El antídoto contra los regresores
El regresor empieza por las palabras para pasar después a los actos
Susan C. Stokes, directora del Chicago Center on Democracy, ha escrito Los regresores (Galaxia Gutenberg, 2026), uno de los ensayos más interesantes dentro de ese género que he venido denominando, en artículos anteriores, “terror politológico”. Se trata de aquellos libros que advierten sobre la degradación de las democracias en manos de dirigentes con pulsiones autoritarias y de seguidores dispuestos a ignorar la realidad antes que aceptar una alternancia en el poder. “Puede que el electorado ceda libertades y cierto control sobre el poder ejecutivo, cada vez más, a cambio de mantener al otro grupo, al que odia, fuera del poder”, señala la autora.
Ya no estaríamos, pues, ante los clásicos golpes de Estado militares, sino ante erosiones graduales promovidas desde el propio gobierno. Una erosión que puede provenir de cualquiera de los extremos del eje ideológico. Algunos dirigentes lo hacen por “gusto por el autoritarismo”, otros para “evitar ser procesados”. La autora desmonta las estrategias tanto de la derecha etnonacionalista como de la izquierda populista. Monta tanto. Los ejemplos que utiliza Stokes son los ya conocidos, a saber, Donald Trump, López Obrador, Brasil o Venezuela. Pero quizá no haga falta ir tan lejos para encontrar paralelismos inquietantes.
El regresor empieza por las palabras para pasar después a los actos. Siempre ha sido así. Miente a la ciudadanía, manipula las emociones, polariza contra el adversario y utiliza un “lenguaje basura” para descalificar a las instituciones encargadas de vigilarle. Stokes señala que estos dirigentes suelen atacar a jueces y periodistas. Check. El lenguaje hostil conduce a acciones hostiles contra los contrapoderes y, si se ven con apuros demoscópicos, también intentan modificar el censo o la normativa electoral por la puerta de atrás. También check.
Uno de los principales logros del libro es que, a la hora de buscar una receta, Stokes no se limita a reclamar responsabilidad a los ciudadanos, como hacen la mayoría de estos ensayos, sino que señala también un camino para la oposición democrática. Denunciar las prácticas antidemocráticas puede no ser suficiente cuando estas cuentan con el apoyo o la comprensión de una parte importante del electorado. Hay que incidir también en uno de los puntos débiles de los líderes regresores: su tendencia a rodearse de profesionales mediocres y ministros incompetentes.

Stokes cita estudios que apuntan a algo que ya intuíamos: la competencia suele ser inversamente proporcional a la lealtad. Aunque, en este caso, quizá sería más preciso hablar de servilismo. Así, “las fuerzas prodemocráticas deberían trabajar para lograr que el público sea consciente del bajo rendimiento de los Gobiernos regresores, no sólo cuando dañan la democracia sino cuando practican una mala gestión de las economías, cuando administran pésimamente las crisis de la sanidad pública, etcétera”.
Desde su perspectiva socialdemócrata, Stokes identifica la desigualdad como uno de los factores que favorecen el auge de los líderes regresores y propone combatirla mediante políticas sociales y fiscales destinadas a reducir la distancia entre las clases altas y las bajas. Pero el problema puede abordarse desde una perspectiva distinta y más eficaz: la de revertir el debilitamiento de la clase media. Una clase media que lleva años perdiendo poder adquisitivo y capacidad de ahorro y que, aun llegando a final de mes, vive con la creciente sensación de vulnerabilidad ante cualquier contratiempo. Centrar la respuesta exclusivamente en la desigualdad entraña, además, el riesgo de convertirla en una política contra quienes más tienen y acabar igualando a la baja, es decir, empobreciendo al conjunto de la sociedad.
El objetivo debería ser, por tanto, ensanchar y fortalecer una clase media próspera y segura. No estamos solo ante una aspiración económica o social, sino ante una cuestión profundamente democrática: una clase media fuerte es uno de los principales sostenes de la democracia porque garantiza ciudadanos más independientes y autónomos. La alternativa al igualitarismo no es resignarse a la desigualdad, sino extender la prosperidad, es decir, construir una sociedad de oportunidades en la que vuelva a funcionar el ascensor social y cada vez más personas dispongan de los medios y la libertad necesarios para desarrollar su propio proyecto de vida sin depender de la protección del poder.
Al final, la mejor defensa de la democracia no consiste únicamente en advertir sobre quienes pretenden erosionarla. Consiste también en demostrar que las democracias son capaces de ofrecer mejores gobiernos, mejores oportunidades y una vida mejor a sus ciudadanos. En definitiva, “el mayor antídoto contra el cinismo democrático es lograr que la democracia funcione mejor”.