El shock de Rumanía
Si la trayectoria económica se mantiene y Rumanía logra controlar la inflación y el déficit público, la futura incorporación al euro permitirá culminar la transformación del país y conseguir con ello la plena convergencia con el núcleo de la Europa desarrollada
Bucarest. Pixabay
Cuando uno viaja, conviene dejar los prejuicios en casa. No solo por decencia intelectual sino también por puro interés: los prejuicios impiden ver la realidad. El shock que nos provocó Rumanía hizo pequeños otros choques de realidad anteriores, como los que recibimos al visitar Estonia, Polonia o Eslovenia. Esperábamos, quizá, un país oscuro, triste, sucio, pobre e inseguro, y encontramos otro luminoso, vibrante, limpio, en pleno desarrollo y absolutamente seguro.
¿De dónde procedían nuestros prejuicios? Probablemente de la imagen parcial que España construyó durante años a partir de la inmigración rumana que llegó para ocupar los puestos laborales más básicos. Y también de una mala fama popular, injusta y simplificadora, que se extendió sobre una población vista más por su condición social de llegada que por la realidad del país del que procedía.
Algunos datos sobre Rumanía
Rumanía tiene 238.398 kilómetros cuadrados, alrededor del 47% de la superficie española. Su población ronda los 19 millones de habitantes, algo menos del 40% de la española. Su renta per cápita nominal se sitúa en torno a los 20.000 euros, aproximadamente el 60% de la española y dos tercios de la gallega. Desde su entrada en la Unión Europea en 2007, ha protagonizado un intenso proceso de convergencia que ha situado su PIB en el 80% de la media UE.
Una de las señales más visibles del cambio experimentado es el parque móvil, con una proporción inaudita de coches de gama alta —BMW, Audi, Mercedes—, y no solo en las ciudades sino también en el medio rural. Parte de la explicación está en el mercado de vehículos usados procedentes de Alemania; pero principalmente se explica por esa clase media-alta emergente, urbana y profesional, vinculada a la tecnología, los servicios, la exportación, la construcción y el emprendimiento.
Rumanía ha sabido aprovechar el acceso al mercado europeo. La UE abrió a sus empresas un espacio económico de cientos de millones de consumidores y aceleró la modernización de infraestructuras, normas, expectativas y oportunidades. El sector tecnológico es una buena muestra de ello: la industria TIC rumana tiene un peso superior a la media UE y se ha convertido en uno de los motores de la economía. No es casualidad que Bucarest, Cluj-Napoca, Timișoara o Iași aparezcan ya en el mapa tecnológico europeo. Por supuesto que no todo es lineal ni idílico: la inflación y el déficit público siguen siendo problemas relevantes de modo que la entrada en el Euro no parece inmediata.
La historia
Rumanía tiene una historia larga e intensa. Buena parte de su territorio se asimila a la antigua Dacia, conquistada por Roma bajo el emperador Trajano en el año 106. La romanización fue exhaustiva y de ahí que el idioma rumano, derivado del latín igual que el castellano, el gallego o el catalán, se haya mantenido como lengua del país aun rodeado de lenguas eslavas, húngara y germánicas.
Tras la retirada romana llegaron siglos de fragmentación, invasiones, y equilibrios efímeros. En la Edad Media se consolidaron tres grandes espacios históricos: Valaquia, Moldavia y Transilvania. Valaquia y Moldavia quedaron durante largos periodos bajo influencia o dominio otomano. Transilvania, en cambio, permaneció vinculada al mundo húngaro y austrohúngaro, y eso explica buena parte de su aire centroeuropeo.
A finales del siglo XIX, las élites de Valaquia y Moldavia –la región rumana de Moldavia– tomaron una decisión que terminó siendo determinante: buscaron un príncipe extranjero bien conectado con las monarquías europeas, que ayudase a modernizar el país y a insertarlo en Occidente. Así llegó Carol I, de la casa Hohenzollern-Sigmaringen, proclamado príncipe de Rumanía en 1866. Bajo su reinado, el país logró la independencia frente al Imperio Otomano en la guerra de 1877-1878 y de este modo Carol se convirtió en el primer rey de Rumanía. La monarquía fue clave en la modernización del Estado, del ejército, de las infraestructuras y de la proyección europea del país.
La Gran Rumanía nació tras la Primera Guerra Mundial. Bajo el reinado de Fernando I, Rumanía se alineó con los países de la Entente y, al final de la contienda, incorporó Transilvania, su gran territorio histórico occidental. Esa unión completó el mapa sentimental de la nación rumana moderna. La historia cambió radicalmente tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el país cayó bajo la órbita soviética. El régimen comunista, y en particular los 24 años de Nicolae Ceaușescu en el poder, dejaron una huella durísima de autoritarismo, empobrecimiento y destrucción urbana. La Revolución de 1989 abrió una transición difícil, pero la entrada en la UE en 2007 aceleró de forma esperemos que definitiva la reintegración europea de Rumanía.
La historia reciente del país no puede entenderse sin la emigración. Entre finales de los años noventa y la primera década del siglo XXI, varios millones de rumanos se desplazaron a Europa Occidental, especialmente a Italia, España, Alemania y Reino Unido. La diáspora alivió tensiones sociales internas, aportó importantes remesas económicas y permitió la transferencia de conocimientos y experiencias profesionales que hoy contribuyen al desarrollo del país.
El viaje
A través de dos semanas de viaje, pudimos comprobar las huellas que dejó la historia en las ciudades, pueblos y paisaje del país. Bucarest, en Valaquia, supuso una primera sorpresa. Esperábamos una capital gris y desordenada, y encontramos una ciudad viva y joven, con parques magníficos, avenidas monumentales, iglesias ortodoxas, barrios dinámicos y una energía urbana muy superior a la imaginada. Quedan cicatrices evidentes del comunismo, pero también se percibe una ciudad en reconstrucción material y moral.
Transilvania fue un país dentro del país. Brașov, Sighișoara y Sibiu muestran una Rumanía sajona, luterana, centroeuropea, ordenada y monumental. Las iglesias fortificadas, muchas de ellas Patrimonio de la Humanidad, explican una sociedad de frontera en la que el templo era también refugio, granero y centro comunitario. Más al norte, Maramureș introduce la dimensión rural y ortodoxa del país, conectándonos con un paisaje humano que en buena medida Europa ya ha dejado atrás. Finalmente, Bucovina, en la Moldavia rumana, ofrece una de las grandes revelaciones patrimoniales del viaje: los monasterios pintados del siglo XVI. Moldovița, Sucevița y Voroneț convierten sus muros en una auténtica Biblia visual, un extraordinario programa iconográfico que perdurará largo tiempo en nuestra memoria.
A lo largo del recorrido, nos sorprendió un medio rural ordenado y próspero, en el que cultivos, praderas y bosques se alternan formando un paisaje equilibrado y muy agradable a la vista. Las aldeas aparecen cuidadas, las casas bien mantenidas y el territorio transmite una sensación de aprovechamiento racional de los recursos sin caer en la degradación paisajística. Da la impresión de que Rumanía ha logrado preservar una relación con la naturaleza menos conflictiva que la observada en otros lugares de Europa —especialmente en Galicia—. A ello se suma una sensación permanente de seguridad y tranquilidad que desmiente muchos de los tópicos con los que solemos aproximarnos al país.
Por supuesto que Rumanía no es un país perfecto; ninguno lo es. Tiene desequilibrios, desigualdades, corrupción y múltiples desafíos pendientes. Pero el viajero honesto debe reconocer la evidencia de encontrarse ante un país mucho más avanzado, más limpio, más seguro, más culto y más europeo de lo que muchos españoles creen. Quizá la mejor prueba de ello sea que la emigración rumana ha perdido intensidad de forma notable. Algunos estudios apuntan incluso al retorno de parte de esa diáspora, atraída por unas oportunidades que hace apenas veinte años resultaban impensables.
Si la trayectoria económica se mantiene y Rumanía logra controlar la inflación y el déficit público, la futura incorporación al euro permitirá culminar la transformación del país y conseguir con ello la plena convergencia con el núcleo de la Europa desarrollada.