Murmuri, una experiencia mejorable

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Rambla de Catalunya, 104 www.murmuri.com 93-550-06-00

04 de enero de 2013 (10:34 CET)

El grupo hotelero Majestic tiene vocación restauradora, aunque las primeras experiencias no le hayan salido a pedir de boca. El añorado Drolma no pudo sobrevivir. Producto de aquellos años de esplendor, sobre los que ahora tanta gente echa basura con esas letanías de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y otras monsergas, murió víctima de la ley seca de la crisis.

Fermí Puig ideó la fórmula prèt â porter del Petit Comité, una segunda marca de su lujoso local del Hotel Majestic, dedicada a la cocina catalana tradicional adaptada a los nuevos tiempos y con unos precios alejados del Drolma. Situado en el pasaje de la Concepció, está cerca del Majestic, pero mucho más próximo del Murmuri, una fórmula de suite hotelera del grupo coqueta y agradable.

Murmuri incluye al Petit comité en su oferta gastronómica, si bien el restaurante situado en su edificio es el que lleva el mismo nombre del hotel. Cuando empezaron, la idea era proponer una cocina de influencia asiática, de manera que los pescados crudos y las sopas orientales llenaban su carta. Era lo que se llevaba.


Cambio de carta


La experiencia les demostró que no era la fórmula ideal para el tipo de público de su zona: el corazón de la Barcelona burguesa; Rambla de Catalunya, esquina con el pasaje de la Concepció. Llegaron a la conclusión de que el acento asiático no era para cada día, sino para visitas esporádicas. Así que antes del verano pasado le dieron la vuelta a su oferta y se dedicaron a los platos más propios de la cocina de mercado, la mediterránea.

La nueva carta está pensada para el cliente habitual del Eixample, pero también para el turista y para los huéspedes del hotel. Para los primeros han diseñado un plato del día, a 15,5 euros, de mucho éxito; una propuesta distinta para cada día de la semana a precio fijo.

No obstante, lo primero que aparece en la carta son las patatas bravas, las croquetas, las anchoas, el jamón y las gambas de Palamós. Lo obligado para el turisteo, según coinciden la mayoría de los restaurantes del centro de la ciudad. También incluye algunos detalles de gurmet con aires lugareños, como las ostras del delta del Ebre y el caviar de la Vall d’Aran.

Entre los pescados hay propuestas atractivas, como el solomillo de atún y las preparaciones en papillote. El arroz caldoso está incluido en este mismo capítulo.

El día de mi visita opté por una ensalada César, correcta, y también por un jamón bastante decente, acompañado de una coca untada con tomate, atractiva. Nos decantamos por la carne para los segundos. Mi acompañante –un barcelonés que vive en Madrid-, curiosamente prefería distanciarse del pescado. Picantons para él, que estuvieron pasables, tirando a buenos. Yo pedí solomillo de ternera, un pelo por debajo del punto, le dije al camarero.

Perdigones

No solo estaba totalmente hecho, quiero decir que en ningún punto se apreciaba el color rojo, sino que el acompañamiento me arruinó el plato. Eran unos dados de patata que parecían perdigones, fríos y duros como una piedra, de verdad. No entré en la cocina y, por tanto, no puedo decir que efectivamente fuera así, pero parecía un plato precocinado que había transitado por dos fases distintas.

Por una parte, la chicha, que mantuvo el tipo incluso tras pasar por el microondas antes de llevarlo a la mesa y por la otra –la guarnición- que la trajeron por debajo, muy por debajo, de la temperatura ambiente. Parecía que hubiera permanecido horas sobre la fría porcelana del plato a la espera del trozo de carne. Y me costó 21 euros antes de impuestos, lo que no está mal. Es un precio alto, que puede quedar compensado por la materia prima, siempre que no la maltraten en la cocina, que es lo que sucedió en este caso.

Tomé una caña de aperitivo, una Damm bien servida por unos camareros amables con camisa a cuadros vistosos, con un aire a medio camino entre la modernidad y la informalidad que la casa quiere inferir a esta fórmula de pequeño hotel en el centro de la ciudad. El café Nespresso, como siempre, correcto.

Un día tengo que visitar el bar del hotel, porque tengo la impresión de que debe ser una experiencia más placentera que la del restaurante. Pagué 40 euros habiendo bebido un blanco verdejo viura agradable, el Lorenzo Cachazo del 2011 que me costó 16 euros, frente a los 7 de la bodega.
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