La España de Pedro Sánchez (II)

La economía española ha mejorado estos últimos ocho años. Esto no significa, obviamente, que los desequilibrios estructurales hayan desaparecido. Los desajustes se han aliviado en estos años, pero el margen de mejora es todavía considerable

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, a 9 de septiembre de 2026, en Madrid (España)

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, a 9 de septiembre de 2026, en Madrid (España) – Eduardo Parra / Europa Press

En la primera entrega de esta serie intenté delimitar responsabilidades: qué corresponde al Gobierno central, qué depende de las comunidades autónomas y qué papel desempeñan las administraciones locales. También repasé algunas de las principales decisiones adoptadas por los gobiernos de Pedro Sánchez desde 2018. Toca ahora dar un paso más y preguntarnos qué dicen los datos sobre la evolución del país durante estos años.

Esta segunda entrega se centra en las grandes magnitudes: crecimiento, deuda, empleo, productividad, I+D, competitividad y paz social, que permiten observar España desde una perspectiva agregada. No explican por sí solos cómo vive cada ciudadano —eso quedará para la tercera entrega—, pero sí ofrecen una base razonable para valorar la trayectoria general del país.

Comencemos por la magnitud más utilizada para medir la marcha de una economía: el PIB. En 2018, año de la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno, España representaba el 8,88% del Producto Interior Bruto de la Unión Europea–27, ya sin el Reino Unido. En 2025, ese peso había aumentado hasta el 8,99%, un avance apreciable en términos relativos.

La evolución se observa con mayor nitidez por la comparación de los últimos años. La economía española ha crecido de forma sostenida por encima de la media europea: un 3,7% en 2024 y un 2,6% en 2025, frente al 1,1% y 1,5% de la UE, respectivamente. En 2026, los primeros trimestres han mantenido también un ritmo de crecimiento superior al de las principales economías europeas.

En términos de finanzas públicas, la deuda sobre el PIB ofrece una evolución más accidentada. En 2018 representaba el 97,1%. La pandemia provocó un fuerte aumento del gasto público y una brusca caída de la actividad, llevando la ratio hasta el 120% en 2020. Desde entonces ha descendido de forma continuada: cerró 2025 en el 100,7% y el último dato disponible, correspondiente a julio de 2026, la sitúa en el 99,9%, por debajo del 100% por primera vez desde febrero de 2020.

El déficit ha seguido una trayectoria paralela. Tras dispararse durante la pandemia, se ha ido reduciendo progresivamente hasta situarse en el 2,4% del PIB en 2025 (el 2,2% sin el gasto extraordinario ocasionado por la DANA de Valencia), frente al 3,2% de 2024. Es ya inferior a la media de la Unión Europea, que cerró 2025 en el 3,1%.

El mercado de trabajo presenta una evolución favorable en términos de empleo. En diciembre de 2018 España contaba con 18,91 millones de afiliados a la Seguridad Social; en agosto de 2026 supera los 22,3 millones. La tasa de paro, por su parte, ha descendido desde el 14,45% de finales de 2018 hasta el 9,87% registrado en el segundo trimestre de 2026.

Persisten, sin embargo, algunos problemas estructurales. En julio de 2026 España seguía registrando el índice de desempleo más elevado de la Unión Europea, cuya tasa armonizada media es del 5,9%. El paro juvenil ha bajado del 33,54% registrado a finales de 2018 al 23,77% del segundo trimestre de 2026, aunque continúa siendo muy elevado. También se ha reducido con fuerza la temporalidad: en 2018 el 26,9% de los asalariados españoles tenía un contrato temporal mientras que a finales de 2025 esa proporción había descendido hasta el 15,1%.

El fuerte crecimiento del empleo conduce a otra cuestión esencial: la productividad. Crear más puestos de trabajo es positivo, pero el crecimiento a largo plazo depende también de cuánto valor genera cada hora trabajada. En este terreno, España ha mejorado, aunque sigue arrastrando una brecha relevante con Europa. Entre 2019 y 2025, la productividad real por hora trabajada creció en España a una media anual del 1,8%, frente al 0,5% de la Unión Europea.

Pese a esa evolución favorable, el nivel de productividad español continúa por debajo de la media de la Eurozona, aunque se mantiene por encima del promedio de la UE. Así, el PIB generado por hora trabajada en España se situó en 62,4 dólares (en precios constantes de 2020 ajustados por paridad de poder adquisitivo), frente a los 67,9 dólares de promedio en la Eurozona y los 59,1 dólares del conjunto de la Unión Europea.

El I+D es otra variable relevante para valorar la solidez de una economía y sobre todo su capacidad de competir en la escena global. En 2018, la inversión en I+D representaba el 1,23% del PIB; en 2024, último dato consolidado, había aumentado hasta el 1,50%. La mejora es sostenida, pero la distancia respecto a la Unión Europea sigue siendo considerable: en 2024, el esfuerzo medio comunitario alcanzaba el 2,24% del PIB.

A modo de síntesis en términos de competitividad, podemos utilizar como variable de aproximación la balanza por cuenta corriente, que refleja la capacidad de una economía para financiar sus intercambios con el resto del mundo. En 2018, España registraba un superávit próximo al 1,9% del PIB; en junio de 2026, tomando los últimos doce meses, ese saldo positivo se situaba en el 2,3% lo que mostraba una mejora de 40 puntos básicos.

El conjunto de variables anteriores describe la evolución económica del país. Para completar la fotografía podemos incorporar un indicador del entorno social y de seguridad. El Global Peace Index, que combina variables de conflictividad interna, seguridad y violencia, situaba a España en el puesto 30 del mundo en 2018; en 2026 la posición ha mejorado hasta el puesto 27, superando a países como Alemania, Noruega y Suecia.

El balance agregado permite una conclusión difícilmente discutible desde una posición neutral: la economía española ha mejorado estos últimos ocho años. Esa evolución ha recibido un llamativo reconocimiento internacional: en 2024, The Economist situó a España como la economía con mejor desempeño entre 37 países de la OCDE, mientras el Financial Times la ha señalado posteriormente como la economía más destacada de Europa.

También los mercados han reconocido la evolución favorable: en una triple mejora histórica, S&P elevó la nota de España a A+, Fitch la situó en A y Moody’s la colocó en A3, todas con perspectiva estable, lo cual representa un aval unánime de las tres grandes agencias que el país no obtenía desde la crisis de 2012.

Esto no significa, obviamente, que los desequilibrios estructurales hayan desaparecido. El desempleo —especialmente el juvenil— continúa siendo demasiado elevado, la productividad sigue por debajo de la media de la eurozona, la inversión en I+D arrastra una brecha importante y la deuda pública permanece en niveles altos. Los desajustes de la economía española se han aliviado en estos años, pero el margen de mejora es todavía considerable.

Queda por comprobar lo más importante: si este avance de las grandes cifras agregadas ha cruzado el umbral de los hogares. Ese será el objeto de la tercera y última entrega de la serie. En unos días…

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Efecto Bambi

La puerilidad manifestada por el ex presidente Zapatero durante todo el proceso de su imputación redunda en la consideración de que hemos estado, y todavía lo estamos, gobernados por personajes de do menor, con falta de altura de miras políticas y con intereses espurios que dejan un rastro nefasto

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero a su llegada a la Audiencia Nacional

Archivo – El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero a su llegada a la Audiencia Nacional, a 17 de junio de 2026 – César Vallejo Rodríguez / Europa Press

Pues no, a pesar del título, esta inserción no va sólo sobre Zapatero; o sí, quizás, que diría Mariano Rajoy. Trata sobre la ingenuidad y de la capacidad de engaño y embeleco que producen la supuesta bondad, la bonhomía y la buena intención, las tres bes sobre las que se soporta, a día de hoy, el juego de la ves no la ves que pretende ocultar un ánimo de apropiarse de lo ajeno descargando el ánima de malos pensamientos intrusivos. Que no había mala intención en el proceder, vaya, pero, eso sí, sin dejar de militar subrepticiamente en el trinque.

El verdadero Bambi

“Bambi. Una historia de una vida en el bosque”, obra del escritor austríaco Félix Salten, fue publicada en 1923 en su original alemán, alcanzando con posterioridad fama internacional. Como curiosidad, anotar que fue prohibida en la Alemania nazi, puesto que el régimen consideró que la historia narrada era una alegoría política sobre la persecución a los judíos. Claro, era para desconfiar, porque, para más inri, el propio Salten lo era.  

En el original, Bambi es un corzo que tiene que aprender lo que supone, en realidad, el bosque, con sus beneficios, pero también con sus peligros. Bambi, como cualquier otro habitante de la espesura, se enfrenta a la pérdida y al miedo con la prudencia que exigen la soledad y la obligada maduración. Sobre todo, aprenderá con dureza el encuentro con el ser humano, que en el libro de Salten se le cita como “Él”. No siendo obligado guardar la obra en el pequeño cajón de la literatura infantil, los lectores más recomendables con especial calor, como bien plantea su prologuista John Galsworthy, quizás sean los cazadores.

Y para corroborar que la enseñanza que propugna el libro, más allá de la inocente mirada de un infante, sea que “si uno se quiere conservar, si uno quiere comprender la existencia, si uno quiere alcanzar la sabiduría, uno debe quedarse solo”, como le trasladó el Viejo Príncipe, su padre, a Bambi. La inevitable soledad, ahora, de la que goza el desmontado Zapatero.

El auxilio de Disney

Pero ahí estaba el edulcorado mundo Disney para distraernos de las graves cavilaciones cejijuntas de Salten. Comprados los derechos de explotación por la multinacional de la ilusión impostada a través de Sidney Franklin, recalcitrante hasta la extenuación el estudio de animación en humanizar a los animales, Bambi se va a acompañar de dos criaturas deliciosas que le ayudan en su obligada pero ñoña adaptación al bosque: Tambor el conejo y Flor la mofeta. En el proceso de maduramiento como persona cierva, el incombustible Tambor le ofrecerá una lección de neurociencia adaptada muy útil para su integración en el boscaje: “Si al hablar no has de agradar, deberás mejor callar”.

El verdadero Bambi

Hemos vivido años arrullados por la banda sonora de la película animada del año 1942, con su coro de voces gentiles y sugestivas, considerando que la apelación a la ética y la bondad inherente a la izquierda arrullaban al ex presidente Zapatero como algo sustancial al levantamiento de ceja, hoy ya un tanto olvidado aquel acunador “Clan de la Ceja”. Apartada la idea original de Salten, aun así quedarán la soledad y el silencio, prácticas cada vez más comunes de las que deriva el ejercicio ya convertido en deporte prácticamente diario que ofrecen el apartamiento interesado y eso que ahora se denomina como la impía cancelación.

La puerilidad manifestada por el ex presidente durante todo el proceso de su imputación redunda en la consideración de que hemos estado, y todavía lo estamos, gobernados por personajes de do menor, con falta de altura de miras políticas y con intereses espurios que dejan un rastro nefasto del que, como la pringosa baba del caracol, vamos a tardar mucho tiempo en deshacernos.

Ya se lo había advertido su padre, el imponente ciervo Viejo Príncipe a Bambi cuando ambos se encontraron con Él (sustitúyase ahora por “El… puto amo”): “Ahora tienes que aguantar todos los dolores, ahora no puedes pensar en tumbarte… ni pensarlo siquiera, pues eso solo ya te cansa. Ahora tienes que salvarte… ¿me entiendes Bambi?… salvarte… o estas perdido… piensa solo en que Él va detrás de ti… ¿me entiendes Bambi?… y Él te mata sin misericordia… ven por aquí… así, solo siempre por aquí… ya irá… tiene que ir.” Pero eso pasa en el libro, no en la película; o sí, quizás, que diría Mariano Rajoy.

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