Truffatore
Hemos conseguido socialmente elevar la ingenuidad y la inocencia a la categoría de hábitos malsanos, poco edificantes, incluso prescindibles y antiestéticos
De izquierda a derecha y de arriba abajo: Benjamín Netanyahu (Israel), Donald Trump (Estados Unidos), Vladímir Putin (Rusia), Daniel Ortega (Nicaragua), Alí Jamenei (Irán), Javier Milei (Argentina) y Teodoro Obiang Nguema Mbasogo (Guinea Ecuatorial).
Ahora que están tan de moda los viajes por el Mediterráneo gracias a Nolan y su interminable Odisea, hay que reconocer que eso de ser ribereño del Mare Nostrum connota, casi impregna al ADN local. Si, como nombra con subtítulo Homero a Odiseo, o Ulises en romano, para resaltar su astucia este resulta “fecundo en ardides”, está claro que ya desde aquella, la pillería y la artimaña instaladas para la obtención del bien propio resultan consustanciales a los sureños. Por lo que parece, hasta hemos exportado ese modo tan nuestro de actuar a países supuestamente tan serios como lo era la América del Norte pre Trump.
La Antigüedad recreada
Pues va y resulta que, en el colmo de la inventiva de los aborígenes del homérico “vinoso ponto”, un digno descendiente de los latinos del Lacio, Franco Malosso, construyó un falso teatro romano de 5.000 metros cuadrados en una colina de Vicenza y llegó a cobrar hasta 40 euros por su visita, no sabemos si guiada o no. Incluso, se atrevió a presentarlo como un hallazgo histórico, cantable por algún que otro ciego bardo heleno, perdón, nunca mejor dicho lo de invidente. Ciegos deberían estar todos en su pueblo cuando el que su paisano, haciéndose llamar Franz Von Rosenfranz en los circuitos artísticos, hubiese podido levantar tamaña megalítica impostura a lo largo de diez años de construcción. Conocido como el Anfiteatro Berico, resultó ser una edificación no solo moderna, sino envejecida artificialmente. La supuesta reconstrucción se antoja ser tan burda, que la defensa jurídica del pseudo arqueólogo, en el colmo de la desvergüenza, alegó que era tan evidente, que, con compungida honestidad, habría que descartar la tesis del engaño. Después de diez años de litigio por parte del Ayuntamiento de Arcugnano, su pueblo, el innovador amante de los vestigios, pero más del dinero y el interés remunerado, resultó condenado a entrar en la prisión de Ventimiglia para cumplir una pena impuesta por construcción ilegal y falsificación de obras de arte.

El Ecce Hommo de Borja, pero a lo burro
Nos hemos acostumbrado ya tanto al insólito descaro de algunos personajes, que hasta se acaban convirtiendo en una serie de Netflix. La realidad es ahora tan aburrida por reiterada, que cualquier evento se convierte en fiesta verbenera, necesitados como estamos de estímulo informativo constante. Y, como indica el experto en ruinas romanas Jacopo Bonetto, esta es una demostración más de que se puede vivir de la mentira sin rubor alguno, incluso del crimen, sobre todo si no hay sangre, debido al desprecio cada vez más insultante que mostramos ante el conocimiento y el rigor tanto cultural como científico. La desfachatez nos incita a esbozar una ligera sonrisa, cuando hasta el, esperemos, ex narco Oubiña hace visitas guiadas por la ría de Villagarcía mostrando la Ruta del Narcotráfico, al modo de los tours colombianos por la repugnante vida del despreciable Pablo Escobar, o que El Dioni, sí aquel del robo del furgón y de vida disoluta y mirada dispareja, ya en sus rumbosos 76 años, pretenda presentarse como candidato a la alcaldía del madrileño pueblo de El Molar con el apoyo de VOX.
Decididamente, la vergüenza no está de moda
Un conocido refrán gallego sobre la vergüenza ya nos alerta, “O que non ten vergonza, en tódalas partes almorza”. En italiano, al estafador con ingenio, al astuto ante la candidez y la sentida vergüenza ajenas, cualidades estas del “parvo” vaya, se le denomina truffatore. Y ahí está el asunto, en lo que indica el verbo “truffare”, que no es otra cuestión que denostar al emprendedor, a quien sabe encontrar una “ventana de oportunidad” donde otros no ven más que piedras que se puedan avejentar o puestos a cubrir por expertos profesionales en el arte del trufar. Hemos conseguido socialmente elevar la ingenuidad y la inocencia a la categoría de hábitos malsanos, poco edificantes, incluso prescindibles y antiestéticos; que no rentan, vaya. En fin, que si te engañan es porque eres un fato y un pobriño.
“A pouca barba, pouca vergonza”
La falta de sonrojo y bochorno, tal y como reza el refrán gallego, se atribuía a la juventud y a su innata escasez de experiencia, vaya a no saber calcular las consecuencias del mal actuar; ya se sabe, la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. Antes, se decía que la vida y el pasar solían poner a la gente en su sitio; pues ya no, y menos en un país donde el anterior dictador murió en la cama. Ahora los Trumps, Netanyahus, Putines (dispensando), Ortegas (el de Nicaragua, no nos vayamos a confundir), Jameneis, Mileis u Obiangs (olvidado dictador guineano absolutamente brutal y despiadado) no se esconden ni se ruborizan después de haber sido pillados, reiteradamente, en mentiras, embustes y propagaciones intencionadas de bulos. ¡A ver si esto de la invasión a través del Tarajal no acabará convirtiéndose en un Carajal! Veremos que dan de sí las “Cinco semanas en globo” que se ha tomado el presidente Sánchez en su retiro de La Mareta. ¿O será en La Maleta?