El milagro español: Sube el paro y se necesita mano de obra
El paro ha vuelto a los dos dígitos, el 10,83% en el primer trimestre, con casi tres millones de parados
El paro ha vuelto a los dos dígitos. El 10,83% en el primer trimestre, con casi tres millones de parados. Y sin embargo, si uno observa cualquier sector que requiera cierta cualificación -hostelería de calidad, construcción especializada, industria, tecnología, sanidad- escucha siempre la misma queja: no encuentran gente. No hay. Hay parados, sí. Pero no hay los que hacen falta. Esto, que podría parecer una paradoja, pero es más una “parajoda”, es en realidad el retrato más fiel del mercado laboral español: un sistema que ha conseguido la proeza de tener simultáneamente exceso de desempleo y escasez de mano de obra.
El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, lo decía sin anestesia hace unos días en estas mismas páginas: hay que pensar «cómo incorporamos a esos casi tres millones de parados y cómo no hacemos normas que desmotivan especialmente a las pequeñas empresas y a los autónomos a contratar». Lo llamativo no es que lo diga Garamendi. Lo llamativo es que nadie le lleve la contraria, porque todo el mundo sabe que tiene razón, y aun así nadie mueve ficha. El Gobierno no. Los sindicatos tampoco. Y la patronal se queja, que es su deporte favorito, pero tampoco presiona demasiado porque a fin de cuentas las grandes empresas se arreglan solas.
El problema tiene varias capas, como las cebollas, y conviene pelarlas una a una. La primera es la más obvia: se ha regularizado y facilitado la llegada de inmigración masiva sin cualificación específica, mientras el perfil que demanda el mercado -técnicos, especialistas, profesionales con formación- se va a Alemania, a los Países Bajos o a cualquier sitio donde les paguen lo que valen. España forma ingenieros, médicos, informáticos y arquitectos para que se los quede el resto de Europa. Estupendo. Una política de cooperación al desarrollo muy generosa. Porque somos así, oiga.

La segunda capa es el absentismo. Garamendi ha puesto sobre la mesa una cifra que debería provocar cierto escándalo y que, sin embargo, pasa con una indiferencia pasmosa: 1,6 millones de personas no acuden a su puesto de trabajo cada día, con un coste de 33.000 millones de euros para empresas y Estado. Treinta y tres mil millones. Para que nos entendamos: más que el presupuesto de muchas comunidades autónomas. Y los sindicatos, que deberían tener algo que decir sobre esto, brillan por su silencio. Porque el absentismo es un tema incómodo que toca demasiados intereses y demasiados votos. Así que se mira para otro lado y se cambia de conversación.
Y luego está el dato que merece un párrafo aparte, porque es mi tierra y me duele especialmente. El País Vasco, cuna histórica del emprendimiento español, cantera de industriales y empresarios que durante décadas fueron modelo de dinamismo económico, cerró 2025 con una tasa de absentismo del 8,8%, la tercera más alta de toda España. Solo por detrás de Canarias y Cantabria. La tierra de los Mondragón, de las ferreterías, de la máquina-herramienta que se convirtieron en multinacionales, del tejido industrial más sólido de la península, lidera ahora el ranking de horas no trabajadas. Todo un síntoma que evidencia un modelo que lleva años premiando la queja sobre el esfuerzo y castigando al que produce sobre el que consume. Claro que ahora en Euskadi se entiende por producir sustituir el castellano por el euskera en cualquier puesto de trabajo.

Mientras tanto, en el primer trimestre se destruyeron 191.400 puestos de trabajo en el sector privado. Y el sector público creció en 21.100 empleos. Ahí está el resumen de la política económica del Gobierno en una sola línea: lo que pierde la empresa lo gana la Administración. El sector público como refugio, como alternativa, como destino para una generación a la que han convencido de que emprender es una temeridad y que la oposición es el plan de vida más seguro. Con ese horizonte, no es de extrañar que falten manos donde hacen falta y sobren donde no hacen ninguna falta.
Estrangular al autónomo con cotizaciones crecientes, asfixiar a la pequeña empresa con una burocracia que no para de crecer, regularizar mano de obra sin cualificación mientras la cualificada se marcha, mirar para otro lado con el absentismo y luego sorprenderse de que el paro vuelva a los dos dígitos con las empresas sin cubrir sus vacantes. El horizonte laboral de este país es para echar a correr. El problema es que muchos de nuestros jóvenes ya lo están haciendo.