Reivindicando la empresa para la literatura

Pocas realidades contemporáneas como el universo corporativo reúnen tantos ingredientes narrativos en forma de tensiones, inseguridades, anhelos, roles y personalidades, vicios, relaciones y el permanente juego del poder

'Cen Ilíadas', nueva novela de Marcelino Fernández Mallo

‘Cen Ilíadas’, nueva novela de Marcelino Fernández Mallo

La empresa es uno de los grandes escenarios de las sociedades contemporáneas. En la inevitable conexión que existe entre realidad y ficción, uno podría esperar que este protagonismo se trasladase a la literatura pero basta con revisar los libros superventas en castellano o gallego para descubrir el déficit evidente. Resulta paradójico porque pocas realidades reúnen tantos ingredientes narrativos: jerarquías, ambiciones, alianzas, traiciones, luchas por el poder y decisiones capaces de alterar carreras profesionales y destinos personales.

La narrativa ha situado sus historias con frecuencia en la casa familiar, una circunstancia especialmente presente en la literatura gallega, lo cual tiene sentido pues el microcosmos de la familia tiende a enardecer los afectos y los conflictos. Lo que carece de sentido es el ostracismo en la literatura que sufre el microcosmos de la empresa. Con tal de contrastar las características de ambos entornos, se evidencia que el potencial narrativo de la empresa es notablemente superior al que alberga el entorno familiar.  

Tenemos en primer lugar los personajes, que son la clave absoluta de cualquier relato. En una casa, el número y diversidad de los actores son limitados. Las relaciones entre ellos suelen ser directas y relativamente estables. En una empresa, por el contrario, conviven decenas o incluso cientos de roles e individuos con relaciones verticales, horizontales y cruzadas, personajes potenciales con intereses, ambiciones, filias y fobias casi siempre ocultas pero latentes, que en cualquier momento pueden emerger y provocar sucesos dignos de ser relatados.

Una segunda diferencia es la dinámica de funcionamiento presente en cada contexto.La casa funciona sobre todo mediante reglas normalmente sencillas e implícitas. En una empresa, en cambio, existe toda una arquitectura normativa de organigramas, competencias, atribuciones, evaluaciones, objetivos e incentivos, una estructura que introduce un campo permanente de tensiones entre reglas formales, poder real y estrategias individuales.

Una tercera diferencia sustancial radica en el propósito de la propia institución. Una familia tiende de manera natural hacia la estabilidad, es un sistema de repeticiones diarias. Sus transformaciones suelen estar ligadas al paso del tiempo. La empresa, por el contrario, es un organismo entrópico que no puede cesar de moverse. Necesita crecer, expandirse, captar nuevos clientes, conquistar mercados, absorber competidores o incluso reinventarse en caso de que el contexto social, económico o tecnológico lo exija. Una empresa que deja de transformarse y crecer está condenada a desaparecer, lo cual representa un caldo inigualable para el cultivo de historias.

Y seguimos con las diferencias: en una familia las personas se conocen a fondo, conviven intensamente, comparten demasiado como para sostener máscaras durante mucho tiempo. En una empresa ocurre lo contrario. Cada individuo construye cuidadosamente una imagen de sí mismo en busca de parecer competente, eficaz, expeditivo; intenta evitar la culpabilidad de los errores y vincularse a los éxitos. Ese teatro cotidiano de apariencias supone un humus fértil para la producción de fábulas y ficciones.

Vamos a terminar esta secuencia de diferencias en torno a la lealtad. La familia tiende hacia la solidaridad interna y la consolidación de una idea de pertenencia. En la empresa, la lealtad es efímera. Una organización trata bien a un directivo mientras lo necesita; cuando deja de ser así, el despido sin contemplaciones ni lamentos es inminente. En sentido inverso, los profesionales muestran lealtad a su compañía hasta que aparece una alternativa mejor. Desde el punto de vista narrativo, esta fragilidad introduce un elemento especialmente poderoso: la traición. Y la traición suele generar historias mucho más poderosas que la lealtad.

Como anticipábamos, las literaturas gallega y castellana apenas han aprovechado estos potentes elementos narrativos. Estamos acostumbrados en otros ámbitos a seguir el ejemplo USA, pero en materia literaria hemos tendido a ignorar sus enseñanzas. Novelas como La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe, American Psycho de Bret Easton Ellis o Y entonces llegamos al final de Joshua Ferris muestran cómo la vida corporativa puede convertirse en materia narrativa de primer orden.

Si hablamos del audiovisual, las referencias se multiplican. Desde películas de trasfondo financiero como Wall Street o La gran apuesta, o tecnológico como The Social Network, hasta series como Succession, Billions o Mad Men, han demostrado hasta qué punto el mundo empresarial puede convertirse en un potente motor dramático.

Pocas realidades contemporáneas como el universo corporativo reúnen tantos ingredientes narrativos en forma de tensiones, inseguridades, anhelos, roles y personalidades, vicios, relaciones y el permanente juego del poder. Esta especie de magma quizás desaprovechado es lo que me ha llevado a redactar Cen Ilíadas, la novela que estamos presentando estas semanas cimentada en cuatro décadas de experiencia profesional dentro y en torno a empresas de todo tipo de sector, tamaño y estilo de gestión.

Con su publicación pretendo contribuir modestamente a ampliar los escenarios por los que transita la ficción gallega. Si la casa familiar ha sido durante décadas uno de sus territorios naturales, quizá haya llegado el momento de que las empresas —tan presentes en nuestra vida cotidiana— empiecen también a ocupar un lugar más visible en la literatura.

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