Viaje al final de la derecha del PP 

En los ojos de Alberto Núñez Feijóo  se adivina, no tanto la preocupación por gobernar con Vox, sino la nostalgia de no poder hacerlo como lo hizo en Galicia:

Cada cierto tiempo, tanto la derecha como la izquierda entran en fases saturnianas, proclives a la melancolía, la introspección y el agotamiento, como consecuencia de la aparición de nuevos fenómenos políticos. La crisis económica de 2007 fue caldo de cultivo de la denominada “izquierda verdadera”, que dio forma a Podemos en España y al partido MéRA (Frente Europeo Realista de Desobediencia) en Grecia. Del mismo modo, la irrupción de Vox, con posibilidades reales de gobernar, viene impulsada por la necesidad -según sus defensores de restablecer el orden tanto político como moral, cuya máxima expresión la tenemos en las figuras de Orbán en Hungría, Meloni en Italia, Trump en Estados Unidos o Marine Le Pen en Francia, frente a lo que consideran las políticas “woke” de la izquierda.  

Se trata de fenómenos que generan inquietud, sorpresa e incredulidad, pero, sobre todo, una cierta impotencia al no saber cómo combatir a nuevas fuerzas políticas que desplazan a las tradicionales o incluso las sustituyen, como sucede en Francia, donde la derecha y la izquierda clásicas han sido reemplazadas por Reagrupación Nacional (RN) o por La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon. 

Es el turno de la derecha española

Ahora le toca a la derecha española, y en concreto al PP, observar cómo Vox va ocupando su espacio político y ganando votos tanto de la derecha como de la izquierda para intentar convertirse en la fuerza hegemónica del bloque conservador. Vox, que se autodenomina “la derecha patriótica” o “la derecha sin complejos” busca, no solo ocupar el espacio político y electoral del PP, sino también propiciar que el viaje de éste hacia una derecha liberal, cosmopolita, abierta, democrática, europeísta y social llegue a su fin. 

En los ojos de Alberto Núñez Feijóo  se adivina, no tanto la preocupación por gobernar con Vox, sino la nostalgia de no poder hacerlo como lo hizo en Galicia: la nostalgia del soberano que sabe que reina sin gobernar, que lo hace asumiendo los principios y convicciones de otros. La lucha del PP durante los últimos cinco años por no ser atraído y devorado por el ascenso político, sociológico e incluso psicológico de Vox en la sociedad española certifica que las fuerzas para resistirse a los pactos de gobierno son cada vez más débiles. 

Cada nueva elección en Extremadura, Aragón y, dentro de pocas semanas, en Castilla y León certifica el hundimiento del PSOE proporcionalmente a la consolidación de la fortaleza de Vox. Y, en medio de ambos, se encuentra el PP, ganando elecciones al tiempo que constata que no habrá futuro de gobierno sin Vox si quiere llegar al Palacio de La Moncloa.  

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