatos.

No es un patrón exclusivo de los incendios. Basta recordar lo ocurrido con la DANA en Valencia y alrededores: lluvias intensas, zonas inundadas, infraestructuras colapsadas y, otra vez, las medidas necesarias llegaron cuando el agua ya había hecho su trabajo. Se habló entonces de ayudas, de evaluaciones y de nuevos planes, pero poco de las decisiones urbanísticas, de la falta de adaptación al riesgo o de los avisos técnicos que llevaban años sobre la mesa y otros que se obviaron antes o el mismo día.

Incluso, se puede decir que en este caso se juntan las ideas de bombero, peregrino y político. Según la reciente conferencia del biólogo del CSIC en el Castillo de Santa Cruz (Oleiros), Fernando Valladares reveló que el todavía presidente Carlos Mazón reunió a una comisión de expertos para, paradójicamente, hacer después justo lo contrario de lo que le recomendaron: reducir la distancia mínima para construir cerca de la costa, permitir edificaciones en zonas inundables y autorizar proyectos urbanísticos en la única parte natural que queda de la Albufera. Precisamente ese espacio natural fue el que ayudó a amortiguar la riada y a mitigar sus efectos. Escuchar a los expertos para luego ignorarlos es otra forma refinada de idea peregrina.

Pero las ideas de político no se limitan al territorio o al medio ambiente. También han dejado huella en algo tan sensible como la sanidad pública. Los problemas con los cribados en Andalucía y otras comunidades, con retrasos y recortes que afectan a la detección precoz de enfermedades, son una muestra más de una gestión que confunde eficiencia con ahorro y derecho con gasto. El caso del Hospital de Torrejón, gestionado por una empresa privada, evidencia hasta qué punto la lógica del beneficio puede infiltrarse en un sistema que debería estar guiado por el cuidado. Las grabaciones internas revelaron prácticas orientadas a seleccionar pacientes y a alargar listas de espera en función de la rentabilidad.

Ese camino tiene un precedente trágico que no se puede ni se debe olvidar. Durante la primera ola de la pandemia, en la Comunidad de Madrid, la aplicación de los llamados “protocolos” impidió el traslado hospitalario de miles de personas mayores que vivían en residencias. Casi 8.000 fallecieron sin recibir atención hospitalaria. No fue un accidente ni una catástrofe natural inevitable, sino el resultado de decisiones políticas concretas. El ejemplo más crudo de lo que ocurre cuando se gestiona lo público con criterios administrativos, económicos o ideológicos y no humanos.

Ideas de político que llegan cuando el daño ya está hecho, que maquillan responsabilidades y que confunden gobernar con gestionar titulares o el peculio particular.

Al final, el balance es desolador pero claro. Frente a cada emergencia, hay profesionales que responden con compromiso y esfuerzo. Frente a ellos, demasiadas veces, hay dirigentes que reaccionan tarde, improvisan mal o convierten derechos básicos en oportunidades de negocio. Ideas de político que llegan cuando el daño ya está hecho, que maquillan responsabilidades y que confunden gobernar con gestionar titulares o el peculio particular.

Mientras tanto, la ciudadanía observa con una mezcla de admiración y cansancio. Admiración por quienes se juegan la vida apagando fuegos o rescatando personas. Cansancio por una política que parece necesitar siempre una tragedia para reaccionar. La pregunta es inevitable: ¿de verdad hacen falta más incendios, más inundaciones y más pérdidas humanas y de todo tipo para entender que la prevención no es un lujo, sino una obligación?

Quizá deberíamos incorporar al lenguaje y acervo cultural, o incluso sustituir, las ideas peregrinas y de bombero por las de la clase política. Acumulando “ideas de político” —tardías, improvisadas e interesadas—, seguiremos pagando el precio de no haber pensado y actuado antes. El problema es que, cuando hablamos de salud, de fuego o de agua desbordada, ese precio nunca es solo económico ni mucho menos político. Pero para entonces ya no habrá excusas posibles, solo memoria e irresponsabilidad.

Bo Nadal

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