«First We Take Manhattan, Then We Take Berlin»

Muchas de las respuestas que propone la izquierda radical parecen pertenecer a una época que ya no existe

Las recientes elecciones en Berlín han reforzado una tendencia política que se observa en numerosas democracias occidentales: la creciente erosión de los partidos moderados y el desplazamiento de votos hacia fuerzas situadas en los extremos del espectro político. Durante años, la atención pública se ha concentrado casi exclusivamente en el avance de la derecha populista y nacionalista. Sin embargo, los resultados alemanes recuerdan que la radicalización no es un fenómeno exclusivo de una sola corriente ideológica.

El éxito de Die Linke en la capital alemana representa mucho más que una simple alternancia política. Refleja el desencanto de una parte importante de la ciudadanía con los partidos tradicionales y la búsqueda de respuestas consideradas más contundentes frente a problemas complejos como la vivienda, la inmigración, el coste de la vida, la pérdida de competitividad económica o la sensación de incertidumbre que domina buena parte de Europa.

Pero esta evolución obliga también a examinar algunas de las contradicciones que siguen presentes en determinados movimientos de izquierda radical que aún mantienen una influencia significativa en la Península Ibérica.

Portugal y España conservan organizaciones políticas cuyas raíces ideológicas nacieron en un contexto histórico profundamente distinto al actual. Fueron concebidas para una época marcada por la industrialización clásica, la confrontación entre bloques durante la Guerra Fría y la existencia de modelos económicos alternativos al capitalismo liberal. Sin embargo, muchas de sus referencias doctrinales permanecen sorprendentemente inalteradas a pesar de que el mundo ha cambiado radicalmente.

Se presentan como vanguardia del progreso mientras continúan defendiendo conceptos económicos formulados hace más de un siglo.

Resulta paradójico comprobar cómo algunos de estos movimientos se presentan como vanguardia del progreso mientras continúan defendiendo conceptos económicos formulados hace más de un siglo. En una economía dominada por la inteligencia artificial, la digitalización, los activos intangibles, la innovación tecnológica y las cadenas globales de valor, siguen proponiéndose recetas basadas en una visión esencialmente industrial y estatalista de la creación de riqueza.

La principal incoherencia se encuentra precisamente en la economía. El crecimiento económico contemporáneo depende cada vez más del conocimiento, del emprendimiento, de la innovación y de la capacidad para atraer talento e inversión. Sin embargo, una parte de la izquierda radical continúa interpretando la riqueza desde una lógica de confrontación permanente entre capital y trabajo, como si el mundo empresarial siguiera respondiendo a los esquemas de la Revolución Industrial.

La realidad actual es mucho más compleja. Las principales empresas del mundo ya no poseen necesariamente grandes fábricas ni enormes cantidades de maquinaria. Su valor reside en el conocimiento, en las marcas, en los algoritmos, en la propiedad intelectual y en los efectos de red. Frente a este escenario, muchas de las respuestas que propone la izquierda radical parecen pertenecer a una época que ya no existe.

Otra contradicción aparece en el ámbito internacional. Numerosas organizaciones de izquierda radical mantienen una actitud extremadamente crítica hacia las democracias liberales occidentales mientras muestran una notable indulgencia hacia regímenes autoritarios que desafían a Occidente. Esta tendencia se ha hecho especialmente visible en los últimos años ante conflictos internacionales que han puesto a prueba la coherencia de los discursos políticos.

Existe una cierta dificultad para reconocer que la democracia liberal, con todas sus imperfecciones, sigue ofreciendo niveles de libertad política, pluralismo, independencia judicial y protección de los derechos individuales que no tienen equivalente en la mayoría de los sistemas autoritarios que algunos sectores consideran contrapesos legítimos al orden occidental.

Con frecuencia muestran una tolerancia limitada hacia quienes discrepan de determinadas posiciones ideológicas.

No menos llamativa es la contradicción cultural. Estos movimientos reivindican de forma permanente la diversidad, la inclusión y el respeto a las diferencias. Sin embargo, con frecuencia muestran una tolerancia limitada hacia quienes discrepan de determinadas posiciones ideológicas. La expansión de la llamada cultura de la cancelación, la presión hacia la uniformidad de pensamiento y la deslegitimación moral del adversario político constituyen fenómenos cada vez más visibles en universidades, medios de comunicación y espacios culturales.

La democracia liberal no se construye sobre la unanimidad. Se sostiene precisamente sobre la capacidad de convivir con opiniones opuestas. Cuando el debate es sustituido por la descalificación y la discrepancia pasa a interpretarse como una amenaza moral, la calidad democrática inevitablemente se resiente.

El auge de estas formaciones no puede entenderse únicamente a partir de sus propuestas. Debe analizarse también como consecuencia del fracaso de los partidos tradicionales para ofrecer respuestas convincentes a las preocupaciones de los ciudadanos. Allí donde el centro político deja de representar soluciones creíbles, los extremos encuentran terreno fértil para crecer.

Lo ocurrido en Berlín forma parte de una tendencia más amplia que atraviesa Europa. A la derecha emergen movimientos nacionalistas y soberanistas. A la izquierda resurgen proyectos que recuperan postulados económicos y culturales que parecían haber quedado atrás tras la caída del Muro de Berlín. Ambos fenómenos se alimentan mutuamente y ambos prosperan gracias al debilitamiento de las fuerzas moderadas.

Resulta significativo que muchos debates que hoy reaparecen con fuerza parecieran definitivamente superados hace apenas dos décadas. La discusión sobre nacionalizaciones, planificación económica, control estatal de sectores estratégicos o confrontación estructural entre clases sociales regresa en un momento histórico marcado precisamente por la revolución tecnológica, la globalización y la competencia internacional por el conocimiento.

La famosa frase de Leonard Cohen, «First We Take Manhattan, Then We Take Berlin», adquiere así una inesperada dimensión simbólica. No porque describa un programa político, sino porque parece ilustrar la creciente influencia de corrientes ideológicas que encuentran en las grandes ciudades occidentales su principal laboratorio de experimentación política y cultural.

Sin embargo, el verdadero desafío para Europa no es el ascenso de una fuerza política concreta. El reto consiste en reconstruir la confianza de los ciudadanos en proyectos capaces de combinar libertad económica con cohesión social, crecimiento con equidad y reformas con estabilidad institucional.

La historia demuestra que cuando el centro democrático se debilita, los extremos ocupan inevitablemente el espacio vacío. Y cuando la política deja de buscar soluciones pragmáticas para abrazar visiones ideológicas rígidas, el riesgo no es únicamente la polarización. Es también la pérdida de la capacidad colectiva para afrontar los enormes desafíos que Europa tiene por delante.

En un mundo marcado por la competencia geopolítica, el ascenso de las autocracias, la revolución tecnológica y la incertidumbre económica, el continente necesita más realismo y menos nostalgia ideológica. Porque los problemas del siglo XXI difícilmente encontrarán respuesta en fórmulas concebidas para los conflictos del siglo XX.

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