Barceloneta, el chiringuito postolímpico

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C/ L’Escar, 22 www.rte-barceloneta.com 93-221-21-11

13 de octubre de 2012 (13:28 CET)

El Barceloneta es de esos lugares donde llevas a gente de fuera de la ciudad a la que quieres agasajar en un restaurante típico, no por su cocina, sino por su emplazamiento. En este caso, porque es un mirador marítimo muy singular de Barcelona. Y, además, la cocina no defrauda, aunque resulte algo caro. Por eso no es extraño que incluso cuando es el visitante quien sugiere un sitio para comer o cenar en la ciudad te proponga esta casa.

Situado en el muelle de pescadores, ofrece unas muy buenas vistas con el Tibidabo al fondo, los tinglados en primer término y la ciudad en medio. La decoración, que evoca un antiguo almacén portuario de coloniales, acaba de redondear un entorno agradable y gana el pulso al desangelamiento que podría provocar un local tan grande, tanto en su terraza como en el interior.

El propietario, el grupo Olivé, con otras enseñas consagradas, ha sabido acompañar esta ambientación desde el inicio con una carta más que resultona con una oferta amplia tanto en el número de propuestas como en su variedad. Aunque el Barceloneta nació cuatro años después de los Juegos Olímpicos, se podría decir que es la mejor y más sofisticada evolución de aquellos chiringuitos/merenderos que la fiebre preolímpica arrasó de las playas de Barcelona. No tiene el encanto del Suquet de l’Almirall ni de Can Solé, pero les gana en atractivo para un cierto público, también de posibles, pero mucho más amplio.

En las mesas del Barceloneta es muy frecuente la presencia de hombres en compañía de hombres, celebrando el buen rollito, previo o final de un trato comercial. Aunque también hay parejas y familias. Y por la noche aguanta el tirón del mediodía.

Además de los típicos arroces y pescados, platos mediterráneos habituales del barrio, incluye los mariscos más exquisitos y caros, como langosta, gambas de Palamós y espardenyas. Y añade una representación más que suficiente de cocina catalana, de forma que quienes vienen de fuera pueden satisfacer su apetito de platos “nostrats”.

En general, es una cocina correcta, que desarrolla bien el grueso de la demanda, con los arroces y fideúas en primer lugar. Hay algunas especialidades que las bordan, como es el caso de los caracoles de mar -con una salsa estupenda-, o los buñuelos de bacalao y las croquetas de marisco. Sin embargo, no les recomiendo el txangurro, a no ser que sean amantes del ketchup.

El servicio está dirigido por un maïtre de esos que tratan a todos los comensales como si fueran habituales para satisfacer a los clientes que gustan del peloteo y la familiaridad impostada. Algo empalagoso. Muchos camareros y muy atentos, demasiado quizá a la hora de reponer el vino: es difícil que pase uno por tu mesa que se resista a llenarte la copa. Son amables, pero ese tic te induce a pensar que compiten para ver quién consigue el descorche de la segunda botella, una sensación poco agradable .

La carta de vinos es amplia y variada, igual que la de platos. Con ofertas interesantes, como la del brut de Veuve Clicquot, que en mi última visita vi desfilar –con sorpresa, he de decirlo- hasta algunas mesas, a un precio muy bueno: 46 euros, frente a los 37 del distribuidor. Me conformé con un efectivo José Pariente, al que cargaron algo más del doble del precio en bodega. De aperitivo sirvieron una caña Krombacher, bien tirada. Y de café Illy, muy correcto. Unos 60 euros de media.
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