Cataluña y el cambio pendiente

Durante años, el independentismo convirtió la política catalana en una maquinaria de confrontación permanente

Cataluña derrotó el procés en 2017, pero aún tiene pendiente derrotar las ideas que lo hicieron posible. Salvador Illa llegó al poder prometiendo pasar página de una década marcada por la ruptura social y el desgaste institucional. Y es cierto que el clima político catalán es hoy menos estridente. Sin embargo, confundir menos ruido con un cambio de rumbo sería un error fatal. Porque el principal problema de Cataluña nunca fue únicamente el procés, sino una determinada visión ideológica que ha ido sustituyendo la libertad, el mérito y la prosperidad por el intervencionismo, la corrupción y la decadencia.

Durante años, el independentismo convirtió la política catalana en una maquinaria de confrontación permanente. Se fracturó la convivencia, se expulsaron miles de empresas y se debilitó la confianza en las instituciones. Pero la alternativa no puede consistir simplemente en administrar las consecuencias de aquel fracaso con un tono más aburrido. Cataluña necesita un cambio más profundo.

Cataluña necesita recuperar una ambición y una confianza en sí misma que hoy parecen adormecidas. La visita del Papa León XIV y la extraordinaria inauguración de la torre de Jesús de la Sagrada Familia han servido para recordarnos que seguimos siendo capaces de impulsar proyectos extraordinarios. Han despertado en muchos catalanes la esperanza de recuperar aquella Cataluña abierta, creativa y universal que durante décadas fue sinónimo de liderazgo y admiración en todo el mundo.

Ese cambio necesario no llegará con el socialismo. Basta observar la orientación de muchas políticas culturales, educativas o lingüísticas para comprobar que buena parte de los planteamientos siguen siendo muy similares a los que impulsaron los gobiernos nacionalistas. Persiste una visión poco plural de Cataluña, donde las instituciones continúan utilizándose con frecuencia para promover una determinada identidad política y cultural en lugar de representar la diversidad real de la sociedad catalana. La Cataluña bilingüe, abierta y plural sigue sin sentirse plenamente reconocida por unas élites demasiado acostumbradas a pensar en términos poco cívicos.

El mismo intervencionismo que fracasó en la cuestión nacional está fracasando también en la economía, la vivienda, la seguridad y los servicios públicos. Cataluña se ha convertido en un laboratorio de experimentos ideológicos cuyos resultados son cada vez más evidentes. La vivienda es probablemente el ejemplo más visible. Se prometió que la hiperregulación, los controles y las imposiciones abaratarían los alquileres, pero la realidad está siendo exactamente la contraria: más inseguridad jurídica y, por lo tanto, menos oferta y mayores dificultades para que jóvenes y familias accedan a una vivienda.

Las instituciones continúan utilizándose con frecuencia para promover una determinada identidad política y cultural

La elevada presión fiscal refleja la misma lógica. Cataluña lleva años situándose entre los territorios con mayor carga tributaria de España y, sin embargo, los ciudadanos no perciben unos servicios públicos acordes al esfuerzo que realizan. Se pagan más impuestos, y resulta cada vez más difícil ahorrar, desarrollar un proyecto empresarial o llegar a fin de mes. Mientras otras comunidades compiten por atraer talento e inversión, Cataluña continúa instalada en una cultura política que mira con sospecha la creación de riqueza y considera el éxito económico un problema más que una oportunidad.

Las empresas lo perciben con claridad. Miles abandonaron Cataluña durante el procés y prácticamente ninguna ha regresado. Lejos de revertirse, la pérdida de atractivo económico continúa siendo real. Las empresas no toman decisiones en función de los discursos, sino de las expectativas. Y cuando encuentran burocracia, inseguridad jurídica, presión fiscal elevada y un clima político poco favorable a la iniciativa privada, buscan otros lugares donde invertir. No existe “prosperidad compartida” sin riqueza previamente creada.

Algo similar ocurre con la seguridad y el civismo. Muchos catalanes tienen la sensación de que se ha normalizado lo que nunca debería haberse normalizado: la okupación ilegal, la multirreincidencia o la degradación del espacio público. Barcelona se ha convertido en el epítome de este deterioro. Durante demasiado tiempo, una parte de la izquierda confundió empatía con permisividad y garantismo con impunidad. Y quienes más sufren las consecuencias son precisamente las clases trabajadoras y los vecinos de los barrios más humildes, que conviven cada día con problemas que otros analizan desde la distancia.

Miles abandonaron Cataluña durante el procés y prácticamente ninguna ha regresado

Tampoco la sanidad y la educación escapan a esta dinámica. Cataluña fue durante décadas una referencia de buena gestión y excelencia institucional. Hoy demasiados ciudadanos sufren listas de espera interminables, dificultades de acceso a servicios básicos y una pérdida progresiva de calidad educativa. La hipertrofia burocrática, la política identitaria y la falta de evaluación de resultados han ido desplazando poco a poco la cultura de la excelencia, y resignándose a la mediocridad.

Cataluña no necesita administrar mejor la decadencia. Necesita volver a creer en sí misma. Volver a ser una tierra abierta, emprendedora y ambiciosa. Una sociedad que premie el esfuerzo, atraiga talento, genere oportunidades y vuelva a liderar. La Cataluña que era un motor económico del sur de Europa no era fruto de la subvención ni de la tutela permanente de la política. Era fruto de la libertad, del trabajo bien hecho y de la confianza en las capacidades de sus ciudadanos. Recuperar ese espíritu es el verdadero cambio pendiente.

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