Lo que un sismo revela sobre las organizaciones
El terremoto que vuelve a sacudir Venezuela despierta en mí recuerdos personales imborrables, pero también una reflexión profesional. Las grandes catástrofes no solo ponen a prueba a las personas; también revelan la verdadera fortaleza de las organizaciones, de sus líderes y de los vínculos que las sostienen
Voluntarios recogen material de ayuda para la población venezolana tras el terremoto. Foto: Lorena Sopêna / Europa Press
Venezuela nunca será para mí un país cualquiera. Soy hijo de la emigración. Mis padres vivieron veinticinco años en Caracas, y allí transcurrió una parte de mi infancia. Tenía pocos años cuando la ciudad sufrió el terremoto de 1967. Los recuerdos infantiles suelen desdibujarse con el tiempo, pero algunas emociones permanecen intactas. Han pasado casi seis décadas y todavía recuerdo la sensación de descubrir que incluso el suelo puede dejar de ser un lugar seguro. Nunca he conseguido desprenderme del temor que despiertan este tipo de catástrofes entre quienes lo hemos vivido.
Pero hay momentos en los que escribir exige más prudencia que opiniones. Venezuela atraviesa la primera fase de una tragedia de dimensiones todavía difíciles de cuantificar. Mientras los equipos de rescate continúan buscando supervivientes entre los escombros y miles de familias esperan noticias de sus seres queridos, cualquier análisis corre el riesgo de llegar antes de tiempo. No es el momento de hacer balances; es el de confiar, aunque esa esperanza de encontrar a personas con vida se vaya diluyendo. Solo cuando las urgencias den paso a la reflexión podremos comprender que las grandes catástrofes no solo ponen a prueba a las personas. También revelan la fortaleza —o la fragilidad— de las organizaciones, de sus liderazgos y de los vínculos que las mantienen unidas.
Quizá por eso, cuando veo las imágenes que llegan desde Venezuela, pienso menos en los edificios derrumbados que en las personas y en las organizaciones que tendrán que afrontar la reconstrucción.
Las grandes catástrofes no solo ponen a prueba las infraestructuras. También ponen a prueba la calidad de las instituciones, de las comunidades y de las organizaciones.
En tiempos de normalidad solemos pensar que una organización funciona gracias a sus procedimientos, sus protocolos y su cadena de mando. Sin embargo, una emergencia demuestra que eso, siendo necesario, no basta. Durante los primeros días después de una catástrofe, el organigrama pierde protagonismo y emerge algo mucho más poderoso. El propósito compartido.
«Las grandes catástrofes no solo ponen a prueba las infraestructuras. También ponen a prueba la calidad de las instituciones, de las comunidades y de las organizaciones»
No son únicamente los cargos los que hacen avanzar la respuesta. Son las personas capaces de tomar decisiones, coordinar esfuerzos y generar confianza sin esperar a que llegue una instrucción. La autoridad formal sigue existiendo, pero el liderazgo empieza a medirse de otra manera.
Es entonces cuando aparecen los activos más valiosos de cualquier organización. Curiosamente, son los únicos que nunca figuran en un balance. La confianza entre las personas, la cultura de colaboración, el compromiso, el conocimiento compartido, la reputación construida durante años y la voluntad de ayudar incluso más allá de las obligaciones de cada uno. Son activos intangibles, difíciles de contabilizar, pero imprescindibles cuando todo lo demás falla.
Vivimos en una época fascinada por el control. Los datos, la inteligencia artificial y los modelos predictivos nos permiten anticipar escenarios con una precisión impensable hace apenas unos años. Pero un terremoto nos recuerda que siempre existirán acontecimientos imposibles de prever por completo.
Es precisamente en esos momentos cuando se revelan las capacidades que realmente distinguen a una organización. La capacidad para decidir con información incompleta. Para confiar en las personas más que en los procedimientos. Para coordinar sin necesidad de controlar cada movimiento. Para mantener un propósito compartido incluso cuando desaparecen las certezas.
Quizá esa sea la lección más profunda que deja una tragedia como esta. Los terremotos no distinguen entre organizaciones grandes o pequeñas, públicas o privadas. Lo que terminan revelando es cuáles habían dedicado años a construir algo más sólido que edificios o estructuras. Cuáles habían construido confianza.
Como sostiene la especialista en liderazgo Margaret Wheatley, «en las organizaciones, el verdadero poder y la verdadera energía se generan a través de las relaciones». Un terremoto lo demuestra de la forma más descarnada. Cuando el suelo deja de ser firme, descubrimos que el verdadero cimiento de una organización nunca fue el hormigón. Siempre fueron las personas.