Costa Concordia

Con los indultos, Sánchez pretende impulsar de nuevo al PSC tras la tormenta del 155 en un escenario de diálogos ficticios que pueden llevar a consecuencias fatales para el país

Pedro Sánchez saludando a Pere Aragonès (ERC) minutos antes de la primera reunión de la mesa del "conflicto catalán" en el Palacio de la Moncloa, el 26 de febrero de 2020 | EFE/Archivo
Pedro Sánchez saludando a Pere Aragonès. EFE/Archivo

Las alegorías naúticas dan mucho de sí en ese ejercicio de sentimentalidad que algunos denominan política catalana, prolija en glosas a buenos vientos y barcas nuevas, singladuras a Ática, y a algún que otro timón con abolengo.

Quizás por eso Miquel Iceta haya convencido a Pedro Sánchez de que emule al capitán del Costa Concordia, acercándose peligrosamente a la orilla, a pesar del evidente mar de fondo.

Impasible frente al riesgo de encallar irremisiblemente, Sánchez se ha puesto a capitanear su particular Barco del Amor, convencido ahora de que Cataluña es un crucero cuyos pasajeros se dividen entre personas y personalidades, teniendo estas últimas barra libre y derecho a no pagar la factura del último naufragio que ellos mismos causaron.

A Sánchez no le importa mucho sacar de en medio cuantas piedras en el camino haga falta, porque de lo que se trata no es de perdonar a nadie, sino de hacerse perdonar para que los marineros del PSC puedan fondear tras la tormenta del 155, y aspiren a sacar suficientes votos en Cataluña para que él tenga mayoría en Madrid, jugada de la que depende toda suerte de agentes sociales perciban los euromillones que se les ha prometido.

Así que, echando pelillos a la mar, estas personalidades impenitentes, como buenos trapecistas con red que son, gozarán también del privilegio de sentarse a la mesa del capitán, cuyas sobremesas estarán amenizadas por largas tertulias en las que estos pasajeros gratis total podrán fingir que dialogan mientras monologan sobre su derecho a autodeterminarse.

Todo ello ante la mirada ausente del capitán y de algún invitado especial, a ser posible un mediador internacional, gracias a cuya presencia relatora las susodichas personalidades saldrán en la foto como representantes de un sujeto de derecho soberano, que habla de tú a tú su derecho a decidir con los representantes de otro sujeto de derecho soberano encantados de donarles su libra de carne.

Naturalmente, el riesgo que corre Sánchez es el mismo que llevó al infortunio al infame capitán del Costa Concordia, esto es, dejarse llevar por la vanagloria del momento embelesado por los cantos de sirena de Pere Aragonès y su lirismo mágico de referéndum y amnistía, para terminar hundiendo un barco en el que solo hay botes salvavidas para los de siempre.

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Santiago Mondéjar