Lázaro, un lugar tranquilo

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C/ Aribau, 146 www.restaurantelazaro.com 93-218-74-18

05 de julio de 2013 (11:38 CET)

El escritor Josep Maria Espinàs y su cuñado, el gastrónomo Néstor Luján, contribuyeron a dar nombre durante unos años al restaurante Lázaro, donde comían periódicamente y se reunían con amigos.


Producto de esa circunstancia, por las buenas críticas que en su día le hizo Carme Casas o quizá por la cercanía de la sede de la editorial del columnista andarín, La Campana, el caso es que el local es frecuentado por gente del mundo de la cultura. Algunos escritores, como Eduardo Mendoza, y también periodistas, tanto de papel --print, como diría un cursi- como de web, aunque sobre todo de los primeros, más veteranos.


En la barra de la entrada, un ejemplar del libro recopilatorio de artículos de Espinàs y otro de Victus, el gran pelotazo de la editorial, saludan a la clientela.

Desde Vilanova


Lázaro es obra de tres hermanos procedentes de Vilanova i la Geltrú que decidieron abrir un restaurante en el Eixample, al que pusieron Lázaro, como se llamaba uno de ellos, que falleció. Ahora lo llevan Fina y Carme, la primera en los fogones y la segunda en la sala.

El local está situado en una de las zonas más ruidosas de la calle de Aribau, pero el comedor está al final de un pasillo que hace de aislante, lejos del tráfico intenso, sobre todo al mediodía. Está decorado en tonos marrones, con las paredes cubiertas de cuadros y pintadas con aquel estuco de aguas venecianas que tanto se prodigaron en los años ochenta. Luces que cuelgan del techo y orientadas a las paredes, como las de una sala de exposiciones.

La mayor parte de la clientela es de habituales. Comidas de trabajo y también parejas de cierta edad, vecinas, que hacen allí la comida del mediodía con el menú de 17 euros. También solitarios en busca de garantía y tranquilidad. Y el ambiente lo es: un comedor reducido –con un máximo de 30 personas-, de esos donde las voces son quedas, como silenciadas.


Cocina clásica


La cocina es la clásica catalana sin concesiones a las nuevas tendencias, de modo que los platos tienen rodaje, están trabajados, sin altibajos. La carta no es muy amplia, pero más que suficiente. Entrantes, bacalaos –tres- y pescados y carnes, con algunas medias raciones. En los tres capítulos se puede ver la huella de Vilanova, el lugar de referencia.

Decidí probar media de salmorejo, muy logrado, con una presencia de ajo no ofensiva. Y también media de croquetas de jamón, con el aroma y la grasilla identificables; por encima de la media, incluso por encima de algunos lugares en las que las ofrecen como plato estrella.
Y de segundo, albóndigas con sepia, bien troceada para facilitar su digestión. Ligeramente picantes y abundantes. De manera, que al final pasé de los apetitosos pasteles caseros expuestos en el centro de la sala. El café, Flor de Café, más que correcto.

Bebí un par de copas del blanco de la casa, un Montsant ligeramente ácido, pero que bien fresco entraba perfectamente a 2,5 euros por copa. La carta de vinos tampoco es muy extensa, pero con algunas sorpresas agradables, como el reserva Castillo de Sajazarra, a 25,5 euros.

Un vino excelente difícil de encontrar en los restaurantes. Cargan mucho menos que la media, entre un 40% y un 60%. Pagué 32 euros. Recomendable. Un local que puede considerarse ya como un clásico de la ciudad, alejado de los circuitos.
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