Donde acaba la esperanza empieza Ucrania

Ucrania se desvanece entendida como espacio de resistencia y emerge como espacio para una necesaria negociación

Uno de los rasgos más dolorosos de la guerra en Ucrania es la pérdida progresiva de la relevancia del espacio físico donde se desarrolla. Las ciudades que se debían proteger de los ataques rusos con el apoyo de los aliados de Ucrania son ahora ciudades destruidas que hay que evacuar tras los bombardeos. La determinación de Occidente para detener a la Rusia de Putin se ha centrado en ir incrementando sanciones económicas para doblegar su voluntad de conquista.

Muchos se preguntan qué más debe suceder, tras ver los miles de muertos ucranianos en las calles, para que occidente se implique militarmente en contener el avance ruso. Se preguntan cuáles son las razones por las que Occidente prioriza conducir el conflicto al colapso económico y político de Rusia y no conseguir derrotar a su ejército. La doctrina europea, norteamericana y china se centran en la autocontención para evitar una escalada militar que no pueda detenerse una vez iniciada.

Dicha doctrina plantea la necesidad de negociar con Rusia para acabar el conflicto sin implicarse directamente para evitar romper cualquier posibilidad futura de acuerdo. Esta estrategia implica el final de la Europa de las esperanzas que se forjó durante el siglo XX y que desembocó en la primera y la segunda Guerra Mundial, entre otros conflictos bélicos. La esperanza que se fraguó en la mente de estadistas, ciudadanos y artistas, basada en que se podía cambiar el mundo, la revolución rusa, o la esperanza en un mundo nuevo, que forjó los populismos y totalitarismo bélico de Alemania e Italia que debían conducir a un nuevo orden; la esperanza que dio forma a la independencia de Argelia con miles de muertos; la esperanza de acabar con el tirano y la esperanza de que un nuevo tirano solucionaría los problemas de un país o el mundo.

En el fondo, el hecho de que Europa no se implique en la guerra plantea el fin de la esperanza como factor negativo de la vida y evolución de los países. Al no entrar en guerra, Europa advierte que no pagará el precio de alimentar una esperanza, la liberación y derrota de Rusia, que provocaría un mayor derramamiento de sangre del que se intenta combatir. Mientras Zelensky apela a la conciencia de los europeos para que se impliquen más con el fin de mantener viva la esperanza de que Ucrania pueda vencer a los rusos si Europa entra en la guerra, los países occidentales le piden que abandone toda esperanza por el bien de Ucrania y del mundo.

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Vladimir Putin, presidente de Rusia./EFE

La esperanza que se busca combatir es la que lleva a los hombres a no tomar conciencia de que han perdido aquello que anhelan; la esperanza negra es un pozo del que muy difícilmente se sale. Europa, al limitar la solución a una salida negociada con Rusia, plantea que la cuestión no es ganar la guerra sino salir de ella. La guerra de Ucrania supone el fin de los héroes del pasado que llevaban a sus pueblos a un callejón sin salida como consecuencia de sus actos heroicos. Europa quiere limitar el mal que implica una actitud política que proclama a su pueblo que la victoria es posible cuando todo señala que es más razonable capitular y rendirse a la evidencia de que está capacitado para ganar la guerra.

No es que Europa abandone a Ucrania. Es intentar que Zelensky abandone la estrategia de alimentar la esperanza a su pueblo, implicando a otros pueblos de una ansiada victoria frente al ejército ruso. No se trata de cinismo por parte de Europa, sino de haber entendido, por trágico e insoportable que pueda resultar, que los conflictos, en el presente y futuro, no pueden estar en manos de esperanzas ilusorias que conducen a grandes errores y generan en las personas la ilusión de que pueden resistirse o avanzar porque siempre queda una última posibilidad, una última esperanza para que todo pueda cambiar a su favor.

La razón por la que, a medida que avanza la guerra, Europa intenta acabar con el conflicto en la mesa de negociación y no en el espacio físico donde éste se desarrolla es para evitar la tentación de pensar, como ocurrió tantas veces en el pasado, de que las cosas se pueden resolver estando al lado de la historia, apelando al honor, las convicciones y el deseo de vencer el mal. La guerra en Ucrania envía un mensaje nítido a los conflictos bélicos que se pueden producir en el futuro: serán los tecnócratas, los estadistas y los diplomáticos quienes darán con la solución y no los antiguos héroes. Por esta razón Ucrania se desvanece entendida como espacio de resistencia y emerge como espacio para una necesaria negociación.

Fèlix Riera