La miopía del gas: una fractura en la autonomía estratégica de Europa

Cualquier disrupción en un punto caliente del planeta puede desencadenar un tsunami de precios y dejar a Europa a merced de eventos que no controla. La miopía estratégica no consiste solo en cambiar de proveedor, sino en creer que cualquier proveedor externo, por muy aliado que parezca, nos aísla de la inestabilidad

Instalaciones y conductos de la Estación de Compresión de Enagás, a 22 de septiembre de 2022, en Irún

Instalaciones y conductos de la Estación de Compresión de Enagás, a 22 de septiembre de 2022, en Irún. Unanue / Europa Press

En los pasillos de Bruselas resuena estos días un debate tan intenso como una sacudida sísmica, uno que definirá la estabilidad de nuestro futuro energético. Tras la agresión rusa a Ucrania, la Unión Europea se vio forzada a mirar hacia su subsuelo, a cuestionar los cimientos de su dependencia. Sin embargo, las réplicas de aquella crisis parecen empujarnos en la dirección equivocada. La reciente propuesta de revisar el mercado eléctrico y el sistema de comercio de emisiones (ETS), aunque necesaria, corre el riesgo de convertirse en una solución cortoplacista que, lejos de aumentar nuestra autonomía, profundice las fallas de nuestra vulnerabilidad estructural.

Algunos líderes europeos, presionados por los altos costes energéticos, claman por reformas que, en esencia, buscan maquillar el síntoma —el precio de la electricidad— sin atajar la enfermedad: nuestra adicción a los combustibles fósiles. Países como Alemania o Italia, con una fuerte dependencia del gas, proponen medidas que en el pasado reciente rechazaban, una miopía política que ignora la verdadera raíz del problema.

Como geólogos, estamos acostumbrados a leer la historia de la Tierra para anticipar su futuro. Y lo que nuestro subsuelo nos dice es que hemos construido nuestra prosperidad sobre una base geológicamente inestable. La dependencia del gas, ya sea el gas ruso de ayer o el gas natural licuado (GNL) norteamericano de hoy, es una trampa estratégica. Cambiar un proveedor por otro no es ganar soberanía, es simplemente cambiar de grilletes. La reciente sumisión energética de Europa, comprometiéndose a compras masivas de gas y petróleo de Estados Unidos obtenidos mediante fracking, nos ata a un aliado cuyos intereses no siempre son los nuestros.

Y por si la dependencia del GNL norteamericano no fuera suficiente advertencia, la geopolítica vuelve a recordarnos la fragilidad de nuestro modelo. La reciente escalada de tensión con Irán y el consecuente cierre del Estrecho de Ormuz —arteria vital por la que circula una quinta parte del gas y el petróleo mundial— es una nueva sacudida sísmica que pone en jaque la seguridad de suministro de Europa. Este episodio demuestra, una vez más, que la volatilidad no es un atributo exclusivo del gas ruso. Cualquier disrupción en un punto caliente del planeta puede desencadenar un tsunami de precios y dejar a Europa a merced de eventos que no controla. La miopía estratégica no consiste solo en cambiar de proveedor, sino en creer que cualquier proveedor externo, por muy aliado que parezca, nos aísla de la inestabilidad geológica y geopolítica del tablero mundial. La única respuesta estructuralmente sólida es la que yace bajo nuestros pies.

Estamos «gasificando» nuestra transición digital y energética, creando un círculo vicioso perverso: para alimentar la inteligencia artificial y los centros de datos, demandamos más gas, que a su vez importamos de la misma potencia que domina esa revolución digital. Es una fractura abierta en nuestra autonomía estratégica. Estamos ignorando la inmensa riqueza que yace bajo nuestros propios pies.

La verdadera autonomía no se importa, se explora y se desarrolla. Europa tiene un potencial extraordinario y diverso que estamos obligados a investigar. La respuesta a nuestra dependencia no está en los metaneros que cruzan el Atlántico, sino en nuestro propio subsuelo. Hablo de la energía geotérmica, el calor de la Tierra, una fuente de energía limpia, constante y, sobre todo, autóctona.

Según datos recientes, la energía geotérmica podría cubrir hasta el 42% de la energía fósil de la UE. Gracias a los Sistemas Geotérmicos Mejorados (EGS), ya no estamos limitados a zonas volcánicas. Países como Hungría, Alemania o Francia tienen un potencial inmenso esperando a ser liberado. Esta no es una quimera tecnológica; es una realidad geológica que ofrece una alternativa estable y a precios competitivos, aislada de la volatilidad de los mercados de combustibles fósiles.

Sin embargo, en Europa y en España nos enfrentamos a una maraña burocrática que paraliza la investigación de nuestros propios recursos. Y aquí conviene señalar una paradoja especialmente llamativa: mientras importamos gas de terceros países a precios desorbitados, España prohíbe desde 2021 cualquier nueva exploración o investigación de hidrocarburos en su propio territorio. Independientemente de la posición que cada uno tenga sobre el uso final de estos recursos, vetar incluso el conocimiento del subsuelo es una decisión que no puede calificarse más que de geológicamente irresponsable. No saber lo que tenemos bajo los pies no hace que desaparezca nuestra dependencia; simplemente nos impide tomar decisiones informadas sobre nuestro propio futuro energético. La Ley Europea de Materias Primas Críticas es un paso en la dirección correcta, pero debe ir acompañada de una voluntad política decidida para superar debates estériles y apostar por el conocimiento.

Como defendemos desde la Federación Europea de Geólogos (EFG), es imperativo reintegrar la geología en la toma de decisiones. Necesitamos fortalecer las instituciones que velan por el subsuelo, agilizar los permisos de investigación y, sobre todo, educar a la sociedad y a nuestros líderes sobre el potencial que encierra. Invertir en geología es invertir en seguridad, en sostenibilidad y en soberanía.

La Tierra nos habla constantemente a través de sus rocas, de sus recursos y de los seísmos que provocan nuestras malas decisiones. La elección es clara: podemos seguir aplicando parches a una fractura que no deja de crecer, profundizando nuestra dependencia, o podemos cimentar nuestro futuro sobre la roca sólida de nuestros propios recursos. La autonomía energética de Europa no se negocia en despachos lejanos, se perfora aquí, en casa.

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