Al PSOE le viene bien Vox y ya no disimula
Extremadura deja una conclusión incómoda para el socialismo español: se abre un nuevo ciclo electoral con un PSOE seriamente tocado
La reacción del PSOE tras las elecciones en Extremadura ha sido tan reveladora como poco elegante: minimizar su caída subrayando que María Guardiola necesitará a Vox para gobernar. Es decir, poner el foco no en su pérdida de apoyo ciudadano, sino en la incomodidad del adversario. ¡Para esto unas elecciones!, decía Miguel Ángel Gallardo indignado. Un clásico. Pero también algo más profundo: la constatación de que al PSOE, en el fondo, Vox le viene bien. Le gusta. Le conviene. Y, llegado el caso, se alegra de su ascenso.
Los socialistas extremeños comparecieron tras la debacle con ese gesto tan reconocible del que acaba de perder pero se niega a aceptar la derrota. No celebraban haber ganado —porque se han hundido—, sino que el Partido Popular no hubiera logrado la mayoría absoluta. Y en ese matiz, aparentemente menor, está probablemente la clave política más relevante de lo ocurrido en Extremadura. Porque cuando un partido convierte las dificultades ajenas en su principal argumento de éxito, lo que está haciendo en realidad es confesar su propio batacazo.
La paradoja es ya imposible de disimular. El mismo partido que se presenta como el dique de contención frente a la extrema derecha celebra que esa extrema derecha impida que el PP gobierne con comodidad. Vox, lejos de ser el enemigo existencial que describen los discursos oficiales, se ha convertido en el mejor seguro de vida del socialismo frente a mayorías amplias del centro-derecha. No es el PSOE quien frena a Vox; es Vox el freno del PP.
Pedro Sánchez lo sabe y actúa en consecuencia. La campaña extremeña ha vuelto a demostrar que el presidente del Gobierno es la mayor fábrica de votantes de Vox que ha tenido la política española reciente. Cada vez que se presenta el debate en términos morales, cada vez que se caricaturiza al PP como antesala del apocalipsis reaccionario, lo que se hace es alimentar a Abascal y los suyos. Y eso, lejos de preocupar en Ferraz, parece asumirse como un daño colateral rentable.
El elector español no es tonto. Puede ser volátil, estar cansado o mostrarse desconfiado, pero entiende perfectamente la contradicción. Difícilmente el PSOE y la izquierda podrán acudir a los próximos comicios agitando el miedo al ascenso de la extrema derecha, esa que recorre Europa, cuando, elección tras elección, se benefician de ella para impedir gobiernos sólidos del PP. No se puede demonizar a Vox por la mañana y agradecer su fuerza por la noche.
La relación del PSOE con Vox empieza a parecerse a la de los adolescentes tímidos con la chica que no se atreven a reconocer que les gusta. Hacen como que no, porque “no es la más guapa del instituto”, pero se les nota demasiado que su presencia les conviene. Les tranquiliza. Les sirve. Y, en ocasiones, hasta la fomentan. Porque al final todo se resume en una obsesión política que ya no se oculta: evitar que el PP gobierne con mayoría absoluta.
Ahí está la clave estratégica del sanchismo. El PSOE nunca le dará una mayoría al PP, ni siquiera para evitar que Vox entre en un gobierno. Y censurará sin pestañear a Feijóo si pacta con Abascal, mientras pacta sin rubor con Bildu, ERC, Puigdemont o quien haga falta. Todo vale si el resultado es el mismo: condenar al PP a depender siempre de terceros y convertir cualquier resultado que no sea mayoría absoluta en un “fracaso”.
Así se construye el relato posterior: perder elecciones y salir eufóricos proclamando “¡Somos más!”. Como ocurrió en 2023. Aunque ahora cada vez sean menos. Aunque los votos caigan. Aunque los territorios se pierdan. El maquillaje retórico ya es parte del ADN del partido. Pero el maquillaje no tapa las arrugas ni la decadencia facial indefinidamente.
Extremadura deja una conclusión incómoda para el socialismo español: se abre un nuevo ciclo electoral con un PSOE seriamente tocado. Muy tocado. Un partido que ya no gana, que se consuela con bloquear y que necesita enemigos fuertes para justificar su supervivencia. Vox le sirve para eso. El PP, no.
Y quizá por eso, tras la debacle socialista —se disfrace como se disfrace—, solo cabe una frase que resume el momento político con crudeza histórica. Parafraseando a Arias Navarro cuando anunció la muerte de Franco: “Extremeños, Frankenstein ha muerto”.