Aunque el ayuntamiento pidió no llevar banderas, en la manifestación se vieron numerosas esteladas

¿Dónde termina la libertad de expresión y empieza la manipulación política?

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Los independentistas han quedado retratados tras su actuación en la manifestación del sábado

Barcelona, 29 de agosto de 2017 (05:55 CET)

Las filas inmediatamente posteriores a la que ocupaba el rey, el presidente de Gobierno y autoridades, estuvieron sembradas de señeras y pancartas ofensivas contra esas autoridades. Cincuenta metros más atrás, el panorama era distinto. Ya no había protestas ni esteladas.

El rey y Mariano Rajoy fueron recibidos con una enorme pitada. Pancartas cuidadosamente elaboradas acusaban al jefe del Estado de ser el responsable de la venta de armas a Arabia Saudí. Una enorme pancarta rezaba, foto del rey incluida: “Vuestras políticas, nuestros muertos”.

Lo que presumía una manifestación unitaria de repulsa al terrorismo y de solidaridad con las víctimas, se convirtió, gracias a la organización de esas filas organizadas de protesta en una demostración de independentismo y de confrontación con el Estado.

La manifestación se convirtió en una demostración de confrontación con el Estado

Gracias a estos grupos pequeños, pero bien organizados, la manifestación de Barcelona, a diferencia de otras en París o Londres, convocadas tras ataques similares, se ha convertido en la única en que más que condenar a los terroristas por lo ocurrido, se señala a las autoridades por su supuesta responsabilidad.

No fue, en modo alguno, una demostración espontanea de libertad de expresión, sino una preparada maniobra para convertir a España y a las instituciones del Estado en responsables, cuanto menos indirectos, de las masacres de Barcelona y Cambrils.

Hagamos algunas reflexiones

En las primeras horas tras los atentados, todos hicieron un esfuerzo para aparcar la confrontación existente entre la Generalitat y las fuerzas secesionistas con los representantes del Estado. Sin duda, el sentido común determinó que quienes intentaran sacar provecho de la sangre derramada sufrirían un profundo desgaste ante la opinión pública.

El Gobierno, desde los primeros momentos tras el atentado, evitó, con la lección aprendida del 11-M, cualquier actitud de confrontación o discrepancia con la gestión que estaban haciendo las autoridades de Cataluña y sus fuerzas de seguridad. Lo consiguió. No hubo una palabra más alta que otra, evitó mencionar los asuntos que podían haber sido criticables en la intervención de los Mossos y negó cualquier falta de coordinación entre estos y las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Solamente algunos sindicatos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil hicieron comunicados reprochando la marginación de los cuerpos de seguridad del Estado. Ningún miembro del Gobierno siguió esa estela.

Ningún miembro del Gobierno reprochó la marginación de los cuerpos de seguridad del Estado

En esos primeros momentos, algunos deslices o traiciones del subconsciente. El consejero de Interior de la Gneralitat, Joaquim Form, fue el primero en distinguir entre víctimas catalanas y españolas, ignorando un hecho jurídico objetivo como es la nacionalidad de las víctimas y adueñándose burdamente de los sentimientos e identidades de quienes ya no podían expresarse.

Solo pasados tres días, la president del Parlament anunció la concesión de la máxima distinción de la institución a todos los intervinientes de protección civil y de la policía, excluyendo el reconocimiento a cualquier institución del estado español.

En el momento mismo de anunciar la celebración de la manifestación de Barcelona, los dirigentes de la CUP anunciaron que no acudirían si la encabezaba el Rey. Después, Ada Colau anunció que estaría encabezada por miembros de la sociedad civil y de los participantes en las labores de auxilio de las víctimas y de los cuerpos de seguridad catalanes.

El viernes, víspera de la manifestación, Carles Puigdemont no pudo aguantar más su apoyo a la unidad, y en el rotativo británico The Financial Times acusó al Gobierno de hacer política con la seguridad de los catalanes.

Ya estaba todo preparado y calentado.

Ahora hay quien pretende neutralidad argumentando que lo ocurrido en las filas que había organizado la ANC y la CUP fueron espontáneos actos de libertad de expresión. La misma evidencia de que todo era una acción coordinada y organizada por esas organizaciones evidencia la falsedad de ese aserto.

Poner la excusa de la libertad de expresión para romper la unidad de la manifestación es una falsedad y un acto de cinismo. Por qué no iban firmadas las pancartas si era un acto de libertad de expresión las muestras de rechazo a los visitantes solidarios españoles. ¿Cómo se pueden arrogar la potestad de decidir que muestras de solidaridad pueden acudir a una manifestación por las víctimas y cuáles no?

La cadena de televisión catalana TV3 manipuló las imágenes de la transmisión para dar la impresión de que todos los manifestantes estaban apoyando una protesta muy localizada. Lo que nos ha permitido la manifestación contra el terrorismo es confirmar que por encima de la solidaridad y de la unidad estaban y están los intereses de la desconexión política y de la ruptura con España.

Poner la excusa de la libertad de expresión para romper la unidad de la manifestación es una falsedad y un acto de cinismo

El rey arriesgó mucho con su asistencia. Aguantó con dignidad y en silencio los pitidos, las ofensas y las provocaciones. Quienes quedaron retratados fueron los que distinguían en los asistentes a la manifestación entre amigos y enemigos. No pudieron esperar a seguir su campaña política después de que la ciudadanía y los representantes del estado demostraran su solidaridad y respeto con las víctimas y su unión para hacer frente al terrorismo.

Es interesante analizar las reacciones de algunos, pocos, analistas políticos. Dicen, una manifestación es un acto político, y por lo tanto es normal hacer política. La previsión de unas actitudes como las descritas tal vez sea la explicación de una asistencia mucho menor que en otras ocasiones en que la ciudadanía se manifestó contra el terrorismo. Es verdad que era agosto, finales de agosto, pero nadie podrá aclararnos cuantos ciudadanos se negaron a participar en una manipulación de tales dimensiones.

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