He aquí la petromasculinidad símbolo del poder machista

No se trata de una lucha contra los hombres, es una invitación a liberarse de un modelo. Debemos tener en cuenta que no basta con cambiar tecnologías, sino que hay que cambiar narrativas

Los ministerios del Gobierno de Pedro Sánchez -añadan también algunas instituciones públicas y universidades progresistas- se están modernizando -se trata de un manera de hablar- con una evidente rapidez.

En abril de 2025, el Instituto de Historia, perteneciente al CSIC (Consejero Superior de Investigaciones Científicas), organizó un seminario titulado Petromasculinidades y patriarcado fósil. Se trataba de leer y comentar el ensayo de la profesora de Ciencias Políticas de la Virginia Tech Cara Dagget -también, investigadora en la John Hopkins-, de título Petro-masculinity: Fossil Fuels and Authoritarian Desire (2018), que había sido traducido y publicado parcialmente en lengua española para el trabajo colectivo titulado Atlas cultural de la energía editado por Pablo Martínez, Emilio Santiago y Jaime Vindel.

El objetivo de los 23 colaboradores del Atlas: repensar la relación entre los sistemas de poder, la cultura y la energía en un contexto marcado por la emergencia climática en que la energía fósil, motor fundamental de las sociedades industriales, no solo ha condicionado su desarrollo material, sino también los imaginarios y discursos que han estructurado nuestra visión del progreso, la libertad y el bienestar.

En junio de 2026, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), en colaboración también con el CSIC, celebró una nueva sesión de la la llamada Tribuna MITECO, un espacio de reflexión y debate sobre los principales retos de la transición ecológica. En esta nueva edición, titulada Petromasculinidad y cultura fósil: género, identidad y poder en la transición energética, especialistas de distintas disciplinas analizaron las relaciones entre energía, género, imaginarios culturales y poder, así como los desafíos que estos plantean para la transición energética desde perspectivas académicas y sociales.

En estos dos encuentros “científicos”, se trataba de responder cuestiones como las siguientes: ¿Qué papel adquiere el patriarcado en el marco de la petrocultura de nuestra era? ¿Cuáles son los rasgos característicos de la petromasculinidad contemporánea? ¿Qué efecto político está produciendo? ¿De qué manera podemos rastrear las huellas reaccionarias de nuestra matriz energética en la ofensiva que la extrema derecha está impulsando contra las conquistas feministas?

He aquí el resumen del segundo encuentro sobre una petromasculinidad que hay que entender, a la manera de la ya citada Cara Dagget, como una metáfora, imagen o símbolo de lo masculino -duro, autosuficiente, indomable- idealizado: el petróleo ha construido un imaginario colectivo, de dominio y virilidad. Un modelo energético que no es sino un modelo cultural masculino. La cultura fósil y la petromasculinidad se entrelazan. El resultado: el hombre fuerte, dominante, libre. Una identidad masculina que se ha construido sobre una idea del motor de explosión. La idea de la potencia que ruge en un determinado momento y el humo que, por ejemplo, el coche o la motocicleta dejan detrás.

La respuesta o descarbonización con la que se ha de combatir -la izquierda y el feminismo como sujetos impulsores de la acción- el enemigo: hay que desmontar la narrativa, la cultura fósil, la petromasculinidad, el negacionismo. Frente a eso, ¿qué hacer? ¿Seguir hablando del mix energético como si el problema fuera meramente técnico? Pues no, porque el problema -afirman- es claramente cultural. La resistencia al cambio climático -dicen- no es neutra y tiene ideología, tiene clase social y tiene género y eso es trascendental.

La izquierda y el feminismo de nuestros días -prosiguen- han que construir narrativas donde el cuidado no sea cosa de las mujeres, donde la sostenibilidad no sea una renuncia, sino que sea inteligencia y donde ser hombre no signifique dominar, sino sostener. No se trata de una lucha contra los hombres, es una invitación a liberarse de un modelo. Debemos tener en cuenta que no basta con cambiar tecnologías, sino que hay que cambiar narrativas, que no basta con hablar de eficiencia, sino que hay que hablar de equidad, no basta con reducir emisiones, hay que ampliar derechos permanentemente y que en esa disputa la igualdad, la equidad, la justicia y la democracia no son accesorias, sino que son parte y son el corazón del proyecto.

Sabemos -prosiguen- que tenemos que seguir trabajando juntas y juntos para construir un país que no solo cambie su matriz energética, sino que transforme su matriz cultural. Un país que entienda que el futuro no se espera, sino que se tiene que construir y que se construye siempre desde la valentía, desde la honestidad y desde la convicción de que existe otro modelo posible. La cuestión: ¿estamos dispuestos y dispuestas a hacer una transición ecológica que sea también una transición cultural? ¿Estamos dispuestos a cuestionar no solo cómo producimos energía, sino cómo producimos identidad?

Escuchado y leído a los embajadores españoles de la petromasculinidad de Cara Dagget -alguna cosa razonable se les ha perdido entre líneas, pero el hombre siempre es culpable- a uno le viene de inmediato a la memoria el woke que inventa, castiga y cancela así como el marxismo vulgar de la infraestructura que siempre encuentra -en este caso, la petromasculinidad de la denominada cultura fósil- quién o qué todo lo explica.

Los encuentros relatados de nuestros “científicos” -bajo el paraguas todopoderoso de lo público: ¿una Administración seria no puede invertir en investigaciones igualmente serias?- invitan a concluir que los extravíos intelectuales propios e intransferibles de la teoría de la petromasculinidad, no pretenden explorar el metabolismo de las sociedades industriales contemporáneas, sino que buscan la manera de diseñar de cómo dar otra cornada al liberalismo y a la derecha liberal.

Admito otra hipótesis, a nuestros “científicos” les gusta la ficción literaria. En ello están. A ver lo que duran en el cartel del progresismo local.

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