Becquer, un apéndice de discoteca

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C/ Tuset, 3 www.boujisbcn.com 634-927-536

28 de febrero de 2014 (12:05 CET)

Es claramente un mero complemento de la discoteca Boujiis, la más exclusiva de Barcelona, y la última que ha llegado. El reclamo del restaurante Becquer, abierto en diciembre pasado, está en el nombre de su directora e inspiradora, Montse Estruch, la cocinera de El Cingle, un local de Vacarisses que pese a que tiene una estrella Michelin nunca ha sido reconocido como se merece.

Cuando El Bulli se iniciaba en sus deconstrucciones, El Cingle ya servía platos como la butifarra con secas en tres capas de purés con el de butifarra negra en el centro, coronado todo --que iba servido en copa-- con láminas de trufa. Estruch había estado en cala Montjoi y también en casa de Berasategui, cocinas en las que aprendió cómo lanzar la fonda que habían abierto sus padres en un pequeño pueblo frente al macizo de Montserrat.

Eclipse

Ahora también dirige la cocina de este nuevo restaurante de apenas 40 comensales al mediodía y el doble por la noche contando con el comedor del sótano, ambientado con música de discoteca y preludio de la coctelería/baile de al lado. El negocio es obra del británico Matt Hermer y sus socios nacionales, que ya explotan desde hace cinco años otro local semejante, el caro y concurrido Eclipse del Hotel W desde cuyos ventanales se disfruta de una de las mejores vistas de la Barcelona portuaria.

En diciembre pasado montaron la coctelería Boujis en Tuset, toda una aventura empresarial si tenemos en cuenta el panorama de locales comerciales vacíos y en traspaso de esa zona de la Diagonal. Su salto a la fama definitivo se ha producido con motivo del MWC que se ha desarrollado durante esta semana en la ciudad. Jan Koum, cofundador de WhatsApp, celebró allí su cumpleaños la noche del lunes día 24, fiesta a la que se sumó Priscilla Chan y su esposo, que es nada menos que Mark Zuckerberg, propietario de Facebook. El evento catapultó la discoteca y su cocina, que comparte con el restaurante.

Una prueba

No era el mejor momento para ir al Becquer, pero adelanté mi visita por si me estaba perdiendo algo. Así que el martes el restaurante no podía servir algunos platos de la carta, agotados en la fiesta de la víspera, y el miércoles optó por prescindir de la carta y montar una especie de tarifa plana: un menú de 12,90 euros para no calentar más la cabeza a los cocineros, exhaustos con las fiestas nocturnas. No estaba nada mal. Y se le adivinaba cierta huella de la famosa cocina de “sensaciones” de la Estruch.

Un único camarero --con pinganillo para hablar con los cocineros-- atendía todas las mesas, una carrera de estrés y de productividad como hacía años que no veía. Su única ayuda procedía de la barra, donde una chica le acercaba las bebidas y el café, así como los platos que el ascensor transportaba desde la cocina, en el piso inferior.

Once opciones


Cuatro primeros para elegir. Desde la pomposa “mariscada de la casa”, con gambas, navajas y demás productos del mar que no me atreví a pedir aconsejada por una elemental prudencia a pesar de que era el plato más demandado por los comensales vecinos, hasta el gazpacho de cerezas, al que tampoco ataqué por considerar que no era temporada; además de que ese día hacía un frío severo. Tras descartar el cóctel de marisco, también por razones de cautela, me incliné por la ensalada Becquer, un combinado de verduras y frutas tan agradable como saludable.

Los cuatro segundos incluían un bacalao en tempura y un cordero a la plancha con verduras, pasando por la fideuá negra de sepia. Me quedé con las tres minihamburguesas con patatas acompañadas de una salsa de la familia del romesco. De las tres posibilidades del postre me quedé con la sorpresa de chocolate blanco, el que más triunfaba en todas las mesas, pero que lógicamente no sorprendía a casi nadie.

Una comida bien elaborada, apetecible y barata, acompañada de una copa de vino blanco y suave del país.
El café, Lavazza, pelín frío, aunque quizá me lo pareció por la temperatura ambiente. También tuve la sensación de que la monodosis de azúcar que suministra la marca era un poco justa, aunque quizá era solo el contraste con el postre. Más adelante volveré, como tenía previsto antes del impacto del MWC, para probar la carta de Estruch con tranquilidad.
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