Quién manda realmente en Europa: así se reparte el poder entre Bruselas, el BCE y los mercados
Andrés Stumpf, corresponsal de Expansión en Bruselas, explica en La Plaza por qué la UE tarda en actuar, cómo compite con China y EE. UU. y qué decisiones afectarán más al bolsillo
Muchas de las decisiones que condicionan la economía española no se toman en Madrid. El precio del dinero, la capacidad de financiar una empresa, las reglas que determinan el futuro de una industria o la respuesta europea ante China y Estados Unidos dependen de una estructura de poder mucho más dispersa.
La pregunta que plantea esta semana La Plaza es sencilla de formular, pero difícil de responder: ¿quién manda realmente en Europa?
Andrés Stumpf, corresponsal de Expansión en Bruselas y ganador del premio APIE al mejor periodista económico joven, explica que el poder comunitario no reside en una sola institución ni puede identificarse únicamente con la presidenta de la Comisión Europea.
«Bruselas es más de una institución», señala Stumpf. El poder se distribuye entre la Comisión Europea, que conserva la iniciativa legislativa; el Parlamento Europeo; el Consejo de la Unión Europea, donde se sientan los ministros de los Estados miembros, y el Consejo Europeo, integrado por los jefes de Estado y de Gobierno.
A esa arquitectura formal se suman actores con una enorme capacidad de influencia, como el Banco Central Europeo, los mercados y los lobbies empresariales, sociales o medioambientales.
El poder del BCE
El Banco Central Europeo no puede ordenar directamente la aprobación de una ley, pero posee una de las herramientas más poderosas de la economía: la capacidad de fijar el precio del dinero.
Sus decisiones determinan las condiciones en las que se financian ciudadanos, empresas y Estados. Sin embargo, Stumpf considera que el BCE ya no dispone del poder extraordinario que llegó a ejercer durante la crisis de deuda, cuando la supervivencia financiera de varios países dependió de las decisiones adoptadas en Fráncfort.
En la actualidad, su influencia es más indirecta. Sigue siendo decisivo en materia monetaria, pero ha perdido centralidad frente a una agenda europea dominada por la competitividad, la defensa, la digitalización y la autonomía estratégica.
El corresponsal recuerda además que el mandato fundamental del BCE no es impulsar el crecimiento ni conseguir el pleno empleo, como ocurre en Estados Unidos, sino preservar la estabilidad de precios.
Por eso, cuando debe elegir entre contener la inflación o proteger la actividad económica, la institución europea sigue inclinándose prioritariamente por la primera.
Una Europa lenta
La Unión Europea suele ser acusada de identificar correctamente sus problemas, pero reaccionar demasiado tarde.
Stumpf matiza esta crítica. Europa puede actuar con rapidez cuando existe una voluntad política compartida, como demostró durante la pandemia o ante la necesidad de reforzar la defensa continental.
El problema aparece cuando los intereses de los Estados miembros divergen o cuando una decisión exige unanimidad, especialmente en política exterior.
El reparto de poder protege los equilibrios internos y evita el «ordeno y mando» de otros sistemas políticos, pero también dificulta respuestas rápidas frente a países como Estados Unidos o China.
Competir con China
Europa afronta ahora dos grandes frentes económicos.
Por un lado, la relación con Estados Unidos se ha vuelto más incierta y conflictiva. Por otro, la Unión Europea considera que su relación comercial con China es profundamente desequilibrada.
Las instituciones comunitarias creen que las empresas chinas acceden ampliamente al mercado europeo mientras Pekín mantiene barreras, subvenciones y restricciones que dificultan la competencia en igualdad de condiciones.
La UE ha endurecido gradualmente su posición, con medidas como los aranceles a los vehículos eléctricos chinos, pero todavía duda ante una confrontación comercial abierta que también tendría costes para el crecimiento, el empleo y los consumidores europeos.
«Cada día que pasa es más difícil competir», advierte Stumpf.
Un mercado fragmentado
Uno de los principales problemas de Europa se encuentra dentro de sus propias fronteras.
Aunque el mercado único se creó hace décadas, continúan existiendo numerosas barreras regulatorias, profesionales, financieras y comerciales entre los Estados miembros.
La fragmentación es especialmente visible en los servicios y en los mercados de capitales. Una empresa puede crecer en España, Francia o Alemania, pero cuando necesita una gran ronda de financiación suele acudir a Estados Unidos.
Europa cuenta con bancos capaces de financiar activos tradicionales, como una vivienda o una infraestructura, pero dispone de menos instrumentos para respaldar compañías tecnológicas cuyo principal activo es un programa informático, una patente o una idea.
Completar la unión de los mercados de capitales permitiría que las empresas europeas alcanzaran una escala continental antes de competir internacionalmente.
Sin ese salto, Europa seguirá creando grandes empresas nacionales, pero tendrá dificultades para producir gigantes comparables con los de Estados Unidos o China.
España gana influencia
El fuerte crecimiento de la economía española ha mejorado también su posición dentro de la Unión Europea.
Stumpf explica que Bruselas valora el dinamismo español, aunque conoce perfectamente los factores que lo sostienen: el aumento de la población activa, la inmigración, el turismo y la menor exposición de España a Rusia o Estados Unidos.
La inmigración procedente de Latinoamérica aparece como una ventaja diferencial por su integración relativamente rápida en el mercado laboral.
El crecimiento económico también altera las relaciones de poder comunitarias. Los países que necesitan ayuda financiera pierden capacidad de negociación, mientras que las economías que crecen y contribuyen más al avance de la UE ganan influencia.
Un ejemplo es la propuesta del ministro de Economía, Carlos Cuerpo, para avanzar hacia una emisión conjunta de deuda europea. Stumpf considera que se trata de una iniciativa técnicamente sólida, aunque deberá superar la oposición política y cultural de países como Alemania, Países Bajos o Finlandia.
Las próximas decisiones
Entre las decisiones europeas con mayor capacidad para cambiar la economía continental, Stumpf señala la reforma de los mercados de capitales, el próximo presupuesto comunitario y las políticas destinadas a favorecer la producción europea en sectores estratégicos.
Esta estrategia de «made in Europe» puede reducir dependencias y reforzar la industria continental, pero también puede encarecer inicialmente algunos productos y generar costes para los consumidores.
Ese es uno de los dilemas centrales de la nueva política económica europea: cómo proteger la autonomía estratégica sin renunciar a las ventajas que durante décadas proporcionaron el comercio abierto y la globalización.
El episodio completo de La Plaza analiza también el papel de los lobbies, la política agrícola, el euro digital, la remuneración de los depósitos y la dependencia energética de la Unión Europea.