Actualizado
Para Bellum
Debe de ser difícil ser presidente del, hasta ahora, país más poderoso del mundo y tener que reafirmar que se sigue siéndolo. Pues voy, me invento un conflicto, lo soluciono, y además del Nobel de la Paz me debieran dar el de Química, por los reactivos
El presidente de EEUU, Donald Trump / Al Drago – Pool via CNP / Zuma Press / ContactoPho
Aunque no pudiera parecerlo, Trump no sabe nada de latín. La famosa supuesta máxima latina Si vis pacem, para bellum, traducida por Si quieres la paz, prepárate para la guerra, en realidad, como todo en la política trumpetera, aplicada en su caso no es lo que parece. O quizás sí lo sea, aunque no lo parezca.
La disuasión como estrategia
Debe de ser difícil ser presidente del, hasta ahora, país más poderoso del mundo y tener que reafirmar que se sigue siéndolo. Pues voy, me invento un conflicto, lo soluciono, y además del Nobel de la Paz me debieran dar el de Química, por los reactivos, o el de Literatura, por la cantidad de comentarios de texto que se suscitan con mis intervenciones. O, quizás, mejor, también el de Economía, y, en uno de mis clásicos rasgos de magnanimidad, hacerlo extensible a mi familia. El de Medicina no va a poder ser, desde que me confundieron con Jesucristo, cuando yo iba vestido de médico; pero no se dieron cuenta que era de la privada.
Es ya un clásico, entender que mostrar se diferencia claramente de demostrar. Por lo primero, te manifiestas, por lo segundo, lo reafirmas, pero con hechos. Aquí también hay que recurrir a los latinajos, cuando se dice que la mujer del César no puede ser solo honesta, sino también parecerlo. Atribuida esta frase a Julio César con respecto a su esposa Pompeya, conlleva considerar que las formas y la percepción pública resultan tan importantes y relevantes como los hechos mismos. A pesar de que su mujer acabó absuelta de un supuesto delito de participación en una incitación al adulterio, Julio César decidió divorciarse, con la siguiente justificación: “Mi esposa debe estar por encima de toda sospecha”. Esta frase la convirtió Cicerón en la expresión clásica de “mi esposa (la esposa del César) no sólo debe ser honrada, sino también parecerlo”. Y no, recurrir a los clásicos, en este caso, no viene a cuento para su aplicación al “caso Begoña Gómez”, no. Más bien compete a que la política actual, se mueve del parecer al ser, del demostrar al mostrar, de que la realidad primero se crea y, después, se justifica. Ahora le llaman “fake”.
Voluntarismo político: son los hechos los que mandan
Y así está siendo. La política, ya a un nivel planetario, se está convirtiendo en un juego donde la base de su ejercicio se sustenta en la voluntad, más bien en la voluntariedad. La frase “Si vis pacem…”, erróneamente atribuida a Julio César, en realidad es propiedad de Vegecio, otro latino, quien era mucho más explícito en su obra Epitoma rei militaris: “Quien deseara la paz, (por lo tanto), se debiera preparar para la guerra”. La diferencia entre las dos frases es semántica: si bien la primera es imperativa, la segunda, la original, se formula como hipótesis; no conmina, solo aconseja. Quien parece entender, y muy bien, la diferencia intencionada de las dos frases es China. No necesitan demostrar nada, solo mostrar, incluso únicamente nombrar. Y quizás sea esta manera de entender la política lo que acerca más a Pedro Sánchez a China que a los Estados Unidos, y no una mera y simple cuestión ideológica. No resulta en vano que el manual sanchista de uso político lleve por título “Manual de Resistencia”. Y de eso, de resistencia, los chinos saben y mucho. Desde 1911 con el establecimiento de la República de China, esta no ha perdido ni una sola guerra; por el contrario, Estados Unidos ha sido derrotado en la mayoría en las que se ha visto involucrado directamente o sigue en conflicto con aquellos contra quienes las inició.
En definitiva, hoy la política consiste en declarar, por voluntad propia y sin contraste posible, un ideal como bandera, por ejemplo, la libertad, la igualdad o la pureza de la raza, batallar sin contar con lo necesario para ganar, y vender el resultado como el fatal sentimiento de lo inevitable ante la conjura en contra provocada por los elementos; eso sí, siempre la responsabilidad del fracaso habrá que atribuirla a los otros. Se llama pragmatismo. De la voluntad al sentimiento, al contrario de lo que predicaba Churchill, cuando finalizó su célebre discurso “Lucharemos en las playas” por el comienzo, apelando al sentimiento: “Y ¡no nos rendiremos jamás!”.
Y para este pragmatismo político de buena intención, que útil resulta el Decreto Ley. Durante las monarquías absolutistas, en el Antiguo Régimen, y como prerrogativa real, se les denominaba Pragmática Sanción.