Europa, la economía de los cuidados y la maldición de Baumol
El gasto ligado al envejecimiento pasará del 24% al 26% del PIB europeo de aquí a 2070, según datos de la Comisión Europea
Imaginemos Europa dentro de cuarenta años: una enfermera cambia un gotero al mismo ritmo que en 1975, mientras un algoritmo diseña nuevos fármacos en pocos segundos.
La inteligencia artificial promete un salto de productividad enorme. Pero Europa, y en particular España, concentra buena parte de su actividad justo donde ese salto no llega: los cuidados, el turismo y la administración pública. El gasto ligado al envejecimiento pasará del 24% al 26% del PIB europeo de aquí a 2070, según datos de la Comisión Europea.
Según las proyecciones de Eurostat, uno de cada cuatro ciudadanos de la UE tendrá más de 65 años en 2030. El turismo aporta entre una décima y una quinta parte del PIB en España, Italia o Grecia. Y el sector público emplea a una quinta parte, o más, de la fuerza laboral en buena parte del continente.

Ninguno de estos sectores escala como un chip o un modelo de lenguaje. Un viñedo familiar de la Toscana no duplica su cosecha porque exista la IA; una maestra de primaria no enseña el doble de rápido; una geriatra no puede atender a dos ancianos a la vez.
Mientras el resto de la economía acelera, estos sectores pagan salarios crecientes sin ganar productividad. Esto es lo que conocemos como la enfermedad de los costes de Baumol. Cuando una parte del trabajo se dedica a tareas sin margen de mejora técnica, mientras el resto de la economía sí mejora, el precio relativo de esas tareas sube.
La inteligencia artificial promete un salto de productividad enorme
Pero hay un matiz que conviene explicar. Baumol describe lo que ocurre cuando esas tareas se convierten en trabajo de mercado, algo que se compra y se vende. Si en cambio se producen como forma de ocio —una hija que peina a su madre, una pareja que se cuida mutuamente una contractura, un vecino que enseña fútbol a los críos del barrio— la tecnología puede mejorar esa experiencia sin que entre nunca en la contabilidad nacional ni encarezca los precios.
Y ahí aparece la verdadera paradoja demográfica europea: el problema no es necesariamente que haya más abuelos, sino que vivan cada vez más solos e institucionalizados, separados de una familia extensa que antes recibía su ayuda con la crianza y las tareas domésticas a cambio de compañía y cuidado. Cuando ese intercambio se rompe, lo que era tiempo de ocio compartido se convierte, de golpe, en gasto sanitario contabilizado.
Si este diagnóstico es correcto, la política fiscal debería dejar de tratar el cuidado familiar como un asunto privado y empezar a tratarlo como infraestructura: vivienda pensada para la convivencia multigeneracional en lugar de urbanismo que aísla a los mayores en residencias periféricas, deducciones fiscales al cuidado informal, etc.
Holanda, por ejemplo, permite instalar una vivienda auxiliar en la misma parcela para un padre dependiente sin pasar por el trámite completo de licencia de obra. La alternativa es una Europa cada vez más rica en máquinas y cada vez más pobre en lo único que, de momento, ninguna IA puede sustituir: la disposición a cuidarnos los unos a los otros.