Europa frente al espejo
Alemania viene de una crisis política sin precedentes desde la posguerra y su canciller llegó al cargo con la economía en recesión técnica y el consenso político roto
El canciller alemán Friedrich Merz aterrizó en Berlín tras cuatro días en China y, todavía con el jet lag impreso en la mirada, hizo algo que los políticos europeos han evitado durante años con notable disciplina: dijo lo que pensaba. “Simplemente ya no somos suficientemente productivos”, declaró ante su audiencia.
El vídeo se viralizó de inmediato. No porque el diagnóstico fuera una revelación –llevamos una década leyendo exactamente eso en los informes de la OCDE, el BCE y la Comisión Europea– sino porque hay algo extrañamente perturbador en escuchárselo decir a alguien que gobierna de verdad, sin el colchón de los eufemismos ni la red de seguridad de las comisiones técnicas. No es el mensaje político más conveniente en un año crucial de elecciones regionales, incluso en un país cuya autoimagen tradicional ensalza la diligencia y el trabajo duro como imperativos morales.
Que Merz haya necesitado volar a Pekín para ver lo que estaba en casa dice algo sobre nosotros. Europa tiene el extraño don de producir diagnósticos impecables sobre sus propias patologías sin por ello curarse de ninguna. El informe Draghi, presentado en septiembre de 2024, era un documento de una lucidez casi dolorosa: hablaba de “desafío existencial”. La prensa lo aclamó. Los líderes europeos asintieron con gravedad. Un año después, el propio Draghi reconocía que todos los problemas que había señalado habían empeorado, y su plan había sido implementado en un once por ciento. Cuarenta y tres recomendaciones ejecutadas de trescientas ochenta y tres. El resto: en progreso, en revisión, o directamente olvidadas.
Ya en los años ochenta, el economista alemán Herbert Giersch acuñó un término que hoy resuena con más fuerza que nunca: euroesclerosis. Endurecimiento del tejido productivo. Rigidez donde debería haber flexibilidad. Incapacidad de adaptarse cuando el mundo cambia de velocidad. Hoy Europa arrastra la misma tendencia a transformar cualquier urgencia en un comité, cualquier amenaza en un libro verde, cualquier crisis en un plan estratégico quinquenal. La respuesta de China es lanzar el programa mañana y ajustar a la semana siguiente. Una asimetría de velocidad, de tolerancia al riesgo, de capacidad de ejecución.
Los números corroboran la intuición. La cuota europea en el PIB mundial ha caído del 30% por ciento en 1980 a menos del 15% en 2025. Cinco empresas estadounidenses invierten cada año más en I+D que todo el sector público de cualquier país europeo por separado. El sector de la IA en Europa vale menos de una centésima parte del estadounidense.
España, por su parte, ha presumido en los últimos trimestres de ser la economía más vigorosa de la zona euro, con crecimientos del PIB cercanos al tres por ciento
La productividad laboral alemana —el país que lidera la economía continental y cuyo canciller acaba de dar el diagnóstico— lleva estancada desde 2017 y cayó en 2023. No es una crisis coyuntural: es la fotografía de un modelo que ha dejado de funcionar con la misma eficiencia con la que funcionó cuando lo construyeron.
España, por su parte, ha presumido en los últimos trimestres de ser la economía más vigorosa de la zona euro, con crecimientos del PIB cercanos al tres por ciento. Pero una parte sustancial de ese crecimiento descansa sobre la llegada de inmigración, el consumo privado y el gasto público. Es un crecimiento extensivo, no intensivo. La productividad total de los factores en España en 2019 se encontraba prácticamente en el mismo nivel que en 1983: 36 años de crecimiento de la productividad casi nulo (datos de Penn World).
El problema de fondo, aquí y en el resto de Europa, es que fracasar es caro. No solo reputacionalmente sino en todos los sentidos prácticos: regulatorio, laboral, financiero. Las empresas europeas no mueren de mala suerte; mueren aplastadas por el coste de entrar en el mercado, de pivotar, de contratar y despedir. Despedir a alguien en Alemania, Francia o España es cinco veces más caro que en EE. UU (y que en Dinamarca). El capital riesgo europeo es estructuralmente adverso al riesgo porque el sistema no tiene mecanismos eficientes para absorber pérdidas. Los emprendedores que quieren escalar se van a Silicon Valley, a Shanghái o a Singapur. Los que se quedan aprenden a ser medianos y a no intentarlo más.
Merz no tiene la solución. Alemania viene de una crisis política sin precedentes desde la posguerra y su canciller llegó al cargo con la economía en recesión técnica y el consenso político roto. Sus palabras sobre la jornada laboral y la conciliación irritarán a sindicatos y progresistas, que leerán en ellas un ataque al Estado del bienestar, y en parte tendrán razón: la ecuación no es tan simple como “trabajar más” cuando el problema real es innovar diferente. Implica priorizar la acumulación de capital humano y tecnológico, abordar una reforma integral de los mercados laborales y crear mercados financieros profundos, capaces de canalizar el ahorro privado hacia proyectos productivos, reduciendo la dependencia del crédito bancario.
Pero el valor de la intervención no reside en la solución que propone, sino en el diagnóstico que no evita. Hay momentos en que la política necesita que alguien diga lo que se sabe pero no se dice. No para resolverlo de golpe –los problemas estructurales no se resuelven de golpe–, sino para crear la presión que hace posible el movimiento. La historia reciente de Europa está llena de informes brillantes que no movieron nada porque llegaron sin la urgencia política que los precediera.