Bajas laborales: cuando manda la verbena
Subir salarios por decreto en sectores donde la productividad no crece es una decisión política que suena bien hasta que alguien tiene que pagar la factura, y ese alguien suele ser el pequeño empresario
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Hay conversaciones que merecen ser escritas. No por lo que se dice, sino por lo que revelan. Hace unos días, en una de esas comidas del Club Nordés que valen más que muchos másteres, salió un tema que me toca especialmente: el absentismo laboral en sectores de baja cualificación.
Un buen amigo, empresario en Galicia dedicado a la atención de personas mayores, lo resumió sin rodeos. Cada vez que sube el SMI, se le encoge el margen. Hasta ahí, nada nuevo. Pero lo interesante vino después.
Me dijo que él ya sabe cuándo va a tener más bajas en la empresa ¿cómo? con el calendario de las orquestas. Orquesta Panorama, Orquesta París de Noia, El Combo Dominicano. Cuando actúan, el absentismo se dispara. Y no falla. Alguno se lo tomó a broma. Yo no. Porque ahí hay más verdad que en muchos informes llenos de gráficas bonitas.
Vamos a intentar aprender algo. Trabajo con los pies en el suelo, no desde un despacho. Y sé perfectamente lo que significa gestionar equipos en sectores duros, poco agradecidos y con alta rotación. La atención a mayores no es un negocio “cool”. Es exigente, emocionalmente desgastante y, muchas veces, mal pagado.
En ese contexto, el vínculo del trabajador con la empresa suele ser débil. No hay carrera profesional clara. No hay incentivo real a largo plazo. Y cuando eso pasa, el compromiso se resiente.
Ahora meto en la ecuación la cultura gallega de la verbena. No estamos hablando de salir a tomar una caña. Estamos hablando de eventos que movilizan pueblos enteros. Horas de fiesta, desplazamientos, presión social, alcohol y esa sensación colectiva de que “hoy toca”. ¿Resultado? Al día siguiente, trabajar compite contra el cansancio… y pierde.
Esto no va de juzgar a nadie. Va de entender patrones. Y el patrón es claro: cuando hay incentivo potente fuera del trabajo y el compromiso dentro es bajo, el absentismo sube. Punto.
Aquí es donde muchos se equivocan. Se habla del absentismo como si fuera solo un problema médico o legal. No lo es. Es también un fenómeno social. Y si no entiendes eso, vas ciego.
Luego llega el debate del SMI. Y aquí me voy a mojar, porque para eso escribo. Subir salarios por decreto en sectores donde la productividad no crece es una decisión política que suena bien… hasta que alguien tiene que pagar la factura. Y ese alguien suele ser el pequeño empresario.
Yo lo veo claro: costes laborales al alza, productividad estancada, dificultad para repercutir precios… La ecuación no da. ¿Y qué pasa entonces? Que el sistema empieza a crujir, se frena la contratación y se ajustan estructuras. Y sí, aparece la economía sumergida.
No porque la gente sea mala, sino porque las reglas están mal diseñadas. Mientras tanto, seguimos sin tocar el verdadero problema: la falta de profesionalización y de cultura de responsabilidad en ciertos entornos laborales.
Aquí es donde entra lo que hizo mi amigo. Y aquí le reconozco el mérito. Ha entendido algo que muchos “expertos” ignoran: los datos no siempre están en un Excel. A veces están en la vida real. En un cartel de fiestas, en el calendario de una orquesta, en los hábitos de la gente… Eso es inteligencia aplicada. No es big data de Silicon Valley, es sentido común gallego elevado a sistema.
Ahora bien, si yo llevo eso un paso más allá, el potencial es enorme. Cruzo históricos de absentismo con eventos locales, añado variables como el clima, analizo patrones individuales y empiezo a anticipar. No para perseguir, sino para gestionar mejor. Refuerzos en días críticos, incentivos por asistencia, Planificación realista. Eso sí es tecnología útil.
Pero que nadie se engañe. La tecnología no arregla la falta de cultura de trabajo. Y aquí es donde voy a ser claro: hemos normalizado demasiado la mediocridad. La del que falta sin pensar en las consecuencias, la del sistema que no exige y la del del discurso político que evita decir verdades incómodas. Todo eso junto genera un entorno donde cumplir es casi opcional y así no hay empresa que aguante.
Yo no escribo esto desde la teoría. Lo escribo desde la realidad de quien ha visto lo que cuesta levantar un negocio, pagar nóminas y sostener equipos. Por eso, cuando escucho ciertas soluciones simplistas, desconecto. Porque la realidad es más compleja y también más clara, si la quieres ver.
Mi amigo, con su “algoritmo de la verbena”, ha dado en la tecla. Ha entendido a su gente. Ha leído su entorno. Y ha tomado decisiones en base a eso. Eso es jugar en ventaja. Porque al final, aquí no gana el que más se queja, sino el que entiende, se adapta y deja de mirar teorías para empezar a mirar comportamientos reales.
Y sí, a veces eso implica asumir algo tan simple como esto: si toca Orquesta Panorama… más vale que tenga el turno cubierto. Lo demás es literatura.
¡Se me tecnologizan!