No a la guerra, ¿cuántas veces quiere que se lo repita?
El problema de Sánchez es que quiere ocupar simultáneamente dos lugares: el del dirigente responsable que cumple con los compromisos del bloque occidental y el del «enfant terrible» que mira con desdén ese mismo mundo
Desde que gobierna Pedro Sánchez, los españoles hemos aprendido que, cuando el presidente formula una negativa con marcado y repetido énfasis, debemos esperar un tiempo prudencial antes de tomárnosla en serio. Por ejemplo: cuando dijo que nunca pactaría con Bildu. ¿Cuántas veces quiere que se lo repita? Y claro, a ver quién es el guapo (más que él es imposible) que se atreve a poner en duda una afirmación semejante, dicha sin pestañear. Hasta que no le quedó otra, si quería ir a la Moncloa, que pactar con Bildu. No les voy a repetir una historia que todos ustedes saben de sobra.
Esta semana nuestro presidente ha dicho «no a la guerra» con la misma rotundidad que dijo «no a Bildu». A priori, las dos han sido consignas cómodas, porque, de la misma manera que nadie aceptaba que hubiera que pactar con los herederos de ETA para llegar al Gobierno, muy pocos están a favor de ir a la guerra porque sí. No son causas populares que te den votos. Todo lo contrario. Lo normal es ponerse serio y decir «NO» con firmeza: por ahí no paso. Que, como diría José Mota, «luego ya si eso yo ya…».
Así que la escena de la comparecencia de Sánchez sobre la guerra de Irán tiene algo de representación tragicómica. Se presenta como el portavoz de una conciencia pacifista, casi como un eco tardío de aquellas manifestaciones contra la guerra de Irak, mientras casi simultáneamente ordenaba el envío de buques de la Armada a la zona oriental del Mediterráneo, con despliegues en torno a Chipre y otros puntos estratégicos. No es una decisión extraordinaria dentro del marco de la OTAN o de los compromisos internacionales de España. Es, simplemente, la política exterior de un país miembro de una alianza militar.
El problema de Sánchez es que quiere ocupar simultáneamente dos lugares: el del dirigente responsable que cumple con los compromisos del bloque occidental y el del «enfant terrible» que mira con desdén ese mismo mundo para seducir a una izquierda que aún cree posible vivir al margen de él. La metáfora que mejor describe esta escena quizá sea la de un adolescente sentado en la mesa de los adultos. Se enfada con convicción, protesta contra las reglas del mundo y proclama principios absolutos. Pero al final de la cena descubre que tendrá que pagar su parte de la cuenta como los demás.
Sánchez parece querer hablar a dos auditorios distintos, con discursos distintos y contradictorios, y que ambos le den la razón. A sus socios comunistas e independentistas les ofrece la retórica anti-Trump más antibelicista y, al mismo tiempo, actúa como lo que España sigue siendo: un país integrado en una estructura militar y estratégica que exige compromisos concretos.
Sánchez parece querer hablar a dos auditorios distintos, con discursos distintos y contradictorios
No es una contradicción nueva en la política europea. Pero en el caso español se presenta con una intensidad particular porque el presidente parece empeñado en teatralizarla. El mundo atraviesa un momento de inestabilidad evidente y no está para puestas en escena como las del presidente español, que solo busca votos y alejar la mirada de los problemas de corrupción que le rodean.
Nadie quiere guerras. Esa es la parte sencilla de la frase. La parte más incómoda consiste en admitir que el deseo no basta para evitarlas. Y ahí es donde la retórica pacifista tropieza con la realidad de las alianzas, las amenazas y las responsabilidades compartidas. España no decide sola ese tablero. De hecho, cada vez pesa menos en él. Pero sigue formando parte de un bloque que exige algo más que declaraciones.
La paradoja es que el presidente parece intuirlo perfectamente. Por eso los barcos salen hacia el Mediterráneo mientras la consigna pacifista se repite en casa. «No a la guerra», insiste. Pero solo la puntita. La frase funciona bien en el escenario doméstico. Permite ocupar el espacio simbólico de la izquierda más utópica, esa que sigue imaginando que basta con declararse en contra de los conflictos para quedar al margen de ellos.
Pero el mundo no suele respetar demasiado esas declaraciones de principios. Pedro Sánchez lo sabe. Como supo, en su momento, que gobernar exigía pactar con quienes había prometido no pactar jamás. El problema de interpretar permanentemente el papel del «enfant terrible» es que llega un momento en que el público descubre algo que es más viejo que el hilo negro: el niño terrible se la tiene que envainar cuando se impone la realidad.
«No a la guerra», dice el presidente. Y mientras tanto, las fragatas ya están navegando.