El fracaso de la izquierda ritual

Sorprende que el PSOE no haya sabido prever que en tiempos de crisis el peso del centro se polariza a los extremos, y haya atado su destino a quien solo vive de la confrontación

La suerte que ha corrido la izquierda en las elecciones a la Asamblea de Madrid tiene bastante en común con la desilusión que sufrían los habitantes de la Melanesia, cuando los rituales propios del «culto al carguero» que profesaban con fervor no trajeron a los isleños las fortunas que anticipaban. Este culto surgió de la creencia en que estableciendo una serie de ritos y parafernalia, a imitación del operativo para el aterrizaje de los cientos de aviones de carga estadounidenses que arribaban a Papúa durante la Segunda Guerra Mundial, volverían a alcanzar los niveles de prosperidad que habían gracias al tráfico de mercancías norteamericano.

En el caso del PSOE de Madrid, el chasco es doblemente penoso, por lo ridículo que resulta que un partido fundado por un Pablo Iglesias el antiguo hace casi 150 años haya siquiera considerado que hacer de comparsa de la izquierda ritual de Pablo Iglesias el moderno, contraponiendo una antigüedad viscosa a la modernidad líquida de los tiempos pandémicos, les podría poner a punto de tocar el cielo. Lejos de esto, Gabilondo se ha quedado en tierra, oficiando la lectura del testamento político de Podemos.

Sorprende que el PSOE, que es una institución tanto como un partido, y que en tiempos tuvo cabezas lo suficientemente bien amuebladas para inteligir la realidad nacional y el espíritu de los tiempos, no haya sabido ver que en toda situación de crisis sistémica, como la que padecemos, el peso del centro tiende a desplazarse hacia los extremos, por lo que no es una buena idea vincular tu suerte a la de quien sólo sabe vivir en la polaridad, a menos que anheles quedar al margen del tablero de juego.

Pero evitar este corrimiento de tierras para ocupar la centralidad requiere una solidez, y un peso específico que no se improvisan en dos tardes de brainstorming. Los partidos de Gobierno tienen dos obligaciones: venir con los deberes hechos, y llorados de casa.

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), el candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo y la ministra de Industria, Reyes Maroto, durante el acto de cierre de campaña que los socialistas celebran hoy domingo en el auditorio parque forestal Entrevias. EFE/Fernando Villar

Por supuesto, la falta de ideas de la socialdemocracia contemporánea, y su incapacidad para articular las pocas que atesoran, para hacerlas relevantes a lo que queda de la clase media, no es exclusiva del PSOE: el aumento del endeudamiento público, característico de las sociedades desindustrializadas posteriores al «Consenso de Washington», tiene como efecto inmediato el colapso de los ingresos públicos, lo que, acoplado a la desaceleración del crecimiento económico que trae la devaluación de los salarios y la precarización del empleo, hace inviable presentar un programa político expansivo.

La falta de ideas de la socialdemocracia contemporánea, y su incapacidad para articular las pocas que atesoran, para hacerlas relevantes a lo que queda de la clase media, no es exclusiva del PSOE

Máxime cuando ni tan sólo se tiene el control de la política fiscal y monetaria, como es nuestro caso, y se nos exige desmantelar la sociedad a cambio del privilegio de endeudarnos.

Elaborar programas democristianos y socialdemócratas para estos tiempos que nos ha tocado vivir no es tarea baladí. Los retos del mundo actual son formidables, que requieren nuevas formulaciones para las políticas sociales, la justicia, la dignidad, el bienestar, el empleo y las relaciones sociales, en esta modernidad resbaladiza y sin asideros.

Pero esa es precisamente la razón por la que son necesarios los partidos de Gobierno; si formular soluciones viables e inspiradoras fuese fácil, las podría plantear cualquiera; hasta la ambiciosa generación de politólogos de cenáculo que ha llevado a Ciudadanos a la insignificancia.

Pero un partido político es algo un poco más serio que una agencia de mercadotecnia, y no se puede hacer política empezando la casa por el eslogan. Porque en definitiva, ocurre igual que con la publicidad repetitiva; al poco, el espectador pierde interés, y los publicistas, a falta de propuestas motivadoras, recurren a denigrar al oponente, cruzando los dedos para que el contrario le resulte aún menos atractivo al elector que ellos mismos, lo que, a la postre, baja la política al círculo vicioso de la crispación, en el que nadie sale victorioso, y todos perdemos.

El PSOE es lo suficientemente longevo como para recordar adónde llevan las liturgias y rituales de algarada y maniqueísmo. Pero si lo había olvidado, los resultados de Madrid le harán ver que un buen número de votantes es mucho menos adanista y amnésico de lo que creen los asesores políticos, y no están por la labor de repetir la historia, ni siquiera como farsa.