Torra y el presidente del PP de Cataluña, Xavier García Albiol, durante su reunión en la Generalitat. EFE/Quique García
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Torra completa una ronda de contactos con la oposición en la que intenta rebajar la alta tensión en que durante meses ha estado instalada la política catalana

11 de junio de 2018 (21:13 CET)

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, completa este martes su ronda de conversaciones con los líderes de todos los grupos parlamentarios, pero las últimas dos citas que se ha reservado son con los jefes de filas de las dos formaciones que integran su gobierno,  Junts per Catalunya (JpC) y ERC. Es decir, son encuentros en familia.  Claro que la ronda no ha servido para que Torra muestre sus cartas. O, al menos, ninguna nueva.

Eso sí, tras una larga etapa de alta tensión, una vez formado su gabinete, y ya sin Mariano Rajoy en la Moncloa, el president y los suyos dan finalmente señales de querer bajar la temperatura. Así, Torra ha optado por adoptar un tono conciliador con sus interlocutores y, en la medida de sus posibilidades, ha tratado de decirle a cada uno de los líderes lo que quería oír. De asentir al menos a alguno de sus planteamientos.

Lejos de la rotundidad, al menos verbal, del Ejecutivo que presidió Carles Puigdemont, Torra se mueve en una cierta ambivalencia

Lejos de la rotundidad, al menos verbal, exhibida por el Ejecutivo que presidió Carles Puigdemont, Torra se mueve en una cierta ambivalencia que retrotrae a la época de Artur Mas y trata de transmitir que no renuncia al “mandato republicano” a la vez que intenta poner buena cara, cosa que tampoco compromete a nada, a casi cualquier propuesta que se ponga sobre la mesa, provenga de los socialistas o incluso del PP.

Sin Arrimadas

Torra querría haber empezado por la que a priori se antojaba la reunión más compleja: la que le tocaba mantener con la líder de Cs y jefa de la oposición, Inés Arrimadas, pero el partido naranja se negó a asistir si no se retiraba la pancarta que cuelga de la Generalitat en solidaridad con los políticos en prisión o en el extranjero. La negativa de Torra a quitarla ha sido la más categórica en estos días.

Cierto es que ese mismo viernes, el líder del PSC, Miquel Iceta, le planteó que reconociera el marco legal vigente como premisa para negociar con Sánchez, y que Torra no está por la labor de hacerlo, al menos de forma explícita, pero uno y otro salieron del encuentro destacando la “cordialidad” en la que se había celebrado.

El mensaje que transmiten las formas suaves de Torra

El mensaje que transmiten las formas suaves de Torra, y al que también se abona Iceta, es que, tras meses de sobreexcitación, es necesario templar los ánimos. Lo que también vale para las conversaciones con el Gobierno: habrá que tomárselas con calma.

Ese es un registro en el que también los comunes, baqueteados durante meses por resistirse a la polarización de la política catalana y española, se sienten más cómodos. Este lunes, su líder, Xavier Domènech, abundó en la necesidad de diálogo y planteó la creación de una mesa que incluya a todos los partidos para abordar la situación. El Govern, cómo no, dijo verla con buenos ojos.

Problemas con la CUP

Torra incluso asintió ante la propuesta del PP de que hiciera una nueva ronda de contactos con los líderes de la oposición para preparar el encuentro con Sánchez. Puede que no la haya, por falta de tiempo material, pero el president se comprometió a tener al día a los partidos de sus avances, si los hay.

Cs aparte, con quién más difícil parece tenerlo Torra en su cruzada para la distención -de momento a través de las formas- es con la CUP, que ya lleva meses reprochándole a JpC y ERC la distancia entre sus palabras, aún inflamadas de retórica republicana y soberanista, y sus hechos, que a ojos de los cuperos, acreditan que ya no hay ninguna voluntad rupturista ni de seguir desafiando al Estado. Este lunes intentó convencerlos de que por su parte no hay ninguna renuncia. Fue un intento estéril.

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