“Hicarbonato de Hodio” 

En el laboratorio de ideas de la Moncloa prefieren seguir aplicando otra lógica más simple: si algo resulta difícil de digerir, quizá el problema no esté en la comida

El bicarbonato de sodio tiene una función conocida desde hace generaciones. Se toma cuando el estómago protesta, cuando algo se ha atragantado en la digestión. Neutraliza la acidez, calma la sensación de ardor y permite seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No cura el exceso, simplemente lo amortigua. Y es lo que trata de hacer ahora el Gobierno de Pedro Sánchez: amortiguar el atracón de información sobre todos los casos de corrupción que le atascan la boca del estómago. Y para ello anuncia una herramienta desatascadora llamada “Hodio”, aunque la fórmula completa no es otra que “Hicarbonato de Hodio”. 

Porque lo que realmente parece molestarle no es tanto el odio —palabra grave, por cierto— como la acidez que producen determinadas informaciones. Hay noticias y publicaciones que provocan reflujo político. Investigaciones que dan lugar a titulares que producen esa incomodidad digestiva que ningún gabinete de comunicación logra aliviar. Deberían practicar la maniobra de Heimlich, pero parece que esa opción es la última y la dejan para el año que viene, para cuando haya elecciones y entonces no quede otra opción para despejar la vía aérea del paciente. Claro que corre el riesgo de ahogarse antes. 

Investigaciones que dan lugar a titulares que producen esa incomodidad digestiva que ningún gabinete de comunicación logra aliviar

Mientras tanto, en el laboratorio de ideas de la Moncloa prefieren seguir aplicando otra lógica más simple: si algo resulta difícil de digerir, quizá el problema no esté en la comida, sino en quien la sirve. Si un medio publica una información incómoda, el problema no será la información, sino el ambiente en el que circula. Las redes. Y si ese ambiente se llama “odio”, entonces ya tenemos diagnóstico e incluso la medicación adecuada: una herramienta para regular las digestiones difíciles del Gobierno. 

Pero conviene recordar algo elemental: el odio real existe. Y existe en muchos lugares. En la política, en las redes, en la calle. No es patrimonio de una ideología ni de un partido. Tampoco de un solo bando mediático. Aunque desde el Gobierno parecen insinuar que, como el colesterol, hay un odio bueno y otro malo. El bueno sería aquel que coincide con la narrativa oficial. El que se expresa en determinadas manifestaciones, en ciertas campañas o en algunos discursos que, curiosamente, nunca parecen entrar en el radar del algoritmo de la Moncloa. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: EFE/Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: EFE/Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa.

El odio malo, en cambio, es el que apunta y dispara contra el Gobierno. El que surge de periodistas incómodos, de medios no alineados o de ciudadanos que se permiten la imprudencia de criticar. Ese sí necesita tratamiento. Lo curioso es que, cuando el odio aparece en otras direcciones, la sensibilidad institucional se vuelve sospechosamente selectiva. 

Un ejemplo reciente, aunque pueda parecer olvidado, quedó a la vista durante la última edición de la Vuelta a España. La presencia del equipo israelí provocó episodios de hostilidad pública, protestas agresivas e incluso escenas de intimidación y violencia contra algunos corredores. Un odio explícito, televisado, dirigido contra deportistas cuyo único delito era vestir los colores de un patrocinador vinculado a Israel. 

Un odio explícito, televisado, dirigido contra deportistas cuyo único delito era vestir los colores de un patrocinador vinculado a Israel

El antisemitismo, por cierto, figura desde hace años entre las formas de odio más persistentes en Europa. También en España. Pero aquel episodio no generó grandes alarmas institucionales ni urgencias tecnológicas. Nadie habló entonces de algoritmos capaces de rastrear el veneno que circulaba por las calles. Nadie anunció herramientas para detectar ese odio concreto. Se ve que eso no le generó ningún problema digestivo al Gobierno. 

Al final me van a permitir que llegue a una conclusión: creo que hay solo dos tipos de gobiernos, los que gobiernan y los atragantados. Y el de Pedro Sánchez pertenece claramente a la segunda categoría. Un Gobierno al que se le está haciendo bola haberse aliado con una banda que cada vez se lo pone más difícil, que no le aprueba los Presupuestos y que le tumba cualquier iniciativa. Y todo en medio de una avalancha de casos de corrupción imposible de digerir y que pondría cara de estreñido al más campeón. 

Ya lo decía García Márquez en su novela “El amor en los tiempos del cólera”, cuando recuerda una teoría del médico padrino de Florentino Ariza según la cual “el mundo está dividido entre los que pueden cagar y los que no pueden”. 

A ver si con un poco de “Hicarbonato de Hodio”… 

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