¿Hacia dónde se dirige Pablo Iglesias?

Aunque el PSOE tiene mil razones para expulsar a Podemos, como sus boicots constantes a Sánchez y a los ministros socialistas, es previsible que aguanten hasta el fin de legislatura porque son el intermediario con el independentismo

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El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, en un acto de campaña de En Comú Podem para las elecciones catalanas / EFE

Acaba de ver la luz un manifiesto de unos 200 políticos, ex o en activo, e intelectuales, titulado Cesar en la infamia. Pablo Iglesias debe ser destituido. El manifiesto no es para nadie de gustos exquisitos. Cualquier español, como el que redacta estas líneas, encontrará nombres con los que políticamente se identificaría; otros con los que no, y unos terceros que le provocarán incluso rechazo.

Esta realidad es una muestra del profundo disgusto que ha conseguido desencadenar Pablo Iglesias, y su séquito, en una parte importante de la sociedad española, cada vez más numerosa, de ideología variada.

Fruto de ciertos poderes mediáticos, que empezaron presentando como expertos politólogos a los que no eran más que contertulios de bar de facultad (y si alguien lo duda, aconsejo que eche una mirada al CV del iluminado líder, con el que, al parecer, parecía destinado a renovar las ciencias políticas en nuestro país), para después propulsarlos en forma de partido, en un momento clave: unas elecciones europeas, que no despiertan precisamente entusiasmo, y en una situación de desmoralización ciudadana, como consecuencia de la crisis económica de 2008.

Algunos dicen que se decidieron por la política ante las escasas perspectivas que tenían de medrar en la enseñanza superior. A veces pienso que a la universidad española no le venía de unos cuantos mediocres (en el mejor de los casos) más. Y nos habríamos así librado de muchos disgustos.

Cabe decir que los partidos políticos tradicionales se lo habían puesto fácil a esos hacedores de demagogos. El resultado, una equilibrada mezcla de consignas populistas, engreimiento y petulancia, que ha conseguido engrasar una serie de engranajes políticos, haciéndose con parcelas importantes de la estructura política y administrativa española, comenzando por la de la segunda ciudad del país.

La ceguera de una derecha a la que, cada vez más, parece que la nación le viene ancha, y las ansias de poder a cualquier precio de un presidente de gobierno que ha llegado hasta allí con métodos no menos populistas que los aludidos, ha permitido que las huestes podemitas ocupen cinco de las veintitrés carteras del presente ejecutivo, con nepotismo conyugal incluido.

Las zancadillas de Iglesias contra el Gobierno

Desde el primer día, las zancadillas que ha protagonizado Iglesias, y alguno más de su equipo, contra el gobierno del que forman parte, han sido constantes. La guinda quizá sea la del inoperante ministro de Universidades, Castells, que se puede decir que es lo único en lo que ha destacado.

En definitiva, ha habido repetidamente razones para echarlos del ejecutivo a cajas destempladas. Sin embargo cabe reconocer que, en lo que va de año, las puñaladas traperas verbales han aumentado de intensidad y frecuencia, girando fundamentalmente en torno a tejer una aureola de mártires, de una supuesta anormal democracia española, para los políticos catalanes presos o fugados, colocados al mismo nivel que aquellos compatriotas que en el 39 comenzaron un camino de exilio, prisión o incluso muerte.

Juntemos a ello iniciativas legislativas como la ley trans o la despenalización de la apología del terrorismo, que nos harían, según dicen, homologables a las verdaderas democracias. ¿Puede imaginarse alguien que en Francia la justicia no actuaría contra algún rapero, o asimilado, que ensalzara los atentados de Charlie Hebdo o Bataclan?

¿A quién intenta vender UP ese banderín de enganche? Por supuesto que es inimaginable que lo pretenda a unas clases populares sumidas en el pozo de una nueva depresión económica, producto de la pandemia.

Si piensa en congraciarse con los nacionalismos periféricos, en especial el catalán, a lo máximo que pueden aspirar es a actuar de tradicionales compañeros de viaje (“palanganeros” como decía Paco Frutos), a los que se desprecia e insulta cuando procede. Y, si no, que le pregunten a Ada Colau. Su huida hacia adelante solo puede entenderse en términos marcusianos (por Herbert Marcuse), de esperanza en la supuesta capacidad revolucionaria de minorías radicalizadas de la pequeña burguesía.

Pero España no es en absoluto parecida a la California de la década de 1960 y amplios sectores pequeñoburgueses empobrecidos, muy explosivos en situaciones como la actual, pueden sentirse atraídos por un señuelo más de actualidad, Vox.

Probablemente UP mantendrá su poder gubernamental hasta el final de la legislatura. La razón principal es que le resulta muy útil a Pedro Sánchez, como correa de transmisión para conseguir los votos de la morralla localista y nacionalista sobre la que se sustenta. Pero o mucho me equivoco o a Iglesias y los suyos les espera luego la irrelevancia, si no el ostracismo, especialmente si el PP se convence de que competir con VOX le puede resultar letal. Por descontado que Pablo Iglesias y compañía harán mutis dejándonos una pesada herencia.

Probablemente UP mantendrá su poder gubernamental hasta el final de la legislatura. La razón principal es que le resulta muy útil a Pedro Sánchez, como correa de transmisión para conseguir los votos de la morralla localista y nacionalista sobre la que se sustenta

En un país normal, en la circunstancia actual, y en la que se proyecta para unos cuantos años, los grandes partidos nacionales habrían llegado a una especie de “entente cordiale” para evitar que España no corra el riesgo de caer en el sumidero. Pero este no es un país normal. Y no lo es a causa de la falta de calidad de su democracia, sino de la estulticia de la mayoría de sus políticos.