La democracia debe honrar a todas las víctimas

No se puede negar que el Régimen que instauró Francisco Franco fue una dictadura, pero tampoco hay que idealizar la Segunda República. La memoria democrática debe recordar a todas las víctimas

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Miembros de asociaciones memorialistas y en favor de la memoria histórica se han concentrado este domingo, 18 de julio, en las puertas del Congreso para reclamar una condena al franquismo y una ley de memoria democrática coincidiendo con el 85 aniversario de la sublevación militar que inició la Guerra Civil. EFE/Mariscal

Julián Marías -combatiente en el bando republicano- sintetizó el resultado de la Guerra Civil en un artículo titulado Los justamente vencidos; los injustamente vencedores. En pocas palabras, los dos bandos tuvieron su parte de culpa y responsabilidad en la contienda fraticida que asoló España durante tres años. Vayamos a ello. Y vayamos –por usar la terminología hoy al uso- a la Memoria Histórica o Memoria Democrática.

Los buenos y los malos

Nadie puede negar que el general Francisco Franco encabezó y protagonizó un golpe de Estado contra una Segunda República legalmente constituida. Nadie puede negar la dura represión de los vencedores contra los vencidos. Nadie puede negar que el general Francisco Franco instauró en España una dictadura. Un régimen totalitario, por utilizar la definición del sociólogo Juan José Linz.

Poco hay que añadir –según parece- que no sepamos ya de una historia que, contradiciendo el dicho popular, no la han escrito los vencedores (los malos), sino los vencidos (los buenos).

Pero, y si los buenos –cosa que no suele contemplar la historia escrita por los vencidos que dominan el relato de los hechos-también fueran malos. Cosa que no implica que los malos se transformen en buenos. Los malos siguen siendo malos.

Malos disfrazados de buenos

La Segunda República nació con la mancha de ser la consecuencia de unas elecciones municipales en que, en el total de España, ganaron las candidaturas monárquicas. A pesar de ello, habida cuenta de que en las grandes ciudades ganaron las candidaturas republicanas, la República se proclamó unilateralmente por los vencedores en esas ciudades.

La República no tuvo vocación integradora. La izquierda –también, la derecha- no buscó el consenso. El sectarismo se impuso. Lo prueba la Constitución de 1931 –no refrendada- que incorporó elementos programáticos de la izquierda. Un mes después de la proclamación de la República –durante el bienio reformista sustentado por la izquierda-, se suspendieron e incautaron diarios de acuerdo con una Ley de Defensa de la República y una Ley de Orden Público –21 estados de excepción, 22 estados de alarma y 18 estados de guerra- poco amigas de la libertad de expresión.

Vale decir que la aplicación de la Ley -a la manera del caciquismo del XIX- fue de carácter piramidal: del Ministro de Gobernación al Gobernador Civil y de éste al Alcalde.

Una República sin republicanos

Algunos detalles: se disolvió la Compañía de Jesús, la Ley de confesiones y congregaciones religiosas cercenó la libertad de educación, la Ley de reforma agraria confiscó la tierra de los propietarios, la justicia se politizó, el orden público se deterioró gracias a militantes socialistas y comunistas que fueron nombrados delegados policiales.

La guinda: no se aceptó –Revolución de Asturias o golpe de Estado de Octubre de 1934 en Asturias impulsada por el PSOE y la UGT así como golpe de Estado de Lluís Companys del 6 de octubre 1934 desde la presidencia de la Generalitat de Cataluña- el turno pacífico en el gobierno. La Segunda República o la República sin republicanos.

Llega el infierno

El infierno de los buenos que eran malos llegó con el asesinato de Calvo Sotelo –cabeza de la derecha- y el Frente Popular. Quema de iglesias, conventos y edificios religiosos en diversos lugares de España, atentados diarios, asalto de sedes de partidos. El infierno apareció, con toda su crudeza –en los dos bandos en lucha-, durante la Guerra Civil. Insisto: en los dos bandos en lucha.

Las aventuras y desventuras de la Segunda República –“la República fue devorada por el Saturno revolucionario”, sentenció Manuel Azaña-, dividieron y enfrentaron a los españoles. ¿La República? Como dijo el historiador Javier Tusell, “una democracia poco democrática”.

Memoria

No se puede confundir la historia con la memoria. Si la primera manifiesta una voluntad de objetividad, la segunda se caracteriza por una subjetividad selectiva e interesada.

No se puede hablar de la Segunda República como quintaesencia de la democracia y la libertad. No se puede hablar de la Guerra Civil como la quintaesencia de la épica del pueblo –dato: el 90 por ciento de los combatientes de ambos bandos fueron reclutados a la fuerza– contra el fascismo o el comunismo.

No se puede calificar al régimen totalitario del general Francisco Franco como, por decirlo a la manera del historiador Ricardo de la Cierva, un “sistema predemocrático”.

No se puede olvidar la Memoria de ninguno de los individuos que participaron en los dos bandos. La democracia debe honrar a las victimas de la República, la Guerra Civil y la Dictadura. No vale decir que la dictadura ya honró a los suyos. La democracia debe honrarlos a todos.

No se puede manipular la Segunda República y la Guerra Civil en beneficio propio como hacen hoy las izquierdas y los nacionalismos. Una manipulación que, probablemente, intenta blanquear el pasado –algunos, el presente- del PSOE, el PCE y los nacionalismos.

No se puede afirmar -descaradamente: oportunismo presentista de bajo vuelo- que la derecha es la heredera de la dictadura y la izquierda lo es de la buena República. Los golpes de Estado, las checas, el autoritarismo, las purgas, la represión y los fusilamientos son ejecutados por unos y otros. ¿Por qué –entonces- la izquierda se equipara con la República? Porque cree que así impondrá su modelo a una sociedad poco crítica con republicanos e izquierdistas.

No se puede olvidar –como hacen las izquierdas y los nacionalimos- la legislación de la Transición y la democracia al respecto de la Memoria. Ejemplos, entre otros: Prestaciones derivadas de la Guerra Civil para familiares de fallecidos, mutilados y fuerzas e institutos armados de la República (1979), Ley de restitución y compensación a los partidos políticos de bienes y derechos incautados (1998), Protocolo de actuación en exhumaciones de víctimas de la Guerra Civil (2007), Prestaciones relacionadas con la Memoria Histórica (2007) o Ley de víctimas de la Guerra Civil y el franquismo ((2009).

No se puede olvidar, como recientemente señalaba el historiador Pedro Corral en un interesante diálogo con Carmen Martínez Pineda y Vicente de la Quintana, que la Memoria Histórica o la Memoria Democrática “se encuentra en la Constitución de 1978” (Mitos de la República y de la Guerra Civil, 2021)

Volvamos a Julián Marías

El artículo de nuestro filósofo, citado al inicio de estas líneas, apareció publicado por primera vez en el libro La Guerra Civil. ¿Cómo pudo ocurrir? (1980).

En dicho ensayo, Julián Marías afirma que la “guerra no fue inevitable”, pero “lo grave es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: a) Dividir el país en dos bandos. b) Identificar al `otro´ con el mal. c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, `quitarlo´ de en medio (políticamente, físicamente si era necesario)”.

Aquellos eran otros tiempos y hoy no amenaza otra guerra civil. En cualquier caso, haríamos bien en tomar buena nota de la lección de Julián Marías. La historia no puede ni debe repetirse.

Miquel Porta Perales