Matamala, la reconversión

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Rambla de Catalunya, 13 www.matamalarestaurant.com 93-302-66-31

07 de septiembre de 2012 (13:33 CET)

Este clásico del centro de Barcelona decidió hace unos años darle la vuelta a su oferta tradicional de cocina catalana para profundizar en ella con los nuevos conceptos que se estaban abriendo camino a través de las denominaciones kilómetro 0 y slow food.

Un cambio con el que atendía a su clientela habitual, procedente de empresas de la zona, así como de la conselleria de Economía, los cines de la Gran Via, los socios del Colegio de Periodistas, que está enfrente, y los compradores de las tiendas de los alrededores de la plaza de Catalunya. Y también a los turistas, tan abundantes en la zona. De esta forma Matamala se diferenciaba claramente de su competencia más próxima.

Para hacer el cambio redecoraron el local con un concepto que recuerda a la tortillería Flash Flash y al Cornelia&Co, con el que tiene en común la venta directa de productos delicatessen. Matamala ha introducido también un servicio de envío de regalos a base de vinos y otros productos de la tierra.


La oferta del restaurante está presidida por la trazabilidad. De tal manera es así, que podemos decir sin temor a equivocarnos que si finalmente el Govern hubiera triunfado consiguiendo traer Eurovegas a Catalunya, Matamala habría tenido que cambiar una buena parte de sus proveedores de verduras y legumbres porque el Parc Agrari del Baix Llobregat, un gran suministrador de la casa, podría haber desaparecido.

Los platos de la carta --en la que los productos de temporada son los que tienen más presencia-- están señalados con el distintivo de kilómetro 0 o con el de cocina clásica. La explotación del concepto de productos de proximidad no impide, por ejemplo, la presencia de anchoas del Cantábrico en lugar de las de L’Escala. El jamón, lógicamente, es de fuera; concretamnente, de Guijuelo.

Algunos de los entrantes son originales, como las croquetas de tomate seco y queso, o el fuet hecho con cerveza del Montseny. Ocurre también con los segundos, entre los que cabe destacar el conejo de Baldomar elaborado con vermut y olivas negras de Aragón, enorme y riquísimo. Y el pollo relleno, al estilo navideño catalán, de ciruelas, orejón y piñones.
A destacar la hamburguesa de 200 gramos, muy sabrosa, con una cebolla de Figueres bien trabajada y el filete de ternera de cuarto de kilo.

No es cocina moderna, al estilo del tapeo o los platillos tan en boga; es, ya se ha dicho, un clásico actualizado fundamentalmente por el cuidado del producto y de las elaboraciones. Yo diría que le patina un poco lo del kilómetro 0, como ocurre con tanta frecuencia entre los que se apuntan a la tendencia.

La carta de vinos está presidida por la frase “Un pueblo que no bebe su vino tiene un grave problema de identidad”, de Manuel Vázquez Montalbán. Imagino que el escritor y gourmet la escribió en aquella época en la que en Catalunya casi todo el mundo elegía un tinto de Rioja antes que un catalán, a pesar de que ya empezaban a destacar buenas elaboraciones en el Penedès y en el Priorat.

De todas formas, y a pesar del recuerdo al padre de Pepe Carvalho, venerado por los amantes de la buena mesa, la relación de vinos del Matamala, que está bien hecha y es breve, incluye muchas etiquetas de otras denominaciones.

El día que lo visité para escribir estas líneas, me incliné por un rosado de Martín Codas, el Cuatro Pasos, un mencía del Bierzo, que estaba estupendo y fresquito. De los 5,5 euros que cuesta en bodega sale de esta casa por encima de 20, lo que me parece un auténtico disparate. Unos 45 euros de media a la carta.
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