La era del pesimismo: el 11-S, veinte años después

Es pronto para declarar el declive de Occidente. Pero demasiadas señales apuntan a que ahí nos veremos en los próximos 10 años

torres gemelas
Las Torres Gemelas de Nueva York tras el atentado del 11-S. EFE

“Somos una nación que no evitó que un demagogo se hiciera con la Casa Blanca; que no impidió que una turba insurrecta asaltara el Capitolio; que no pudo ganar (o, al menos, no perder) una guerra contra un enemigo moral y tecnológicamente retrógrado; que no logra doblegar una epidemia para la que hay vacunas seguras y efectivas; que no confía en el gobierno, en los medios, en la comunidad científica, en la policía o en cualquier otra institución cuya misión sea ocuparse del bien común”

Bret Stephens

El texto precedente pertenece a un artículo publicado el pasado día 7 en el New York Times por Bret Stephens, uno de sus columnistas más destacados. En un solo párrafo, su autor resume el zeitgeist, el espíritu de los tiempos, en los Estados Unidos al cumplirse el vigésimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2021. Esas palabras, y el pesimismo que las permea, podrían aplicarse a muchos otros países. Como al nuestro, por ejemplo. Reflejan el desengaño de alguien que preferiría haber errado en los augurios que hizo, ocho años atrás, en un ensayo titulado “América en retirada: El nuevo aislacionismo y el futuro desorden global”. Pero no se equivocaba: la manera en que se relacionan entre sí los países, las culturas y las sociedades que lo componen, ha cambiado. Y mucho.

Es una obviedad que ese día comenzó un nuevo tiempo. El verdadero principio del siglo XXI, como lo fue del siglo XX el asesinato de Sarajevo de 1914; el ascenso de las teocracias y de los nacionalismos populistas de signo diverso; la obsesión por la seguridad y la hipervigilancia; la guerra global contra el terrorismo, lanzada por George W. Bush con una advertencia (“todas las naciones deben decidir: o están con nosotros o están con los terroristas”) que simboliza el auge de la polarización como forma dominante de la política.

Frustración

Dos décadas después, los países que, como España, se alinearon formalmente con Estados Unidos (recordemos que el 11-S propició la única ocasión en que la OTAN ha aplicado el principio de que un ataque a uno de sus miembros es un ataque contra todos) o que respaldaron la adopción de medidas drásticas contra quienes ayudaron a Mohammed Atta y a sus cómplices de Al Qaeda, contemplan atónitos las imágenes de la aplastante victoria de los talibanes afganos.

La emoción más palpable es la frustración, el desaliento, derivado de comprobar que tantos años de esfuerzo, de miedo, de muertos, de gasto y de destrucción, no han servido para nada. O, peor, que han servido para propiciar un desorden global mayor que el existente el día anterior a los atentados. Si la primera reacción al 11-S fue responder solidaria y vigorosamente a la agresión, la que cabe temer en la actualidad es intensificación del aislacionismo.

El pesimismo sobrevuela el orden demoliberal que, con variantes, ha imperado durante tres cuartos de siglo. El ataque de Al Qaeda inauguró el inicio de una era de cambios que, en realidad, venían fraguándose desde antes. En concreto, desde el final de la Guerra Fría y la salida de las tropas soviéticas, precisamente, de Afganistán. Francis Fukuyama anunció “el fin de la historia” y vendió millones de copias de su libro; el primer George Bush proclamó el triunfo de los valores occidentales –libertad individual, democracia representativa, primacía de la ley— sobre los del totalitarismo, pero dejó a Saddam Hussein en el poder en Irak después de expulsarle de los campos petrolíferos de Kuwait.

Los pilotos suicidas que aquel 11 de septiembre estrellaron sus aviones sobre las Torres Gemelas de Nueva York, sobre el Pentágono y que, si los pasajeros del United 93 no lo hubieran impedido con sus vidas, quizá habrían alcanzado la mismísima Casa Blanca pretendían lanzar un mensaje y desafiar mediante el terror el viejo orden mundial: no queremos aceptarlo; vamos a combatirlo de la manera más que más daño os produzca. Y vamos a ganar porque tenemos a Dios –Alá en este caso— de nuestra parte.

Instrumento romo y brutal

Es verdad que el terrorismo, particularmente el islámico, ha decrecido y que se derrotó su intento de crear un califato en Medio Oriente. En el último lustro ha disminuido el número de atentados como los del 11-M de Madrid (193 víctimas) en 2004, los del Metro de Londres en 2005 (52) y los de París de 2015 (131), a medida que los servicios de inteligencia occidentales han afinado su eficacia. Pero no han impedido que lobos solitarios (o pequeñas manadas de lobos) radicalizados en la web continuaran generando terror, como en Cataluña en agosto de 2017 (16 muertos). Mientras tanto, nuevas encarnaciones del radicalismo, como Bokko Haram o Al Shabaab en África, siguen cultivando una cosecha pavorosa de víctimas.

El terror indiscriminado es un instrumento romo y brutal cuya principal función es generar miedo, la más paralizante de las emociones para un individuo o para una sociedad. Desde el 11-S, la inseguridad –el miedo— ha transformado el urbanismo en las ciudades, la arquitectura de los edificios, la manera en que viajamos y el modo con que miramos a quien tiene un aspecto diferente al nuestro. Solo los mayores de 30 años recuerdan dónde estaban cuando contemplaron las primeras imágenes de las Torres Gemelas. Los que tienen menos de esa edad no conocen otra manera de acceder a un avión, a una oficina pública, incluso a un centro comercial, que no sea pasar por un control de seguridad. En 2001 había poco más de 3.000 cámaras de vigilancia en los espacios públicos españoles; en la actualidad hay cerca de 900.000.

En los mismos 20 años transcurridos desde el 11-S, otros procesos –obvios, algunos; otros, más inadvertidos— han cambiado la manera en que vivimos en el mundo que nos rodea. El ascenso de China gracias, entre otras cosas, al desarrollo de tecnologías que, como el 5G, están relacionadas con el control social; el auge de los populismos nacionalistas aupados por la xenofobia; el levantamiento de barreras cada vez más altas para impedir las oleadas de inmigrantes que huyen de la miseria a la que contribuye la violencia en sus países… Donald Trump o Victor Orban no habrían conseguido llegar al poder sin agitar el miedo al otro.

La victoria de Joe Biden hizo albergar la esperanza de que Estados Unidos recobrara su papel de liderazgo: vuelta al multilateralismo, lucha contra la desigualdad, promoción de los derechos y libertades, protección del medio ambiente… La caída de Kabul y las consecuencias del colosal fracaso occidental resaltan el pesimismo que rodea el 20 aniversario del 11-S. Es pronto, todavía, para decretar el declive definitivo de lo que llamamos Occidente. Pero demasiadas señales apuntan a que ese será el balance que deba hacer cuando se cumpla la tercera década desde los ataques.

Carlos Lareau