Europa se juega su futuro bajo tierra: dejemos de pagar por lo que ya tenemos
Europa necesita geocientíficos, datos sólidos, marcos regulatorios ágiles y una apuesta decidida por el conocimiento del subsuelo como pilar de su soberanía energética
Hay cifras que deberían hacernos reflexionar. En lo que llevamos de 2026, la Unión Europea ha gastado 24.000 millones de euros adicionales en importaciones de combustibles fósiles como consecuencia directa del conflicto en Oriente Medio. No es una abstracción macroeconómica: es dinero que sale de nuestras economías, que alimenta la inflación y que erosiona la competitividad de nuestras industrias. La Comisión Europea acaba de publicar un plan que, por primera vez en mucho tiempo, afronta esta realidad sin eufemismos: la vulnerabilidad energética de Europa tiene un precio, y es insostenible.
En menos de cinco años, hemos comprobado en dos ocasiones los peligros de depender de terceros para más de la mitad de la energía que consumimos. La inestabilidad en Oriente Medio ha supuesto un sobrecoste de miles de millones de euros en importaciones de combustibles fósiles, impactando directamente en la inflación, en la competitividad de nuestras industrias y en el bolsillo de los ciudadanos. Ante este escenario, la respuesta de la Unión Europea es clara: debemos acelerar el cambio hacia una energía limpia, abundante y autóctona. Sin embargo, para que esta transición sea verdaderamente soberana, no podemos obviar el papel fundamental que juegan las geociencias y los recursos de nuestro propio subsuelo.
La Comisión Europea subraya la urgencia de electrificar nuestra economía y desplegar masivamente tecnologías limpias como la energía solar, eólica y, de manera destacada, la energía geotérmica. Es aquí donde la geología cobra un protagonismo estratégico. El calor que alberga la Tierra bajo nuestros pies ofrece una fuente de energía continua, renovable y capaz de sustituir al gas natural en las redes de calefacción y refrigeración urbanas, así como en numerosos procesos industriales.
Aprovechar este potencial exige un conocimiento profundo y detallado de nuestro subsuelo. La iniciativa de la Comisión de apoyar a los Estados miembros en la recopilación de datos geológicos y la creación de una base de datos a nivel europeo es un paso en la dirección correcta. No obstante, el reto es técnico, social y medioambiental. Debemos mapear con precisión nuestros recursos, facilitar los procesos de concesión de permisos y establecer mecanismos de reducción de riesgos financieros que movilicen la inversión privada hacia proyectos geotérmicos.
Además de la energía térmica, la transición hacia un modelo descarbonizado demanda una cantidad sin precedentes de materias primas críticas para fabricar paneles solares, turbinas eólicas, baterías y vehículos eléctricos. Un mercado con precios energéticos volátiles crea un incentivo económico ineludible para reactivar la exploración y explotación responsable de estos recursos en Europa. En un continente dependiente de importaciones, desarrollar recursos propios no es solo una opción medioambiental, es una necesidad de seguridad estratégica.
El documento AccelerateEU, publicado por la Comisión Europea el pasado 22 de abril, reconoce expresamente la necesidad de apoyar a los Estados miembros en la recolección de datos geológicos detallados y en la creación de una base de datos europea sobre energía geotérmica. También contempla el diseño de esquemas de mitigación del riesgo financiero para atraer capital privado hacia este tipo de proyectos. Desde la Federación Europea de Geólogos valoramos este reconocimiento, pero insistimos en que no basta con cartografiar el potencial: hace falta voluntad política real para simplificar los procedimientos de autorización y para dotar a las administraciones de los técnicos y los medios necesarios para evaluar y tramitar los proyectos con rigor y agilidad.
El plan es, en definitiva, un texto que apunta en la dirección correcta. Reconoce que la transición energética no es solo una cuestión climática, sino también un imperativo de seguridad y competitividad. Ahora bien, la ciencia nos enseña que entre identificar un recurso y ponerlo en valor hay un camino largo, técnico y exigente. Europa no puede permitirse improvisar ese recorrido. Necesita geocientíficos, datos sólidos, marcos regulatorios ágiles y una apuesta decidida por el conocimiento del subsuelo como pilar de su soberanía energética. El tiempo de los diagnósticos ya pasó; ha llegado el momento de actuar.