La lección del bazar

La comunidad china es, ahora mismo, la única nacionalidad extranjera en España con más autónomos que asalariados. De los más de 66.000 ciudadanos chinos afiliados al RETA, el 55% trabaja por cuenta propia; ninguna otra comunidad extranjera del país se acerca a esa proporción

Bazar chino

Archivo – Bazar chino – Europa Press – Lorena Sopêna

¡Ey Tecnófilos!  ¿Qué está pasando por ahí?  Esta semana un lector me soltó una frase que he escuchado mil veces en bares, ferias y hasta en consejos de administración: «los chinos son los peores empresarios del mundo, pero les está funcionando.» Precio bajo, local en la calle principal, y más horas que nadie. Locales sucios, trato brusco, el móvil en la mano mientras te cobran. Y aún así, nos están ganando la partida del comercio de proximidad. La conclusión implícita es cómoda: tienen suerte, o hacen trampas, porque desde luego no son mejores que nosotros. Pues vamos a intentar aprender algo, porque el relato es bonito y el dato lo desmonta entero.

Empecemos por lo que sí es cierto. El modelo del bazar —precio de derribo, ubicación preferente, jornada maratoniana— funcionó durante más de dos décadas en España, y no es magia: es ingeniería de costes. Capital familiar, cero deuda bancaria, reinversión constante y una cadena de importación directa sin intermediarios. Eso no es chapuza, es una estructura financiera que cualquier consultor de McKinsey firmaría con los ojos cerrados. Confundir bajo margen con mala gestión es no entender ni lo uno ni lo otro.

Y aquí viene el dato que rompe el relato del «mal empresario»: la comunidad china es, ahora mismo, la única nacionalidad extranjera en España con más autónomos que asalariados. De los más de 66.000 ciudadanos chinos afiliados al RETA, el 55% trabaja por cuenta propia. Ninguna otra comunidad extranjera del país se acerca a esa proporción. Eso no es el perfil de «los peores hombres de negocios del mundo». Es, con diferencia, el colectivo más emprendedor de cuantos operan en nuestro país.

Ahora la parte que no te están contando en la barra del bar: el bazar tradicional se está muriendo, y no precisamente porque los superen los comerciantes españoles. Le está matando su propio país de origen. Temu, Shein y AliExpress han pulverizado el margen de un modelo que antes costaba unos 800.000 euros montar y hoy vale la mitad. A eso se suma que cadenas con capital intensivo —Action, Primark, Deals— copiaron literalmente el manual de los bazares chinos y lo ejecutaron con más músculo financiero y mejor escaparate. En 2022 había unos 20.000 comercios regentados por ciudadanos chinos en España; hoy esa cifra cae mes a mes.

¿Y qué hace el empresario que según el tópico «no sabe hacer negocios»? Se reconvierte. Peluquerías, salones de manicura, academias de idiomas, asesorías fiscales, restaurantes wok, incluso bares de tapas y churrerías llevados por la segunda generación, formada aquí, que compite de tú a tú con el negocio local. Ha pasado de vender barato a vender servicio y especialización, justo el movimiento que muchísimos autónomos españoles llevan años sin atreverse a dar por miedo a salir de la zona de confort del «toda la vida se ha hecho así».

El verdadero titular de esta historia no es que un colectivo entero sea mal empresario y aun así gane. El titular es que durante veinte años Occidente confundió el desprecio cultural con el análisis estratégico. Nos reímos del local sucio y del «no diga, no diga» en vez de preguntarnos por qué un negocio con esas supuestas carencias generaba caja, sobrevivía a tres crisis y financiaba la educación universitaria de la siguiente generación sin pedir un euro al banco. Esa es la mediocracia en estado puro: juzgar la forma y no el fondo, la estética y no el balance. La lección para cualquier empresario o autónomo que me lea no es «copia el bazar chino». El modelo ya está caducando, como hemos visto.

La lección es más incómoda: si desprecias la estrategia de quien te está ganando cuota de mercado, has perdido antes de empezar. El día que dejamos de analizar al competidor por sus cifras y empezamos a analizarlo por sus modales, dejamos de competir y empezamos a consolarnos. Y el consuelo no paga nóminas.

¡Se me tecnologizan!

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