Biden y Sánchez

España debe recuperar el impulso diplomático tras años de desidia y venderse ante el nuevo gobierno de EEUU como un aliado interesante, a la par que debe erigirse en socio imprescindible de Hispanoamérica y Marruecos

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El presidente de Estados Unidos, Joe Biden / EFE

A los españoles se nos puede disculpar que nos maravillemos dudando si nuestros diplomáticos entendieron al revés la máxima de Lord Palmerston, y creen que las relaciones internacionales consisten en tener amigos, y no intereses.  

Sin duda el mayor exponente de esta falta de asertividad internacional se manifiesta en nuestra pertenencia a la Unión Europea, que parece basarse en la convicción de que somos miembros de un coro en el que hay que evitar tener voz propia.

Quizás algún día encontremos un término medio entre ser corifeos en Bruselas y, pongamos por caso, hacer el tenor en las Azores.

Pero, hasta donde alcanza la vista, nuestra diplomacia, para bien y para mal, es poco más que un ingrediente del suflé europeo, por lo que, a pesar de algún que otro esfuerzo estrafalario por recrear el ambiente de Bienvenido Mr. Marshall cada vez que llega un nuevo inquilino a la Casa Blanca –algo que alcanzó el paroxismo con Barack Obama- lo cierto es que España no tiene mucho que ofrecer al tándem Biden-Kámala, cuya política exterior se limitará a distinguir entre quienes les causen problemas internos y quienes puedan ayudarles a solucionarlos.

La principal diferencia con respecto a la política internacional de Donald Trump será la restauración gradual de los intereses estratégicos de EEUU, que dependen en gran medida de la existencia de las redes de élites diplomáticas que han operado desde 1945 en las instituciones internacionales,  para promover una cierta visión de orden internacional liberal en un mundo multipolar que Trump empezó a deconstruir con la siempre inspirada ayuda de John Bolton y Steve Bannon.

Desde esta perspectiva, y dado que todo lo relativo a aranceles y acuerdos comerciales está en manos de Bruselas, los únicos fulcros a mano para la diplomacia española son Marruecos e Hispanoamérica, espacios geopolíticos que se desdoblan, tanto por los determinantes históricos, como por las importantes poblaciones residentes en España procedentes de ambas geografías.

El papel de España en la relaciones EEUU-Marruecos

En el caso de Marruecos, y más allá de aceptar lo insoslayable de la nueva realidad sahariana, España debería trasmitir discreta pero firmemente su decepción por el ninguneo con el que el Departamento de Estado gestionó un acuerdo sobre un territorio del que nuestro país sigue siendo la potencia administradora sobre el Sahara,  de acuerdo con la Resolución 2072 de 1965 de la Asamblea General de Naciones Unidas, un apaño de Trump en el que España no estuvo ni siquiera como invitado de piedra. Y sin embrago,  lo que pase en Marruecos nos afecta directamente, pero lo contrario es cierto también.

Para bien y para mal, España tiene la llave tanto de la puerta de África como de la de Europa, y esto es algo que se le debe recordar a la nueva administración norteamericana –y a la Comisión Europea-  en clave realista.

Al margen del ruido mediático que puedan producir quienes dentro de la propia coalición de Gobierno aún se entretienen viendo el problema del Sáhara con las gafas en blanco y negro de la Guerra Fría, y las jeremiadas de quienes en el otro extremo ideológico aún no parecen haber reparado en que Abd el-Krim murió en 1963, España y Marruecos están obligados a entenderse, en sus propios términos y de mutuo acuerdo, no como consecuencia de una política de ‘fait accompli’ pergeñada en Washington y Tel-Aviv.

A pesar de toda la fanfarria que rodeó el anuncio del compromiso sobre el Sáhara, nuestro país no puede desentenderse de ser parte activa en discusiones multilaterales,  creíbles y razonables que tengan como punto de partida –no como punto final- el Plan de Autonomía para el Sáhara de Marruecos.

España tiene que hacer valer su diplomacia en Hispanoamérica

Lo que vale para Marruecos, es aún más relevante para Hispanoamérica. Aunque con demasiada frecuencia el debate sobre los asuntos iberoamericanos se agota en el reflejo de los intereses de lobbies antagónicos de los que son miembros dos ex presidentes del Gobierno de España, consecutivos que protagonizan una especie de fatua ‘guerra subsidiaria’ a propósito de Venezuela, lo crucial es que España no puede dejar que el agonismo entre China y Estados Unidos le dé forma a la realidad hispanoamericana dejándonos como una nota a pie de página en los libros de una historia que ellos quieren escribir.

Lo crucial es que España no puede dejar que el agonismo entre China y Estados Unidos le dé forma a la realidad hispanoamericana dejándonos como una nota a pie de página en los libros de una historia que ellos quieren escribir.

Dicho de otro modo, nuestra diplomacia tiene que hacerse valer en Hispanoamérica, de nuevo desde la perspectiva del realismo político, postulándose como agente activo en Washington y en Bruselas. Mimetizando la naturaleza, el poder aborrece el vacío, por lo que todo espacio que dejemos vacante será prontamente ocupado por otros.

A ningún observador atento de los asuntos internacionales le habrá pasado desapercibida la toma de posiciones del Reino Unido tanto en Marruecos como en Latinoamérica,  como parte de su estrategia post-Brexit.  

En consecuencia, es importante que la diplomacia española se eleve sobre la meleé parroquiana que caracteriza a la política nacional y se prepare para ser de los primeros en hablar con una voz distintiva a Biden, sin dejar que el reconocimiento de que España ha perdido mucho peso exterior después de décadas de desidia se interprete como que no tenemos nada que decir, y no sólo en términos de poder blando, que también, sino sobre todo de diplomacia económica.

Dicho de otro modo: España debe defender con voz propia un comercio internacional sin cortapisas y sentando las bases para mejorar aquellas condiciones globales que propicien la integración de los países de Mercosur, de la región andina y de América Central en la economía mundial. Pero no hay tiempo que perder.

Tanto China como EEUU están llevando a cabo notables programas de inversión en Iberoamérica, cuyo alcance trasciendo lo económico, y repercutirá por lo tanto en las políticas nacionales de la región. 

El papel de España ante la administración Biden

Es impensable que la nueva administración de Joe Biden altere sustancialmente el rumbo del intervencionismo subrepticio  que late bajo la superficie del plan “América Crece” de Trump, cuyo foco en proyectos en infraestructuras y minería tiene el potencial de perjudicar las inversiones españolas en Hispanoamérica, especialmente en países como Chile, dónde nuestro país es aún el mayor inversor, algo que puede verse alterado si nuestros esfuerzos diplomáticos no se ajustan  a la nueva realidad de la competición chino-estadounidense en los países de habla hispana.

Por último, abordar las cuestiones de defensa es algo inescapable en las relaciones con Washington, aunque se trate de un tema en el que España tiene poco margen de maniobra más allá de evitar congraciar o agraviar al aliado norteamericano sin venir a cuento.

En este terreno, como en el del comercio internacional, a lo más a lo que nuestra diplomacia puede anhelar es a tener cierta influencia en el resto de las cancillerías europeas para evitar que se tomen decisiones que nos acaban perjudicando aunque no tomemos parte en su ejecución, como fue el caso de las intervenciones en Siria y Libia.

España no ha sido una potencia militar desde los tiempos de la batalla del Cabo de San Vicente en 1797, y aspirar a que nuestro país esté en condiciones de recuperar peso en este terreno,  incrementando el gasto militar como miembro de la OTAN,  es mera ensoñación, máxime después de los estragos -aún por percibir en todo su alcance y profundidad- de la nefasta gestión de la pandemia.

Por lo tanto, no es esta una carta que la diplomacia española pueda -ni en realidad deba- permitirse jugar, más allá de mantener el status quo de las bases norteamericanas en nuestro suelo, y la participación auxiliar en misiones de bajo perfil de la OTAN.

En este sentido, a España le conviene forjar un frente común con Alemania para resistir la presión estadounidense para que incrementen el nivel de gasto en defensa.

España tiene un problema social, no de seguridad, por lo que tenemos que elegir entre cañones y mantequilla, pero siendo conscientes de que EEUU paga su mantequilla con los cañones que les compramos los miembros de la OTAN.

Con todo, este aspecto será un previsible punto de fricción entre ambas diplomacias, que España sólo podrá sortear buscando alianzas en el seno de la Unión Europea, y abogando por una geopolítica hacía Moscú que evite la necesidad de entrar en una dinámica de bloques y fronteras que nos arrastre a una escalada armamentística que ni nos podemos permitir, ni nos beneficia en absoluto.

España tiene un problema social, no de seguridad, por lo que tenemos que elegir entre cañones y mantequilla, pero siendo conscientes de que EEUU paga su mantequilla con los cañones que les compramos los miembros de la OTAN

En este sentido, desde el Palacio de Santa Cruz se le tiene que formular al Departamento de Estado, tanto qué puede hacer su país por nosotros, como qué podemos hacer nosotros por su país, explicando a Biden que tocará hacer más con menos. Comunicar esto, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, exigirá un esfuerzo didáctico que pondrá a prueba la cintura de la Ministra de Asuntos Exteriores, que sólo responde ante el Presidente del Gobierno.