La decadencia catalana a través de la operación de ATLL

Los historiadores escribirán, en el futuro, si realmente Catalunya entró en una gran decadencia desde finales del siglo XX y principios del XXI. Los ciudadanos, ahora, tienen su propia visión. Y es cierto que esos mismos profesionales de la historia siguen líneas distintas de investigación y no llegan a las mismas conclusiones sobre un mismo periodo histórico. El hispanista John Elliot ha discrepado que se pudiera considerar que España entró en una etapa de decadencia en el siglo XVIII. No, lo extraño fue el siglo anterior. Lo sorprendente fue que un país poco poblado y pobre formara un Imperio, tras la conquista de América.

Pero lo que ocurre en los últimos años en Catalunya sí puede llevarnos a pensar que se ha entrado en un terreno pantanoso, con una gestión política caótica, que evidencia que se trata de un país muy plural, sin una clara visión de futuro. Sin saber lo que quiere ser en las próximas décadas. Todo lo que representa Catalunya se puede analizar, curiosamente, con la operación de privatización de Aigües Ter Llobregat.

Las interpretaciones que se pueden hacer sobre los motivos que han llevado al Departament de Territori i Sostenibilitat a adjudicar ATLL al consorcio liderado por Acciona sirven para explicar lo que le sucede a este país.

Una de las explicaciones del auge del movimiento independentista es que las clases medias y los jóvenes se han visto bloqueados en el ascensor social. Y achacan esa circunstancia al establishment catalán, a las grandes corporaciones catalanas, capitaneadas por La Caixa, y por políticos como Josep Antoni Duran Lleida, verdaderamente odiado y vilipendiado en las redes sociales por los más conspicuos soberanistas. Frente a esas grandes empresas, muchas de ellas participadas por La Caixa, como Abertis –recuerden el movimiento nacionalista en contra de los peajes del pasado año– el independentismo reclama democracia para poder elegir el futuro, pero no concreta casi nada sobre el país que le gustaría edificar. Y el establishment, será establishment, pero es realidad, frente a indefinición.

Y resulta que La Caixa, aunque no es el socio mayoritario –lo es la francesa Suez– está en el capital de Agbar, que ha salido derrotada en el concurso de ATLL. Esa decisión, por tanto, deja en la estacada a la compañía que preside Ángel Simón, se ha interpretado como una osadía por parte del Govern de CiU, apoyado por ERC, que ya no cree en ese establishment paralizador de la libertad, y que ha elegido la oferta que ha entendido mejor, tras un accidentado proceso.

Pero la empresa ganadora es el consorcio liderado por Acciona. ¿Cómo puede ser? Esa pregunta se ha formulado en esos mismos círculos nacionalistas, que no entienden como el agua de los catalanes será gestionada por la empresa de José Manuel Entrecanales, un empresario atípico, de los pocos dirigentes empresariales con liderazgo, pero que, qué se le va hacer, es español. Mal asunto, por tanto. Además, Acciona ha contado con algunos inversores catalanes, ¿los nuevos botiflers?

La otra intrepretación, más rebuscada, si quieren, pero más acorde con los nuevos tiempos, sería ésta: “Welcome to Catalonia”. Con un proceso soberanista en marcha una empresa española quiere invertir en Catalunya. ¡Victoria! Al capital no le interesa la nacionalidad, sino si el país funciona. ¡Buena señal!

Sin embargo, aunque quedan algunas incógnitas importantes por explicar, la operación empresarial demuestra algo más sencillo, pero más incómodo de asimilar:

1- La Generalitat está en una situación de gran precariedad financiera. Necesitaba privatizar ATLL, y buscó posibles compradores. El Govern ha cometido errores, porque este tipo de operaciones, la más importante de la Generalitat jamás acometida, por un valor de 1.000 millones de euros, no debe presentar ni una sola duda. Pero el TSJC ya decidirá.

2- La operación ha traslucido, con las interpretaciones políticas, que Catalunya no sabe lo que quiere. Es plural. Tiene un gran potencial para jugar en muchas ligas, pero no quiere renunciar tampoco a España. Sus dirigentes no tienen capacidad de liderazgo, y la ciudadanía comienza a pensar que el mayor objetivo debería ser que la política no les afecte tanto en sus vidas. Es decir, Catalunya sigue instalada entre el estado que quiso ser y la provincia que fue.

Pero, ¿y mañana?